La ciudad sin oxígeno

15 diciembre 2019

Menos los que no tienen reparos en mostrarse todo lo reaccionarios que son, como los de Vox o algunos líderes mundiales estilo Trump que no se apuran cuando la ciencia les explica el punto de no retorno climático en el que estamos próximos a entrar, los que anecdóticamente se presentan como progresistas han encontrado en la cumbre de Madrid recientemente acabada, una buena excusa para hacer propaganda de su sensibilidad ambiental.

El activismo es el único que se lamenta profundamente de la inacción de las Administraciones, mientras las Administraciones lanzan consignas inícuas que apenas revierten la situación. Así, el fracaso sin paliativos de la COP25 de Madrid, se enmascara en las nuevas dosis de actuaciones y mensajes en pro del clima que, por lo general, no son más que pura retórica para consumo propio.

Parece que se olvida que la historia desde el siglo XX hasta aquí, en el ámbito ambiental, es la historia de dos catástrofes simultáneas que ha practicado la humanidad con total impunidad hasta llegar a los extremos presentes: un incremento acentuado y persistente de la emisión de gases, que es el argumento más socorrido (y real) y un proceso imparable de saturación urbana y destrucción del medio físico en las ciudades, mediante la impermeabilización del suelo a base de cemento y la reducción al mínimo de los espacios verdes y de las zonas arboladas. Esa doble servidumbre del capitalismo: el incremento de la contaminación por la industria y por la movilidad, y la persistente liquidación de los entornos naturales —especialmente en las zonas más densamente urbanizadas—, nos ha llevado al punto actual. Se diría que expuesto el problema y aclarado el diagnóstico, las Administraciones (la política) más progresistas, deberían actuar con la misma consistencia en ambos terrenos. Pues no es así. Parece que luchar contra el cambio climático se expresa únicamente poniendo coto a la proliferación de gases de los motores de combustión olvidándose de que la naturaleza es capaz de mitigar en parte esa carga gracias a la capacidad de absorver CO2 que presentan las plantas. Es decir: es imprescindible poner coto a la industria contaminante y a la movilidad de combustión, pero debiera ser igualmente apremiante actuar con responsabilidad en el otro ámbito: el de la recuperación del suelo urbano, el del incremento de la forestación en las ciudades. En definitiva: del mismo modo que se debe poner coto al crecimiento de la combustión, es imprescindible poner coto al crecimiento de la edificación. Tan importante para la calidad de vida de los ciudadanos es restringir la circulación, como disponer de más zonas verdes.

Ah! bien, pues no es esa la percepción que parecen tener los gobiernos municipales que están dispuestísimos a guerrear contra el vehículo de combustión pero que se hacen los ciegos ante la lacra de la saturación urbana y la deforestación: van a restringir todo lo que puedan la circulación, pero van a seguir facilitando la impermeabilización del suelo y olvidándose de las zonas verdes.

Como ejemplo, l’Hospitalet. En pocos días, como si quisieran mostrarnos lo sensibilizados que están por la crisis climática, han constituido la Taula per l’Emergència Climàtica, han puesto en marcha diversas actividades contra la contaminación atmosférica, el Consell de Nois i Noies trabajará sobre objetivos de desarrollo sostenible, han puesto en marcha una campaña de reciclaje de vidrio y aparatos electrónicos… pero siguen empeñados en las grandes operaciones urbanísticas de sobresaturación de la ciudad: miles de nuevas viviendas en decenas de nuevos edificios en los barrios de Sant Josep i el Centre, ya en marcha, y un montón de nuevos rascacielos en perspectiva.

¿A quien quieren engañar? Lo que les interesa de la crisis climática es la pura retórica propagandística y apostar por la minucia, sin prestar atención a lo que nos espera en el futuro próximo. Ahora van a poner tantos obstáculos como puedan a la circulació intraciudadana pero ¿alguien se imagina lo que será la ciudad cuando las miles de nuevas familias —con coche, no lo olvidemos— se instalen en las promociones previstas?

Y ya que estamos puestos: aprovechen las fiestas para irse a respirar aire puro lejos de la colmena. Quizás sea lo peor que se pueda decir de una ciudad: váyanse una temporada, lejos de donde viven habitualmente, para oxigenarse. Pero así está la cosa… que sean felices.

Por Jesús A. Vila

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