Aquella Marina perdida hace un siglo

 La Marina d’ahir, una nostalgia con sabor a historia.

15 de mayo 2020

El domingo 10 de mayo se cumplió un siglo que, de un plumazo, el término municipal de l’Hospitalet perdió casi la mitad de su extensión, la que iba desde la antigua carretera del Prat, más o menos, hasta la costa y desde el Llobregat hasta el término municipal de Barcelona, que hacía muy poco se había comido también al pueblo de Sants cuyo término municipal también llegaba al mar por detrás de Montjuic. Justo en lo que hoy se conoce como el paseo de la Zona Franca y que entonces incluía un barrio de pescadores (Can Tunis), algunos prados de blanqueo y unas pocas fábricas y que después creció con las Casas Baratas, el barrio del Polvorín y las viviendas de Nuestra Señora de Port. Para entendernos, el imperio de Candel, donde la ciudad cambiaba de nombre, donde se establecieron con la humildad acostumbrada, los nuevos catalanes.

Aquella marina de Sants que se perdió, junto con el pueblo, a inicios de siglo para que Barcelona colocara las fábricas que enriquecían a sus clases pudientes y alojara en un entorno de miseria a la mano de obra que llegaba bajo el reclamo de las obras del metro, se prolongó en 1920 hacia la Marina de l’Hospitalet que, a diferencia de la de Sants todavía era un entorno rural, bastante bien explotado y preservado, por lo tanto, de la ambición devoradora del capitalismo en desarrollo de aquellos años.

L’Hospitaket perdió casi la mitad de su término y el municipio apenas emitió un enterado a través de su ayuntamiento que tan solo se quejó de que con la segregación perdía los escasos ingresos de algunos de los contribuyentes más solventes: los payeses que sacaban rendimiento de sus tierras para dar de comer especialmente a Barcelona y su entorno. Entonces ingresó una ridiculez que, al cambio, apenas llegaría hoy para pagar el salario de la alcaldesa de un solo año —al que ha renunciado, digámoslo todo, para cobrar de la Diputación, que es superior.

Me consta que hay aprendices de historiador que están estos día revisando papeleo para entender por qué el Consistorio hizo chitón al robo espurio y por qué se dejó solos y abandonados al centenar de payeses y obreros agrícolas que residían en una zona que, bajo la pretensión de progreso exterior, perdió para siempre esta ciudad. Una zona que era rica en producción, muy próxima al mercado de consumo, todavía ajena a la industria (la industria había ido optando por la costa norte ocupando lo que hoy es la zona olímpica y que Maragall y sus arquitectos rescataron para la ciudad en vísperas del 92) y sobre todo un espacio de reserva sostenible para el futuro de un municipio que, por su proximidad a Barcelona, estaba condenado a crecer como una ciudad dormitorio cualquiera.

Barcelona se llevó el gato al agua con aquellas casi 1000 de las 2.700 hectáreas de entonces, a las que habría que añadir otras 300 cuando se abrió la Diagonal por el norte. No pasó entonces lo que le había pasado a Sants porque la gran ciudad no estaba dispuesta a digerir lo que ya se veía venir: los cientos de miles de immigrados económicos sin otra cosa que dignidad en la memoria y telarañas en los bolsillos. Para eso ya estaba l’Hospitalet.

Perdonadme. Cometo un grave error cuando hablo así de las ciudades. Barcelona es un lugar maravilloso. Lo ha sido siempre. Han sido sus poderes económicos lo que la han convertido en un estómago insaciable de territorios para ubicar allí lo que molestaba junto a la casa de los ricos, en el centro de la ciudad. Necesitaban las fábricas, el humo y la miseria un poco lejos, porque vivían de ello pero no estaban dispuestos a soportar su hedor. Fueron esas gentes las que decidieron comerse las marinas al sur de Montjuic y abandonar a su suerte a quienes arrnacaban el fruto de la tierra y a quienes tenían que haberlos representado en las instituciones. Si l’Hospitalet perdió casi la mitad de su territorio en el siglo pasado sin rechistar fue porque el poder lo había diseñado todo: cómo se distribuía el espacio (donde iba cada cosa: las fábricas, las infraestructuras, los depósitos francos, los aeropuertos) y cómo se hacían las leyes, a quien se explotaba y a quien se podía expropiar sin contemplaciones. Eso fue así durante el primer tercio del siglo XX (y lo había sido durante la segunda mitad de la centuria anterior) y todavía nos extrañamos por qué a Barcelona se la llamaba la Rosa de Fuego bajo los años lejanos de la respuesta obrera.

En 1920 se acababa de producir la huelga de la Canadiense y se acababan de inaugurar las conquistas de las 8 horas de jornada laboral, pero eso estaba muy lejos de l’Hospitalet aunque también en l’Hospitalet había obreros combativos. Después vendría la República y la Guerra Civil y esta ciudad siguió siendo un laberinto al servicio de otras casusas que no eran la suya. En la Torrassa empezaba Murcia pero al otro lado no estaba l’Hospitalet sino únicamente un fantasma. Solo hubo l’Hospitalet en el antifranquismo y quedó tremendamente derrotado en 1979, cuando vencieron los que consideraban que la ciudad necesitaba un lavado de cara pero no una conquista de espacios, sino más bien todo lo contrario.

La contrapartida al robo del siglo de ahora hace 100 años consiste en reclamar que nos hagan un pasillo para podernos mojar los pies en el centro del puerto de Barcelona que llega desde Montujuic a la nueva desembocadura para beneficio de quienes hacen negocios. Ni siquiera hay luces para reclamar que nunca más se puedan decidir cosas en lo que ahora de Zona Franca solo tiene el nombre, sin contar con el beneplácito de los antiguos expoliados. L’Hospitalet, por no estar, no ha estado jamás en el Consorcio que ahora preside un ínclito socialista y no tiene prisa por reclamar ese estatus. ¿Para qué, si entonces renunciamos a la tierra, más tarde a un urbanismo racional y después a una planificación que frenara la saturación demográfica?. ¿De que nos serviría estar en una institución que podría decidir poner el territorio al servicio de la población y no de los poderes económicos, si los que están ahí, van a seguir estando ahí y nadie se plantea substituirlos son exactamente los representantes de esos poderes y no de los pobres residentes?

Es fácil entender que siempre ha sido así: hace un siglo y ahora. Entonces mandaba la Lliga conservadora y su única preocupación era recaudar menos de lo previsto. Ahora ha cambiado el nombre instrumental pero los objetivos no han variado. Antes, por lo menos, la ciudad estaba por hacer. Ahora está deshecha.

El dissenyador de penúries

15 de maig 2020

Si alguna cosa s’ha posat més de manifest en aquesta crisi sanitària que encara estem suportant és que els excessos en la massificació resulten altament perjudicials i que afecten no només a la qualitat de vida sinó també a la salut. Per dir-ho planerament: els humans som una espécie gregària que necessita la relació social com el pa que menja, però que reclama alhora un espai vital suficient que resulti saludable. El disseny que s’ha fet al llarg de tot el segle XX i el que portem de segle XXI de les ciutats és qualsevol cosa menys un mecanisme al servei de la gent: és bàsicament una operació de mercat que prima l’especulació econòmica per sobre de la vida de les persones i el seu desenvolupament armònic amb el medi. L’elecció per la ciutat compacta (vertical i densa) com una solució sostenible, contraposant-la a la ciutat difusa (horitzontal i dispersa), ja s’ha vist que és un gravíssim error. La ciutat formiguer, en un món globalitzat de mobilitat sistemàtica de les persones, representa una amenaça permanent a la salut pública perquè fa inevitable la saturació de l’espai, la massificació de la gent, la contaminació ambiental i el contagi de patògens. La ciutat vertical, urbanísticament saturada i sense espais verds, amplis i suficients, no obeeix a cap criteri d’estalvi de recursos, sinó a la depredació del sol urbà per enriquir a les constructores, amb l’aval inexcusable de les administracions municipals més interessades en l’obtenció de recursos que en l’oferiment d’una vida de qualitat a la seva ciutadania: exactament la que la elegeix i a qui s’hauria de deure.

Això, que semblava una evidència i que, només fent una comparació entre la qualitat de vida de les ciutats esponjades i la de les ciutats formiguers resultava indiscutible, comença a posar-se de manifest obertament en situació de pandèmies, quan es recomana com una de les mesures fonamentals el distanciament físic, una cosa impossible del tot en ciutats tan denses com l’Hospitalet.

Una informació a El Llobregat sobre la sostenibilitat com a punt dèbil del covid-19 semblava posar el dit a la nafra en interrogar-se i interrogar-nos sobre el futur de las ciutats metropolitanes, ara que ja s’ha vist que una necessària prudència en el distanciament social resulta imprescindible per fer front a una de les amenaces més virulentes per la supervivència de l’espécie: la previsible repetició de pandèmies. En aquesta informació, el gerent de l’Agència de Desenvolupament Urbà de l’Hospitalet, l’advocat Antoni Nogués, que ha estat al front d’aquest organisme des de l’època Corbacho i que és el màxim responsable de la saturació urbana per delegació dels consistoris socialistes, afirmava que “cal accelerar els canvis en els quals estan immerses les ciutats metropolitanes en el capítol energètic per adaptar-se al canvi climàtic”, però alhora insinuava que eren impensables els canvis urbanístics, primer perquè “tan aviat hi hagi una vacuna pel covid-19 es deixarà de parlar de canvis en l’espai públic pel coronavirus” i segon —com defensa la sociòloga Verónica Pérez— perquè “el distanciament social està a les antípodes del caràcter llatí”. Nogués no questionava la ciutat compacta i densa —faltaria més, si ell ha estat el principal impulsor d’aquesta basrbaritat— però acceptava que es reprogramés a llarg termini —50 anys— com es va fer amb la reforma de l’eixample barceloní de Cerdà per acabar amb la “kasba” insalobre del Raval, també per motius sanitaris. Obviament, un  dels màxims creadors de la ciutat densa hospitalenca, considera que la casa i l’hortet de la ciutat difusa no es viable, però en canvi pensa que es pot afavorir el teletreball o la robotització, que considera canvis de gran calat, per evitar la massificació que promou la mobilitat interurbana. I així, no s’està de destacar com a paradigma del futur urbanisme hospitalenc la defensa del nou PDU Gran-Via Llobregat, que es menja la darrera zona lliure de la ciutat per construir desenes de nous gratacels —en el 10% del territori global del terme, encara lliure—, amb l’excusa d’incorporar a la ciutat un ampli espai verd que ara és zona agrícola. I ho rebla amb un extraordinari exercici de cinisme, per si encara no hi havia invertit prous dosis en la seva defensa del disbarat del PDU, quan afirma que “els metges s’estan queixant que els hospitals s’estan quedant petits. En lloc de reduir la població de les ciutats o imposar el distanciament social, el que caldria fer és ampliar els actuals hospitals”. De manera que, com que molts dels edificis projectats encara no tenen comprador i estan a prop de l’hospital, aniria molt bé que les Administracions es posessin les piles perque segons ell “alguns d’aquests espais serien idonis per l’ampliació de l’hospital de Bellvitge”.

Aquest personatge —que pensa que la principal solució no és preservar la salut millorant la qualitat de vida sinó tenir més espai als hospitals per quan ens posem malalts a causa de la inevitable precarietat ambiental—, aquest personatge  és el que ha dibuixat la desastrosa ciutat que avui tenim i el que alimenta la densificació futura. Si l’Hospitalet fos una ciutat forta, participativa i conscient del seu present i sobretot del seu futur, reclamaria a crits la destitució d’aquest dissenyador de penúries, que sobre una ciutat impossible en temps de coronavirus només pensa en construir més habitatges, més residències i oficines i acabar amb l’escassíssim terreny lliure que queda al municipi. Perque és justament aquest problema el principal que té la ciutat: la manca d’espai. Reconvertir la “Kasba” del Raval a mitjans del XIX a Barcelona, que va encapçalar un inspirat Cerdà, —que s’estimava la ciutat com es va demostrar amb el seu disseny—, va ser possible fonamentalment perquè existien desenes d’hectàries encara lliures al pla de Barcelona per refer el que la compactació insalobre per causa de les muralles havia fet de la ciutat medieval. No és el cas hospitalenc. Les úniques murallas de l’Hospitalet han estat les limitades capacitats dels seus governants durant els darrers 70 anys que s’han posat al servei de l’especulació urbanística malauradament sense límit de continuïtat entre el franquisme i la democràcia i l’escassíssima capacitat d’influència dels seus habitants que aspirem, sobretot, a una estadia de pas perquè és impossible plantejar-se una vida digna —i en aquests temps de pandèmies encara menys— amb una certa projecció de futur. Qui pot, marxa, quan el que hauríem de fer és fer-los fora a ells que ens estan destruïnt l’espai i precaritzant la vida.