La luna y el dedo que la señala (a cuenta de Graells y cia)

No deja de resultar inquietante que el coro de incondicionales de la excelsa alcaldesa de la ciudad estén casi contentos de que Graells reconociera en el juzgado el otro día —por segunda vez, porque parece que ya lo había reconocido el verano pasado— que se llevó el ordenador de las trampas para tener pruebas fehacientes de lo que había averiguado desde las mismas tripas del tinglado. Los abogados, que saben mucho de formulismos, le han dicho a la alcaldesa que no se preocupe, que las pruebas están contaminadas y que lo que cuenta ante la justicia no es la verdad sino que la verdad, después de comprobarse, se pruebe, y que se pruebe pulidamente. La paradoja es una maravilla: se hace una trampa, pero el que quiere probar que se ha hecho una trampa lo tiene que hacer sin trampas porque si se hacen trampas para probar las trampas, las trampas que se han hecho y que han perjudicado a la colectividad, salen gratis.

Seguramente todo tiene mucho sentido y es moralmente irreprochable: esta feo hacer trampas y para demostrar que una cosa está fea no hay que imitarla, sino huir del mal ejemplo. Ahora bien, no se me ocurre de qué otra manera se podían conseguir los datos de la trampa como no fuera hacerse con los documentos que estaban en un ordenador. Bueno, se me ocurren otras maneras que no fueran llevarse el ordenador pero en el fondo venían a ser lo mismo: robar documentación es más lento que robar todo el ordenador donde está la documentación y, sobre todo, te puedes dejar en el alero cosas importantes. Eso lo sabe bien la policía, que no pregunta cómo le llega un objeto que demuestra un delito: suele mirar la luna y no el dedo que la señala.

Acusan a Graells de robar un ordenador, cuestión que es falsa desde cualquier punto desde donde se mire: nadie roba un ordenador para llevárselo a la policía. Graells no robó un ordenador: trasladó el objeto que contenía las pruebas de un posible delito, del despacho de los presuntos delincuentes al despacho de los necesarios investigadores del posible delito. Así que Graells puede ser cualquier otra cosa pero no se le puede tratar, en puridad, de presunto ladrón. Me cuentan los chicos de esta casa (lestaca.com) que intentaron conectar hace meses con Graells para solicitarle una entrevista y que no lo consiguieron: en prensa del ayuntamiento les dijeron que Graells no aparecía nunca por aquellos contornos, que no tenían autorización para dar datos sobre cómo localizarlo ni su teléfono o su correo electrónico y tampoco nadie de la oposición supo como conectarle para hacer de puente. Como tampoco se puede decir que Graells sienta muchas simpatías por esta casa, al final los chicos decidieron que si quería algo ya se pondría en contacto y si no, con decir como estaban las cosas, se estaba cumpliendo de sobras. Ahora Graells, en la misma semana de los interrogatorios, ha explicado su postura. Hay que felicitar a los colegas que han obtenido declaraciones porque hasta ahora el concejal repudiado ha sido prácticamente un fantasma: no acierto a saber si es que no quería piular, o es que le habían aconsejado hermetismo absoluto. De todos modos, lo que ha explicado a la prensa es lo que ya se sabía y que ya había declarado otras veces, ante la policía, ante el juzgado y ante algunos medios afines: que la corruptela le provoca sarpullidos, que su única finalidad ha sido denunciar las malas prácticas. Graells es, según sus propias palabras, un alma pura que, como máximo, se equivocó por no ser más exigente en sus obligaciones como concejal encargado del área en cuestión.

Tamaño acervo de dignidad debiera, no solo asombrarnos, sino ofrecernos suficientes argumentos para ponerlo en un pedestal: los políticos no suelen dar esa imagen inmaculada de ejemplaridad. Conmigo, Graells no ha conseguido ese encandilamiento: yo soy libre de no creérmelo, claro, y a él que se la repanfinfla…

Y explicaré por qué. Porque uno no se convierte en pureta de la noche a la mañana. Porque no hay puretas en política y porque para ser pureta hacen falta, al menos, dos ingredientes que el señor Graells no posee: ingenuidad y coherencia. No es ningún ingenuo, porque lleva mucho tiempo en el pesebre —y los ingenuos no soportan ver durante años los conflictos y las injusticias sin poder contribuir con su esfuerzo a atajarlas— y, no es coherente, porque sigue en el ajo como si nada.

O sea: denuncia a la alcaldesa por corrupción y se mantiene como concejal en su mismo grupo corrupto (presuntamente, claro). Graells debiera irse a su casa si fuera coherente. Pero como que además de no ser coherente está muy cabreado con los que fueron suyos, no se va por dos razones: la primera, porque hay que comer —y mientras su amigo Ernest Maragall no le encuentre otra cosilla, habrá que resistir— y la segunda, porque tiene en su mano la mayoría absoluta de Marín. Dimitir de concejal es hacerle un favor a la alcaldesa —porque le substituiría el siguiente de la lista— pero irse del grupo socialista, manteniéndose como concejal, supone renunciar al estipendio. Así que, pese a que está repudiado por los suyos, pese a que es un apestado, pese a que seguro que no le saludan —como él solía hacer cuando alguno osaba incomodarle— y solo aspiran a que desaparezca del ayuntamiento, Graells se ha convertido en un resistente, incómodo, cabreado, como el junco de la canción, al que van a doblar todo lo que puedan pero al que no conseguirán partir…

Los abogados de la alcaldesa quieren darle ánimos a su clienta porque van a pedir el archivo de la causa ya que Graells contaminó la prueba principal. Es decir: la cosa apunta a aquellas soluciones a la que esta justicia nuestra nos tiene tan acostumbrados. Se archivan muchas causas no porque no haya delito, sino porque el delito ha prescrito o porque hay un defecto de forma. La justicia solo aplica leyes, no dicta proclamas morales y esta sociedad en la que vivimos soporta la inmoralidad bastante mejor que la vulneración de la norma. Así que los abogados de la alcaldesa podrían llegar a conseguir que el delito quede sin condena pero no podrán eliminar la sospecha de que Marín amparó la corrupción. Una corrupción en apariencia, exhaustivamente investigada, donde sobran las evidencias de falta de transparencia y trasiego oculto de recursos.

Ya veremos. No creo que nadie sepa qué va a ocurrir. De modo que la espada de Damocles sigue sobre sus cabezas. Sobre las nuestras sigue la luna y el dedo que la señala…

Por Luis Candelas

La plaça de la Remunta

Fotografía de la plaça de la Remunta

28 de octubre, 2020

El espacio de intersección entre dos calles, la calle Mayor y la calle Barcelona al final del término justo en la intersección con Cornellà, que configuró una escueta plazoleta, adquirió durante la postguerra el nombre de un lugar que se encontraba próximo pero que no estaba en ese punto. Todo el mundo en l’Hospitalet conoce el lugar donde se encontraba el antiguo cuartel de la Remonta, pero muy pocos saben que a unos metros de ese cuartel hay una plaza que lleva su nombre. Se tiende a identificar la Plaza de la Remonta con el espacio interior de ese antiguo cuartel asignado al ejército de caballería pero en realidad es el primer espacio libre cuando se entra a l’Hospitalet por Cornellà. Justo en esa plaza se levanta la antigua masia Serra que pese a estar unos metros alejada del antiguo cuartel en el término hospitalense, está ubicada en Cornellà. La plaza se remodeló hace un par de años y se amplió después de eliminar el cruce de la calle Frederic Prats en su prolongación con Francesc Moragas, ganado unos pocos metros para su urbanización.

La plaza tiene escasa entidad, es generalmente muy poco concurrida y toma el nombre del antiguo cuartel de la Remonta que ya no es cuartel y que lógicamente no tiene remonta. Es verdad que en ese lugar se levantan una serie de edificios, alguno de los cuales pertenece a una antigua masía probablemente del siglo XVI que estaba originalmente rodeada de tierras de cultivo regadas por el Canal de la Infanta que recorre el espacio en su vértice norte justo en el desnivel del Samontà, a unos metros de la línea del tren. Ese tramo del Canal fue recuperado hace también unos pocos años, aunque recuperar es un verbo muy exagerado porque ya no existe ningún canal y solo se conserva una pasarela que lo atravesaba y que fue reconstruida para dar cuenta de que allí existió en su tiempo esa infraestructura de riego que dio a las tierras que la rodeaban su fertilidad habitual. La masía, en término municipal de l’Hospitalet, tuvo varios nombres: Mas Nadal, Can Mélic, Ca n’Angulo o ca l’Agustí y se mantuvo en activo hasta bien entrado el siglo XIX cuando fue abandonada y alquilada por el Ejército para ubicar allí el Escuadrón de Remonta de Artillería que se cuidaba del ganado equino del regimiento en cuestión. El ejército terminó comprando la masía y sus alrededores en el año 1868 a la propietaria Mercé Bertrand i Amat, viuda de isidor Angulo i Agustí y se mantuvo como depósito de sementales hasta el año 1994. Al año siguiente, la Generalitat firmó un contrato con el ejército para instalar allí la Escola de Capacitació Agrària Equestre dependiente de la Conselleria d’Agricultura pero en mayo de 2007 fue cedida al Ayuntamiento, como paso previo a su pérdida definitiva como equipamiento público y espacio libre para la ciudad. Al año siguiente el Ayuntamiento realizó un proyecto urbanístico que ha supuesto la construcción de varios centenares de viviendas y la desaparición de los 50.000 metros cuadrados de espacio libre que se mantuvo hasta hace apenas ocho años. Con ello, el cuartel de la Remonta, se convirtió en historia pero la plaza que lleva su nombre sigue ahí: tan desangelada como el espacio urbano superdensificado que ocupa lo que antaño fueron cuadras y hoy son bloques de pisos.

Per Lluís Berbel y Jesús A. Vila

Calle de la Florida

Fotografía de la calle de la Florida en el pasado

La Florida es una de las calles principales del barrio que lleva el nombre de esta arteria principal. Tiene su nacimiento en la calle Teide y finaliza en el Torrente Gornal, comunicando con la barriada de Collblanc-La Torrassa.

Esta misma calle tiene continuidad en Collblanc pero cambia de nombre al cambiar de barriada, denominándose a partir del Torrent Gornal, calle Pujós.  El barrio de La Florida está anclado en el Samontà, una de las pequeñas colinas de la Sierra de Collserola.

Referencias de la calle desde 1928

El origen del nombre de la calle es bastante confuso. Puede venir de las tierras de cultivo que ocupaban esta zona. Pero también puede provenir de la existencia de una floristería, propiedad de Juli Peris. Parece que este señor, al volver de América, compró unos terrenos que dedicó al cultivo de flores. De ahí que la zona comenzó a denominarse Florida.

Pero, también,  otros comentarios aseguran que Juli Peris venía de la Península de La Florida en Estados Unidos (EE.UU.)  y de ahí el nombre que luego tuvo el barrio. Lo que sí que es verdad es que, con este topónimo, se inició la denominación de varias calles del Samontà con referencias a aflores.

Proyectada en el Pla de l’Eixample de l’Hospitalet,  de 1926, como eje transversal del barrio, la calle La Florida debía tener  una longitud suficientemente importante para conectar desde el núcleo de Ceravalls hasta Torrent Gornal y enlazar con los barrios de Collblanc y La Torrassa.

La calle es la arteria principal del barrio

La primera referencia que se tiene de esta calle es en un plano de junio 1928. Y también aparece,  en diferentes cartas de la Sociedad General de Aguas dirigidas al Ayuntamiento en 1931 para la instalación de distintos ramales de aprovisionamiento. De hecho, el trazado de la calle ya aparece en un plano de 1932, casi igual que está en la actualidad: desde el Torrent Gornal hasta la calle Renclusa. En la actualidad llega hasta la calle Teide, dentro del barrio de Les Planes.

El plenario de 6 de octubre de 1988 catalanizaba el nomenclátor de la ciudad que había variado en la II República y en la época franquista.

Por Jesús A. Vila y Lluís Berbel

La calle Mas

Fotografía de la calle Mas

Una de las principales calles de la barriada de Collblanc-La Torrassa es la calle Mas. Nace en la Riera Blanca, cuya calle divide los términos municipales de L’Hospitalet y de Barcelona por lo que una acera pertenece al primer municipio y la acera de enfrente al otro. Y muere en la calle del Torrent Gornal ya en el barrio de La Florida.

La calle Mas tiene una imponente subida y una bajada semejante. En la cima de la calle se encuentra el montículo que, según parece, da nombre a la barriada de Collblanc (Collado Blanco, por el color preponderante del substrato que lo compone)

El nombre de la calle Mas puede tener dos orígenes distintos aunque el primero que vamos a explicar es el que más puntos tiene de ser el auténtico, según los expertos. En la documentación de la zona se hace referencia a Climent Mas Soldevila, propietario barcelonés de diferentes terrenos en los inicios del siglo XX. Este ejemplo, como iremos viendo, no es el único que existe en la ciudad. L’Hospitalet cuenta con muchas calles cuyos nombres sólo responden a los propietarios de los terrenos de las zonas donde, en su día, se abrieron las calles.

Climent Mas Soldevila tenía muchos terrenos en esa parte de la ciudad al igual que los hermanos Romaní tenían terrenos en su finca de La Torrassa. De ahí viene el nombre de unos antiguos almacenes situados en este último barrio, situados cerca de la calle Mas.

Otra de las posibilidades del nombre de la calle Mas, aunque muy vaga, es la existencia de un mas (masía) hasta el año 1940, situado aproximadamente en el número 22 de la calle actual, aunque desde el Centre d’Estudis de L’Hospitalet se inclinan de forma clara por la primera opción: el propietario de los terrenos le dio el nombre a la calle Mas.

Climent Mas propuso, junto con otros propietarios como el doctor Martí Julia, la urbanización de sus tierras y que pusieran su nombre a una de las calles. El proyecto fue aprobado en noviembre de 1902 y la pretensión era urbanizar 16 hectáreas, espacio muy superior al de otros proyectos que había en la barriada de Collblanc.

El primer tramo que se abrió fue el de la parte más alta del “turó” (montículo) aproximadamente donde luego se abrirían las calles Oriente y Progrès. En 1919, el trazado de la calle ya llegaba hasta la Riera Blanca y en la década de los 20 se acabó hasta el Torrent Gornal.

En toda esta zona se empezaron a construir viviendas y se iniciaron con las típicas viviendas de pasillo, las primeras sobre la calle París. La tipología era siempre la misma. La apertura de un pasillo en medio de la parcela que medía cinco metros de ancho por 30 de largo y a ambos lados se disponían diferentes viviendas de unos 25 metros cuadrados, cuyas fachadas daban al pasillo.

Estas viviendas eran ocupadas por la inmigración que provenía de otras ciudades como Almería, Valencia y, sobre todo, Murcia. Fueron  jornaleros, de los más pobres,  y se convirtieron en la mano de obra del crecimiento de Barcelona. De hecho, esta barriada fue conocida como la Murcia chica por la cantidad de personas que vinieron de esa provincia.

Hoy en día ya quedan pocas “viviendas de pasillo” cuya construcción duró hasta 1925. Las que sobreviven están dignificadas y mejoradas considerablemente, teniendo en cuenta que se habían construido con materiales de baja calidad. También estas viviendas se pueden ver en las barriadas de La Florida, Santa Eulalia y Sant Josep.

En el número 52 de la calle Mas se abrió en 1934 una de las dos escuelas nacionalistas que se localizaron en la ciudad en tiempos de la Republica. Le dieron el nombre de Escuela Moderna de la Torrassa. Despues se trasladó a la calle Salvador Seguí (actualmente Rafael Campalans) y cuando comenzó la Guerra Civil se trasladó a la calle Riera blanca, 23.

Actualmente la calle Mas es un eje de comunicación desde Barcelona hasta las barriadas de La Florida y Sant Josep.

La calle Mas es la que divide los barrios de La Torrassa y Collblanc, según los más antiguos de la zona. Se llega a afirmar que había rivalidad entre ambas barriadas.

Por Lluís Berbel y Jesús A. Vila

La calle Enginyer Moncunill

Fotografía de la calle Enginyer Moncunill

Existen muchas calles en la ciudad que nadie se puede imaginar qué significan y puede que en la vida le des ningún tipo de importancia aunque vivas en una de ellas. Quizás el objetivo de los autores de este apartado de l’Estrella sea precisamente ese. Descubrir la importancia del nombre de esa calle en la que estamos cada día y cuyo nombre tiene una relevancia especial. Este podría ser el caso de la calle Ingeniero Moncunill (Enginyer Moncunill)

El enginyer Rossend Moncunill fue concejal, médico e ingeniero municipal. Formó parte en 1926 del jurado que aprobó las bases del concurso (ganado por Ramón Puig i Gairalt) para la confección del Plan del Ensanche y Saneamiento Interior de L’Hospitalet.

La calle Enginyer Moncunill transcurre entre la Avenida Masnou y la calle Torrent Gornal dentro del distrito de La Florida.

La calle Enginyer Moncunill tuvo a lo largo de su trazado diferentes equipamientos que le dieron vida, como fue el mercado municipal, inaugurado en 1959. Dos décadas más tarde, en 1976, se puso en marcha el Instituto de Formación Profesional Pedraforca, junto a la plaza de la Redentora, nombre de una antigua bóvila que se ubicaba en ese punto exacto.

La Redentora era una de las bóvilas (fábrica de ladrillos y cerámicas) más importantes de l’Hospitalet, de las muchas que existían en la ciudad. Como la mayoría, era una cooperativa, autogestionada por los propios trabajadores. Se inauguró en 1899 y tras una primera ubicación en la carretera, a la altura de Collblanc, en 1902 se construyó otra al lado y en 1918 consiguió el permiso para construir un horno donde se encuentra actualmente el Centro de Formación Profesional Pedraforca.

La cooperativa fue un centro clandestino de anarquistas durante el trienio bolchevique (1918-1920) y durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), según algunos testimonios .

En los tiempos de la II República, la cooperativa más importante del sector seguiría siendo “La Redentora” con sede social en la carretera de Sants, en el número 170. Las últimas noticias de este centro llegan hasta 1947.

En la calle Enginyer Moncunill, y sobre los años 70, se ubicó el Centro Social de La Florida, cuna de diversos dirigentes políticos y vecinales, motor del movimiento social del barrio y uno de los principales núcleos de cultura popular de la ciudad. Primero estuvo en el número 96, hasta 1977, y después se cambió al número 62.

El Centro Social de La Florida se creó en 1965 y combinó la lucha social y cultural en un medio urbano de condiciones precarias y con notables problemas de enraizamiento. Asumió funciones que las instituciones de la época no eran capaces de ofrecer: desde la actividad cultural y lúdica hasta la pura asistencia social, y todo ello con un trasfondo claro de oposición al régimen.

Conferencias, cine-fórum, teatro, excursiones, cursillos de catalán y escuela nocturna, se simultaneaban con encuentros ilegales de la incipiente oposición política y sindical. Esta entidad fue el contrapunto al concepto oficial de Centro Social, representado entonces por el Centro Médico Social de Campoamor, en la calle de este nombre cerca de Bellvitge, promovido por el entonces alcalde España Muntadas.

Desde el Centro Social de la Florida se impulsaron muchas de las grandes reivindicaciones vecinales. Será, durante los años más duros de la ausencia de democracia, cuando actuó en sustitución de la asociación de vecinos, al tiempo que se convirtió en una escuela de formación de mujeres y hombres, futuros dirigentes de la ciudad.

Los primeros indicios de la calle Enginyer Moncunill se dieron en el año 1945, en el expediente de urbanización de unos terrenos propiedad de Josefa Font. En la guía de 1948 ya aparece el trazado de la calle aunque originariamente, parece que solo llegaba hasta la avenida Miraflores.

Años más tarde, se prolongó hasta la avenida Manou, allá por los años 50. Esta calle se convirtió en una de las tres que cruzan el barrio entero. Las otras dos fueron las calles Pedraforca y de La Florida.

En 1988, con la catalanización de los nombres de las calles, pasó de llamarse Ingeniero Moncunill a Enginyer Moncunill.

Por Lluís Berbel y Jesús A. Vila

La calle Pubilla Casas

Collage realizado por José Juanes a la izquierda (fuente pinterest.com). Imagen de Pubilla Casas mostrada vía satelital (fuente gencat.cat).

Josefa Casas i Clavell  fue la Pubilla de la familia, la heredera, dió nombre a un barrio, a una calle y a una plaza de l’Hospitalet próxima a la mansión neoclásica de la que fue dueña en su momento.

Uno de los problemas que se suscitó en su día era el apellido de esta Pubilla: Cases o Casas. Nadie lo sabe seguro. En l’Hospitalet, en 1988, se catalanizaron un buen número de calles. Entre ellas la de la Pubilla. Algunos destacados estudiosos e historiadores como Manuel Domínguez nos han manifestado: “Nos imaginamos que el apellido original es Cases, pero en algún momento del XVIII se catalanizó; pero eso es una hipótesis basada en los casos parecidos que se produjeron en la época. Sería necesario encontrar un documento de un antepasado de la Pubilla para ver cómo se escribía el apellido antes del 1714”.

Pues a la vista de éstas hipótesis, nos quedamos con Cases, mientras no se demuestre lo contrario, como diría un argot judicial.

Josefa Casas (o Cases), heredera de una gran familia del siglo XVIII, inauguró la casa en 1772, situada entre una recién abierta carretera de Madrid, cuya denominación posterior fue de carretera de Collblanc,  con el tramo hospitalense del antiguo camino de las travesías del Pla de Barcelona.  La finca fue comprada pocos años antes, tras la expulsión y expropiación de los jesuitas en el año 1767 por el rey Carlos III.

Fotografía de la Casa Pairal de la Pubilla Casas, L’Hospitalet de Llobregat. (Fuente: Mapas de patrimonio cultural, Diputación de Barcelona).

La mansión, actualmente situada en la carretera de Collblanc 241, es un edificio magnifico construido por el padre de Josefa Cases sobre el antiguo de los jesuitas, donde albergaban a sus jubilados y enfermos, y da idea de la riqueza de la nobleza del siglo XVIII. Tiene tres plantas de estructura cuadrada y unos grandes subterráneos con un espléndida bodega. Destaca la fachada, la planta noble con pilastras adosadas y coronadas con volutas jónicas. Originariamente, alrededor de la casa había dependencias anexas, jardines con saltos de agua, una mina de agua potable, depósitos y un huerto. También se describieron la existencia de una docena de carrozas , de las cuales dos pasaron al Museo de la Ciutadella. Todo ello es una demostración de la grandeza de los subterráneos tal y como lo describe Puig i Gairalt cuando habla de la mansión de Pubilla Cases

Transitando por la Carretera Real dirección Bacelona es la primera gran residencia que se encontraba cerca de la capital y esa situación explica que a lo largo de los años, la mansión acogió fiestas y recepciones de personalidades políticas y religiosas. Pero también padeció las consecuencias de los episodios bélicos, especialmente el saqueo de que fue objeto en el siglo XIX cuando la guerra del francés. Más tarde parece ser que se destinó a centro de reposo, hasta que, desde finales de aquel siglo, quedó deshabitada durante 40 años.

Es un edificio de tres plantas, cuadrangular y casi cúbico. Originariamente tenía tejado a cuatro vientos, pero ahora tiene una azotea.

Las cuatro fachadas son similares. En la planta baja se abre en el centro la puerta de arco rebajado y pequeñas ventanas cuadrangulares a ambos lados. Separando esta planta de las superiores hay una moldura lisa sobre la que se apoyan unas pilastras de orden gigante que separan verticalmente las aberturas del primer y segundo piso. Estas pilastras son de orden jónico y las dos del centro tienen en la parte inferior una ménsula muy decorada. En el primer piso se abren tres balcones y tres pequeñas ventanas cuadrangulares; todas son adinteladas y están enmarcadas por una moldura lisa. En la parte superior hay un frissense decoración y una cornisa con mucho voladizo. Por encima de esta se encuentra el muro de cierre de la azotea decorado con unas bandas lisas, en correspondencia con las pilastras.

La casa está rodeada por un jardín. La puerta es de hierro forjado que tiene a ambos lados dos pilares de piedra rematados por florones. En la parte superior de la reja hay decoración de entrelazados y hojas de hiedra y en el centro unas casas que hacen referencia a la familia “Cases”.

A finales del siglo pasado y con la entrada de la plaga de la Filoxera, creó una crisis entre los terratenientes quienes empezaron a vender sus tierras. Pero a la vez surgió el uso industrial del suelo. Que también llegó a la barriada de Pubilla Cases. Y también la urbanización de la zona.

Puig Gairalt, arquitecto hospitalense, formando parte del Pla de l’Eixample de L’Hospitalet, elaborado en 1926, aplicó sus ideas higienistas tan en boga en la época precisamente en las zonas más cercanas a la sierra de Collserola al litoral y aplicó en su proyecto de urbanización de la parte norte, dirigido a la población trabajadora.  Fue precisamente en la zona de alrededor de palacete de Pubilla Cases la que concentró aquella primera urbanización de casetas con jardín, de las cuales aún quedan alguna cerca de la mansión, creándose las calles y placetas alrededor de la avenida de Tomás Giménez o avenida de la Generalitat en los años de la II República, que aún sigue siendo el eje vertebrador de la zona alta de la barriada.

Puig Gairalt hizo una transcripción de la vista desde el balcón de la torre: “El terreno presenta unas suaves ondulaciones cubiertas de campos y viñas en gran amplitud, y más abajo, toda la plana y la marina del Llobregat. La vista queda limitada a la izquierda, por la montaña de Montjuïc; a la derecha por las montañas del Garraf y al fondo, en amplio horizonte, por el mar, que desde aquí aparece tranquilo con un gran azul. La arboleda del rio Llobregat se dibuja como un largo vergel, rico y frondoso. Las casas de los pueblos de la Plana (Sants, l’Hospitalet, el Prat y Cornellà) parecen grupos de una ciudad jardín….”

Y aunque el proyecto no se llevó a cabo en su totalidad sí que nos han quedado vestigios de aquel proyecto como han sido los nombres de flores y plantas que algunas calles han conservado hasta la actualidad. En los años 30 las tenían prácticamente todas las calles.. Y también las placetas circulares. Y la estrechez de las calles no lo marca el matiz especulador sino que la planificación de viviendas unifamiliares.

Sobre el año 1933 la antigua propietaria de la mansión de Pubilla Cases, viuda de Cunill, a cambio de la exención de impuestos que había acumulado hasta 5.000 pesetas de las de entonces, cedió al Ayuntamiento parte de los terrenos de la finca y de la casa, esta última con el objetivo que su destino fuera para uso escolar que se hizo realidad a partir de 1967 como centro de educación Sant Josep Obrer.

En el transcurso de la guerra civil, el subterráneo o cripta fue utilizado como “txeca”  (una instalación utilizada en la zona republicana al margen de las leyes para detener, interrogar, torturar, juzgar de forma sumarísima y ejecutar a sospechosos de simpatizar con el bando rebelde)

En los años 40, se instalaron algunas empresas como la fábrica de hilados de Joaquim Freixa, desde 1947. En el año 1964, las Sirvientas del Gran Corazón de Jesús fundaron el Colegio San José Obrero para niñas.

La Casa Pairal de la Pubilla Cases es un edificio protegido como bien cultural de interés local del municipio de L’Hospitalet de Llobregat.

Fotografía de la Plaza del Pilar. (Fuente: Pueblos de España)

La PLAZA PUBILLA CASES  recibió su nombre el 19 de octubre de 1933 que lo aprobó el Ayuntamiento en sustitución de su denominación anterior que tenía, plaza Denia, cuya primera referencia como tal apareció en la guía de la ciudad de 1929. Ramón Puig i Gairalt la planificó en el 1926 como una de las tres plazas radiales de la Ciudad Jardín que proyectó para la zona, concibiéndola entonces como la plaza central y vertebradora del barrio.

En 1942 el Ayuntamiento ratificó el nombre de Pubilla Casas y ese mismo año se solicitó al Consistorio que se reintalara la fuente que antiguamente estaba en la plaza. Con el paso de los años, tambien fue identificado popularmente como la “plaza de los cables”, debido a que justo en medio se ubicó una gigantesca y peligrosa torre eléctrica, hoy desaparecida debido al soterramiento de las líneas de Alta Tensión que el Ayuntamiento democrático hizo realidad en 1993. Es interesante destacar que el año 1968, en el número 1 de la plaza se documentó la existencia de la llamada “Torreta dels capellans”, en la cual setrasladaron los servicios de la parroquia de Santa Gemma, los oficios religiosos de la cual continuaron celebrándose en la bodega de la Pubilla Casas, adoptada como capilla del colegio de San José Obrero.

Localizaciones

La MANSIÓN DE PUBILLA CASES (actual casa pairal de la Pubilla Casas) está situada en la actual Carretera de Collblanc, la avenida Tomás Giménez, la calle Covadonga y la calle Gravina.

La PLAZA PUBILLA CASES (Plaza del Pilar) es cirucular y está circunscrita entre la avenida Tomás Giménez, la calle Simancas.

Fotografía de la Calle Pubilla Casas. (Fuente: La Casa Agency).

La CALLE PUBILLA CASES está situada en la misma barriada entre la avenida Isabel la Católica y la calle Naranjos.

Por Lluís Berbel

La plaza Libertad en La Florida

Fotografía de Plaza la Libertad de l’Hospitalet. (Fuente: mapio.net)

La plaza Libertad es uno de los pocos casos de bautismo popular por parte de los vecinos que reivindicaban el espacio como una zona verde para el barrio. Concretamente, esto ocurrió el 18 de septiembre de 1977 tras una gran manifestación y, a partir de las asambleas que se hicieron posteriormente, se decidió denominar este espacio como “Plaza de la Libertad”. Un participante en la protesta cogió un papel ese día, puso el nombre decidido por todos y lo pegó en una de las paredes.

Hay que tener en cuenta que, en aquellos momentos, tanto el movimiento obrero como el vecinal que vivían los últimos años del franquismo y de la Transición, tenían un alto contenido político donde se reivindicaba el final de la dictadura y el advenimiento de las libertades democráticas. De ahí vino la idea de bautizar a esta plaza con el nombre de Libertad.

La plaza Libertad está situada en el barrio de La Florida entre las calles Levante y Pedraforca, por un lado, y entre la avenida Miraflores y la calle Bóviles, por el otro.

Con anterioridad, en el mismo lugar donde ahora existe esta plaza, había una fábrica de piezas de cerámica denominada “Bóvila dels Valencians”. Hay que recordar que toda esta zona estaba prácticamente deshabitada, todo eran campos y abundaban las bóvilas, que se dedicaban a la elaboración de ladrillos y otros materiales de construcción.

La vida de esta bóvila se prolongó hasta los primeros años 70 aunque al final de la década, perdió su actividad y permaneció cerrada. A su alrededor empezaron a planificarse y abrirse calles como las que adoptaron el nombre de Llevant, Miraflores y Bóviles que seguían el patrón del Plan Urbanístico de 1926. Entre los años 50 y 60 se produjo un crecimiento explosivo del barrio de la Florida.

Al cerrar la bóvila quedó un solar muy apetitoso para los constructores. El sector de la construcción, ya en esa época, había dado un salto cualitativo importante. Los edificios que rodean la plaza,  paralelos a la avenida Miraflores y Bóviles, son de la segunda generación que se construyeron en el barrio de La Florida, mucho mejores que los anteriores. Por eso eran comprados por las familias que ya tenían uno anterior y que querían prosperar adquiriendo un  piso en mejores condiciones. La especulación, en aquellos momentos, había llegado a extremos no conocidos y se construían edificios muy altos y de pocos metros cuadrados.

En el terreno donde ahora está situada la plaza se intentó hacer una de estas operaciones especulativas importantes, pero alrededor de 1975, tanto los constructores como las autoridades municipales se encontraron con la oposición de un movimiento vecinal muy importante. La Associació de Veïns de La Florida reivindicaba el espacio como zona verde y que se convirtiera en una plaza. Se produjeron muchas manifestaciones de las que se hizo eco la prensa del momento. En aquellos años el barrio de la Florida ya contaba con unos 50.000 habitantes con una densidad de las más altas de Europa y ninguna zona verde digna de tal nomre.

Finalmente, los vecinos tuvieron que transigir para conseguir el espacio público y se resignaron a la construcción de los edificios que rodean la plaza y que acabaron llamándose la “Nueva Florida”. Al final, el solar se urbanizó en la década de los 80 como plaza, y su remodelación final se llevó a cabo en 1986.

La plaza ha sufrido posteriormente diversas modificaciones y finalmente se ha convertido en un espacio duro al estilo del urbanismo post-moderno. Se construyó en el subsuelo un párking con tres pisos donde caben casi 800 vehículos aparcados, y se perdió para siempre la posibilidad de un parque verde. En 1992 se tuvieron que realizar obras de impermeabilización del aparcamiento para que el agua de lluvia no se filtrara por el techo. Una vez realizado, se volvió a pavimentar con piedra granítica. Al final, la plaza se ha convertido en un espacio de centralidad del barrio, con un buen número de bares y tiendas que convierten la zona en un espacio muy transitado y animado.

En 1988, y dentro del proceso de catalanización de las calles, la plaza pasó a denominarse Plaça de la Llibertat.

Esta plaza, por su carácter central y populoso, ha acogido todo tipo de conciertos, mítines y fiestas. Uno de estos conciertos multitudinarios de los primeros años fue el de Quintín Cabrera, el cantante uruguayo que vivió en España muchos años, en Barcelona y en Madrid, y cuyas letras de sus canciones defendían la lucha obrera y la libertad.

Por Lluís Berbel y Jesús A. Vila

La calle Aprestadora

La calle Aprestadora

Corresponde al distrito tercero, barrio de Santa Eulalia y toma el nombre de una antigua fábrica textil, concretamente de blanqueo y apresto de algodón conocida como “La Aprestadora Española”. Esta fábrica fue una de las primeras de l’Hospitalet (fundada en 1853 por un miembro de la familia Bonaplata, saga de grandes industriales barceloneses) y la más importante de toda la ciudad hasta su cierre en 1868. Con ella se introdujo en l’Hospitalet la máquina de vapor. Se dedicaba al acabado final de las fibras de algodón, primero mediante blanqueo con peróxidos y más tarde con el apresto final mediante el almidonado de los tejidos.

En aquellos años la fábrica estaba situada en una zona rural rodeada de campos. Para los trabajadores fabriles, tener su casa cerca de la factoría era fundamental por dos razones principales, porque no existían medios de transporte regulares y porque los horarios eran intempestivos, con jornadas muy largas que se iniciaban al despuntar el sol y terminaban cuando oscurecía. De ese modo, los patronos favorecían y los ayuntamientos toleraban, la autoconstrucción de viviendas en los aledaños de las empresas. Así es como nació la calle Aprestadora en Santa Eulalia sobre la base de las pequeñas construcciones de viviendas de planta baja de los primeros obreros de La Aprestadora. Las primeras casas debieron aparecer a principios de la década de los sesenta del siglo XIX y hacia 1890, cuando ya la empresa había cerrado, se completó el tramo inicial hasta la Riera Blanca.

En la década de los años 20 del siglo pasado, la calle ya iba de la Riera Blanca hasta la fábrica Godó y Trias conocida popularmente como les Sangoneres (sanguijuelas en castellano) por estar instalada en una zona de terrenos pantanosos donde se recogían estos anélidos muy utilizados entonces para hacer sangrías sanitarias. A partir de 1928 la calle se bifurcó en dos segmentos, al norte en la calle Sangoneras y al sur en la calle Can Trías, que después han tenido desarrollos autónomos. Desde el año 1948 la calle mantiene su trazado actual llegando desde el límite con Barcelona cerca de la parroquia de Sant Isidre hasta la vía del tren que limita el polígono Gornal. Mantuvo el trazado y se fue poblando a lo largo de esas décadas pero su urbanización definitiva se corresponde con los años 80 del siglo XX. En 1988, en el pleno municipal de octubre, se procedió a la catalanización del nomenclátor y desde entonces es oficialmente el carrer de l’Aprestadora.

Por Lluís Berbel y Jesús A. Vila

La calle Martí Julià

La calle Martí Julià

Entre las pocas calles que, en l’Hospitalet, recuperaron el nombre que se había puesto durante la II República, hay una dedicada a un médico psiquiatra y político que se encuentra en la barriada de Collblanc. Se trata de la calle Martí i Julià que durante todo el período de la dictadura del general Franco homenajeaba a un militar golpista, el primero que pocos meses después de proclamada la República ya se alzó contra la legalidad vigente: el general José Sanjurjo. Parecía evidente que la calle del general Sanjurjo había de ser una de las primeras, junto con la del Generalísimo y General Mola que pronto cambiaran de nombre. Y así se hizo el 9 de mayo de 1979, cuando uno de los primeros plenos municipales de la democracia devolvió el nombre de la calle a quien la ostentó entre el 30 de abril de 1931 y hasta el 17 de noviembre de 1939.

La calle Martí i Julià, que nace en la carretera de Collblanc y va a morir a la Ronda de la Vía, en La Torrassa, atravesando el barrio de norte a sur, recuerda a Domènec Martí Julià médico psiquiatra y político catalanista, de tendencia socialista. Nacido en Barcelona en 1861 y muerto también en Barcelona en 1917, fue, entre 1903 y 1906 y más tarde entre 1914 y 1916, presidente de la Unió Catalanista, organización conservadora independentista que Martí Julià orientó hacia un socialismo conciliador en sus últimos años. Como psiquiatra, Doménec Martí fue director del Frenopático de Les Corts y presidió la Societat de Psiquiatria i Neurologia de Catalunya, introduciendo innovaciones que fueron muy elogiadas en la época. Cuando se instituyó la República, el consistorio republicano de l’Hospitalet le puso el nombre de esta calle (pleno municipal del 30 de abril de 1931) que existía desde el año 1902, cuando se abrió y parceló sobre terrenos de Climent Mas (el propietario del cual recibió el nombre la calle Mas) y de los hermanos Marcel y Pere Romaní Torrella, propietarios barceloneses.

A primeros del siglo XX, sobre esos terrenos entonces sin urbanizar, se abrieron 10 calles a medida que se iban parcelando y vendiendo. Parece que el primer tramo construido fue el que existía entre las calles Holanda y Ronda de la Torrassa, abriéndose posteriormente hasta la calle Goya en 1905. En el trazado de la calle, en su confluencia con Holanda se ven, todavía hoy, las irregularidades del trazado en virtud de las autoconstrucciones y las delimitaciones de las propiedades vendidas. Hacia 1907, la calle crece por el sur hasta la Ronda de la Vía y en la década de 1920 por el Norte, hasta la carretera de Collblanc. Un edificio en Marti Julià con Campalans que conserva la fecha de su construcción da testimonio de esos años: 1926. Hacia 1928 la calle se termina con el dibujo actualmente existente.

Desde que se fue abriendo la calle y hasta el advenimiento de la República —como sucede con muchas de las calles de Collblanc y La Torrassa trazadas sobre propiedades de terratenientes barceloneses—, adquiere el nombre de los propietarios, en este caso con una salvedad curiosa. La calle se llama Romanins, haciendo referencia plural a los hermanos Romaní.

Otra curiosidad que tiene mucho que ver con sus orígenes. Pocos vecinos de la zona ignorarán la existencia en esta calle, hasta no hace mucho, del popular cine Romero, llamado así por la castellanización del apelativo Romaní, nombre de los propietarios de los terrenos. El cine Romero, en el corazón de La Torrassa, tenía mucha historia entre sus paredes —cerró en 1974— porque fue testigo de muchos actos y mítines sindicales y obreros.  Entre sus muros se oyó, entre muchas otras, las voces de Federica Montseny en 1934 y de los anarquistas Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso  en 1936.

Por Lluís Berbel y Jesús A. Vila

La calle Roselles

La calle Roselles

Ningún nomenclátor —dícese del catálogo de nombres de las calles de una ciudad— es perfecto. En L’Hospitalet tampoco. Dicen, quienes lo han estudiado en detalle —El Centre d’Estudis de L’Hospitalet básicamente—, que hay 27 repeticiones. Hoy vamos a hablar de una de ellas.

Se trata de una calle que desemboca en la Plaza del Ayuntamiento y que nace tres travesías más allá, cerca de la Plaza Virgen de Montserrat popularmente conocida en el barri Centre como Plaça del Bacallà. Algún día explicaremos por qué. Roselles, rotulada en catalán, existe desde el 6 de octubre de 1988 cuando el ayuntamiento en pleno aprobó el nomenclátor oficial de la ciudad en catalán. Hasta esa fecha, con una única salvedad —la del plano oficial de la ciudad que editó el Ayuntamiento en 1970, que la rotulaba curiosamente en catalán— la calle se llamaba Rosellas, que en castellano americanizado apenas quiere significar unas aves, unos hongos o lo que es peor, unas polillas. Nada que ver con la idea del nombre original que en catalán significa exactamente esa flor roja de los trigales que en castellano llamamos amapola. Por lo que parece, al final de esa calle, cuando se abrió, habían campos y en primavera se teñían de rojo. La gente al citarla indicaba esa ubicación: “ a prop del carrer de les roselles…”, aunque en realidad ese fue un nombre popular, no su nombre oficial que tomó realmente en septiembre de 1939.

Cuando esa calle se abrió, el 4 de enero de 1879, tomó el nombre de la casa que hacía esquina con el nuevo trazado y la plaza del Ayuntamiento: Can Perutxo, ubicada sobre el número 40, en aquellos años, de la calle Mayor. Fueron los herederos de Josep Mestres i Riera quienes pidieron permiso municipal para parcelar su propiedad y abrir un pasaje de 34 palmos de anchura “por donde deberán transitar libremente a todas horas, personas, carros y carruajes”. En realidad se trataba de la primera calle que enlazaba la Vila Vella con la Marina, esto es, la zona urbana con los campos del sur. Y representó, en este sentido, el primer intento de ensanche, sobre el lado mar del trazado urbano del núcleo antiguo, aunque el que efectivamente se consolidó llegaría después, en 1883 con la apertura de las calles Rossend Arús, Príncep de Bergara, Sant Roc, Provença i Josep M. de Sagarra. Un poco antes, en 1867, ya se había abierto el carrer Nou de l’Església, en el lado montaña.

La calle se llamó oficialmente Pasaje Perutxo hasta junio del año 36 cuando el portavoz del Casal de ERC del distrito 1 de Barcelona, Pere Pié, pidió por carta al consistorio hospitalense cambiar el nombre del pasaje Perutxo por carrer Francesc Layret. Jaume Mateu, concejal de Foment del gobierno municipal republicano asumió la propuesta y elevó a la Comisión de Gobierno el cambio de nombre en julio del 36, un poco antes de la sublevación militar. Ya en plena guerra, el 2 de septiembre de ese mismo año, la calle Perutxo desaparecía y tomaba el nombre del abogado laboralista Francesc Layret, defensor de los obreros y asesinado en 1920 en Barcelona por miembros del Sindicato Libre a sueldo de la patronal.

Recién acabada la guerra y hasta finales de mayo, una de las primeras medidas del consistorio franquista consiste en cambiar todos los nombres de las calles que “atenten contra el Régimen Nacional Sindicalista y el Gobierno del Movimiento Nacional” cambiados en su día por los Ayuntamientos de la República “y marxistas”.

Hasta noviembre del 39 no se cambia Francesc Layret por Rosellas, esta vez no por el anterior nombre oficial, probablemente porque Perutxo tenía una grafia catalana y porque debían ignorar de queiken se trataba específicamente y ante la duda… El trabajo de meditar sobre los nombres recayó sobre la Falange local que propuso dos alternativas para esa calle Rosellas o Capitán Hernando Prats —finalmente nombre adscrito a una calle de Santa Eulalia.

Cuando bien entrada la democracia se modificó y se oficializó el nomenclátor en catalán, la calle Roselles recuperó la grafía correcta y Francesc Layret su calle en Collblanc. Pero en Pubilla Casas, como consecuencia del diseño de Puig Gairalt en 1925 que diseñó para esa zona un ensanche de ciudad jardín, muchas de las calles abiertas tomaron nombres de flores y Amapolas fue una de ellas. Hoy, la calle Amapolas sigue existiendo y es una de las pocas rotuladas en castellano en el nomenclátor hospitalense para no darse de bruces con la calle Roselles del Centro.

Esa calle Amapolas, nacida en 1948 y desde 1960 sin salida, tiene un pedacito de historia porque en el entresuelo del número 28 se fundó en los años 70 la Asociación de Vecinos de Pubilla Casas, La Florida y Can Vidalet, que se llamaba así incluso después de aparecer la de La Florida y que se fundó con el nombre de los tres barrios vecinos —Can Vidalet siempre perteneció a Esplugues, aunque algunos vecinos siempre han reivindicado su incorporación a l’Hospitalet— por temor a que el gobierno civil franquista restringiera los permisos para nuevas asociaciones de vecinos.

Por lo que corresponde a la calle Roselles, cabe señalar que en uno de sus bajos nació la Llibreria Perutxo —existente hoy todavía en la Rambla Just Oliveras— que tomó el nombre precisamente del primer rótulo de esa calle y mantiene todavía un pequeño núcleo de viviendas catalogadas, las casas del 7 al 11, del 23 al 25 y del 29 al 33, muestra del tipo de residencia original de planta y piso.

Por Lluís Berbel y Jesús A. Vila