Texto de Jesús A. Vila en la presentación del libro: «Jaume Valls, todo lo que pude»

Moltes gràcies a tots per acompanyar-nos en aquest acte de presentació del llibre que resumeix, la vida, els somnis, els treballs, els sacrificis, les esperances, els encerts, també els errors, les victòries i els fracassos del nostre estimat Jaume Valls, que tan es mereix estar avui rodejat de la gent que l’estima i de la gent que no oblida la seva entrega i la seva generositat. Gràcies a tots per estar aquí, perquè el llibre que avui presentem és una excusa legítima i honorable per tenir-lo a prop i per poder expressar-li el nostre reconeixement.

El libro “Jaume Valls, todo lo que pude, memoria de una vida de luchas y sueños por un mundo nuevo”, más allá del intenso trabajo de recopilación, documentación y recuerdos, que hicimos a cuatro manos el Jaume y yo durante unos cuantos años, intentamos que quedara explicado de forma muy expresiva en el título y en el subtítulo. Es la memoria de una vida dedicada a la defensa de su condición social, de su clase, y es por lo tanto una vida de sacrificios pero también de sueños, de resistencias pero también de progresos, de sinsabores pero también de alegrías, porque todo lo que se hace con dignidad y con una proyección colectiva de los resultados que se quieren obtener, tiene momentos complejos que son dolorosos pero tiene, sobre todo, el poso trascendente del combate por la justicia, por la igualdad y por la mejora del mundo, no solamente del coyuntural que nos ha tocado vivir, sino del que dejamos a los que nos perpetúan.

A un lado del combate social

El libro, del que no vamos a hablar en sus detalles porque es mejor que lo leáis —y me consta que muchos de los que estáis aquí ya lo habéis leído—, es la memoria de las acciones cotidianas al servicio y en defensa de los que se sitúan a un lado del combate social, enfrentados a los que mantienen sus privilegios, su poder económico, que termina siendo omnímodo, ocupando todas las esferas de la sociedad. Siempre han existido los poderosos y los parias y se han denominado de muy diversos modos en función de los períodos históricos, pero en torno a esa realidad, siempre ha habido un conflicto y, como derivada del mismo, una resistencia. Los de un lado, resistiéndose a perder sus privilegios, y los del lado contrario luchando para conseguir algo más de justicia. El conflicto ha existido desde que el hombre es hombre, desde que el hombre es un lobo para el hombre —“lupus est homo homine” ya decía Plauto 250 años antes de Cristo—, pero no quedó meridianamente articulado hasta que un filósofo social del siglo XIX lo reflejó en una teoría que se convirtió, hace ya 150 años —y aún tiene la solidez que le dio su elaboración científica— en un instrumento de comprensión de las desigualdades, de la emancipación de los pobres, de los subalternos, de los que solo han poseído su fuerza de trabajo y en torno a la cual se ha forjado mucha historia y se ha hecho avanzar el mundo.

Sin el marxismo como teoría y sin la organización obrera como instrumento, el mundo de hoy sería peor. El marxismo y el activismo obrerista no han conseguido cambiar el mundo, pero han señalado que sin el capitalismo el mundo sería mejor y ese sigue siendo un norte irrenunciable, ahora que nos amenazan, más allá de las crisis cíclicas del capitalismo a las que nos hemos ido acostumbrando, crisis de mayor calado como la crisis energética, el cambio climático, la difícil recuperación de los ecosistemas. Crisis, todas ellas, que tienen en el capitalismo como sistema económico y como constructo social, la lacra esencial de nuestros días y especialmente del futuro más inmediato. Crisis que puede acabar con el capitalismo, porque como tuvimos ocasión de reflexionar hace unos días en una mesa redonda virtual sobre la crisis energética y los objetivos de desarrollo sostenible, una sociedad basada en el crecimiento económico como único motor, está condenada a la ruina en un mundo físico finito y, por lo tanto, el colapso del sistema está, quieran o no, les guste o no —que no les gustará— a la vuelta de la esquina.

Antonio Ruiz, compañero

El marxismo, que nos ayudó a entender las reglas económicas de la miseria de la mayoría del género humano, tuvo la virtud desde el principio de instalarse no sólo en la teoría. Eso lo hizo revolucionario. Buscó la organización de la clase obrera, porque sin organización no puede haber aplicación de la teoría y ahí, como siempre que interviene la acción humana, surgieron las dificultades. El partido obrero, el sindicalismo de clase está compuesto de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, con sus herencias culturales y sus cargas emocionales. Las organizaciones obreras han sido, pues, instrumentos imperfectos porque no podían ser otra cosa, pero instrumentos útiles porque dieron conciencia de realidad y capacidad para responder. Enseñaron a combatir, a resistir, a enfrentarse y a no resignarse, y en esas organizaciones, las personas más inquietas, más rebeldes, más entusiastas, se forjaron como hombres o mujeres de acción y fueron naturalmente reconocidas para representar a sus iguales.

Un carácter inquieto, rebelde, entusiasta, capaz de ser elegido por sus iguales para que les representara cada vez que la ocasión lo requería, ha definido la personalidad de Jaume Valls. Y ese contacto de hermandad con su clase le hizo asumir compromisos de riesgo, que afrontó con valentía, dignidad y coraje. Sus repetidos encarcelamientos, las torturas o los despidos que se explican en el libro con detalle, son un exponente de todo ello. Pero también ese instinto natural de los trabajadores, que les ha hecho desconfiar tantas veces del oportunismo que se instala en las organizaciones. Recuerdo cuando Jaume y Antonio, —el querido Antonio Ruiz— y tantos otros de Comisiones Obreras, de la construcción, del vidrio, de la madera, del metal, desconfiaban de los pico de oro y de los que se tildaban entonces de intelectualillos, a los que se miraba con algo de recelo porque resultaba más fácil perorar que enfrentarte al patrón, más fácil discutir que montar piquetes o forzar huelgas, mucho más fácil mitinear que convencer en el tajo.

Desgarros en la organización

La gente que montó Comisiones Obreras en l’Hospitalet, —bien que lo sabéis unos cuantos de los que hoy estáis aquí—, un sindicato que de la nada se convirtió en el principal instrumento de organización y defensa de los trabajadores en la ciudad y en el conjunto del país, estuvo en muy buena parte formado por este género de activistas, obreros de primera línea que se destacaron por su ejemplo y al que seguían incondicionalmente los compañeros. Jaume Valls fue sin duda uno de ellos, pero con él otros muchos de aquella época que se merecen el mismo reconocimiento, reconocimiento que hago extensivo y que estoy seguro de que Jaume también comparte, a través de este acto. Y quiero extenderlo hasta el presente, porque están entre nosotros dirigentes actuales de CCOO de l’Hospitalet y entre ellas su actual responsable (gracias, Liliana por venir). El libro de Jaume Valls, ese “todo lo que pude” responde exactamente a lo que hizo él a lo largo de su vida, pero también a lo que hicieron en momentos señalados muchos de quienes le acompañaron en la lucha. Hicieron todo lo que pudieron, y el que hace todo lo que puede no está obligado a más, como dice un popular refrán castellano. Y es igual el resultado final. Sin su contribución, seguro que todo hubiera sido peor.

Pero como nadie es perfecto, Jaume y muchos de sus compañeros y compañeras vivieron también en primera persona, los fracasos, los desencuentros, los desgarros en la organización. Algo tuvieron que ver los oportunismos en aquella historia, pero también las inercias propias de la progresiva institucionalización de la resistencia. Del activismo se pasó a la gestión y de la gestión al elitismo, en muy poco tiempo. Comisiones se preservó bastante del fratricidio, pero el partido comunista cayó de lleno en la lucha intestina, corroído por las verdades absolutas de ambos bandos, sazonadas por un lado por el estalinismo cultural mal digerido y por el otro por los espejismos del posibilismo socialdemócrata. Del embate surgió la ruina. Quien ganó en esa tormenta perfecta fue, al cabo, la socialdemocracia clásica, el partido socialista, donde se refugiaron muchos huérfanos, pasando del comunismo renovador que quería representar el PSUC de los buenos tiempos, a cierto anticomunismo visceral de buena parte del socialismo rampante de entonces y sus adláteres.

Fieles a las esencias

Jaume y los suyos, los más suyos, no se fueron a parte alguna. Ellos se mantuvieron fieles a las esencias hasta que descubrieron que las esencias no estaban exentas de artificio. Unos pocos, al final, incluso hicieron una travesía más exhausta cuando se vio que el instrumento residual de aquella batalla era inservible: del PCC al PSC, cambiando una consonante que llevaba una carga de dinamita conceptual indigerible y que algunos llevaron más mal que bien, pese a los esfuerzos.

Muchos de los antiguos luchadores se quedaron solos, huérfanos de organización y duramente criticados. Primero, por los ajenos, después, por los más inmediatos. Le pasó a Jaume Valls, le pasó a muchos otros, el libro lo cuenta. Si algo emocional hay que reprochar al PSUC, a sus dirigentes, a sus enterradores, es que dejaban solos, dejaban abandonados, a los discrepantes, a los derrotados. Añadida a la orfandad organizativa, el aislamiento personal; únicamente compensado por el calor de los más próximos, por los compañeros que valoraban mucho más la generosidad y el riesgo en los momentos duros, que los errores y los fracasos cuando tantos triunfaban. La izquierda es mucho mas cainita que la derecha. En este rincón ideológico cuesta mucho disculpar algunas decisiones humanas, las debilidades, los errores o simplemente aquello que viene dictado por la coherencia íntima, por una cierta vehemencia de las convicciones. Lo sé porque muchos compraron el libro de Jaume Valls cuando se puso a la venta, pero también otros pocos hicieron ver que aquella historia no iba con ellos, cuando habían formado parte de esa misma historia por activa o por pasiva. Lo cito a beneficio de inventario, sabiendo que no estamos aquí para hacer un acopio de agravios sino para todo lo contrario, porque han sido muchísimos más los que han respondido en positivo y buena prueba de ello es este acto transversal donde estamos gentes de todas las ideologías progresistas, de todos los idearios de avance social

Memoria histórica

No nos puede extrañar porque también Jaume Valls, salvadas aquellas vicisitudes históricas que combinaban dogmatismos y desconfianzas, se convirtió en un adalid de la unidad. Buena prueba de ello fue su voluntad de constituir una entidad sobre memoria histórica que ponía el acento en los que lucharon contra la dictadura más allá de orígenes y credos. L’Hospitalet Antifranquista, que él presidió y representaba como nadie, fue un ejemplo de solidaridad y una lección para el futuro, porque solo la unidad de los que están a favor de la justicia social y se reconocen en su propia fortaleza pueden ser capaces de avanzar.

No quiero hablar del contenido del libro porque la mejor forma de expresar lo que contiene es decir que en su interior late una vida entera de rebeldía. Y cuando hablo de vida hablo de todo lo que ella incluye y que tiene que ver con la familia, con los amigos, con los compañeros y con los correligionarios, con los que palpitan sobre los mismos intereses y los que le han hecho compañía directa en el sufrimiento, en los sacrificios y en las penalidades. Un dirigente obrero está tan expuesto a la dureza de las situaciones —y más en aquellos momentos terribles de represión y falta de libertades—, que le resulta imprescindible el apoyo tácito en el único lugar donde el cobijo es auténtico: en la familia. Sin una compañera capaz de comprender la lucha y aceptar las penalidades como lo que son, la consecuencia lógica de la rebeldía, no hay proyecto vital que resista. Sin el ánimo en los momentos duros, la comprensión en los fracasos y el apoyo en la derrota, no se puede soportar ninguna lucha. Cuando todo se hunde, queda el hogar, queda el refugio donde encontrar la paz. Por eso es imprescindible hablar un instante de la mujer, la compañera de Jaume Valls, Agustina Guallar, a la que quiero desde aquí rendir un tributo de admiración y que se merece tanto reconocimiento como su marido. Y en segundo lugar a sus hijas, Carmen y Teresa, que vivieron la rebeldía desde la infancia y se reconocen ahora en la integridad de sus padres y en la coherencia de sus ideales. Sus nietos son el testimonio de esa vida de sus abuelos, que nunca renunciaron a la conquista de la libertad, y de sus padres, que supieron instalarles en el progreso de las ideas. Pido un aplauso para todos ellos porque se lo han merecido siempre, y hoy es un buen momento para que se ponga de manifiesto.

Valls y Fariñas, un tándem indestructible

En el libro hay decenas de protagonistas porque la vida de Jaume Valls, desde su Bellvís natal hasta Bellvitge, ha pasado por muchos lugares y muchas circunstancias. Y su lucha se ha mantenido en activo hasta prácticamente la actualidad cuando está a punto de cumplir 91 magníficos años. Lo leeréis en el libro. Pero en el libro también hay dos testimonios que considero claves. El primero es el del prologuista, José Fariñas, al que yo conocí aquí en los primeros 70 y que durante mucho tiempo fue el comunista de principios insoslayables que se convirtió en mito. No me extraña que Valls i Fariñas fueron un tándem indestructible pasara lo que pasara. Están construidos con los mismos mimbres, los de la honestidad, la coherencia, la dignidad y la resistencia. Él escribió un prólogo que lo dice todo respecto a la amistad entre dos seres humanos. El segundo es el del autor del Epílogo, Manuel Domínguez. Presidente del Centre d’Estudis, editor del libro y organizador de este acto, pero esencial en esta parte de la historia porque, profesor de Instituto y la persona sin duda que más sabe de la historia de esta ciudad con diferencia, recordaba las meriendas que, con sus padres, obreros de La Florida y muy próximos a Jaume Valls, se solían hacer en la montaña de Sant Pere Mártir con toda la familia, incluidos los hijos naturalmente, para hacer asambleas, pasarse información, elaborar consignas y compartir ideales fraternalmente. En el epílogo del libro recuerda esos encuentros que representaban la solidaridad entre iguales, en momentos de resistencia y de riesgo, cuando el apoyo mutuo era esencial para mantener el pulso ante una patronal y un sistema autoritario que exprimía a la clase obrera, reprimía las libertades y dejaban a los trabajadores a los pies de los caballos. Fariñas y Domínguez no se hicieron de rogar cuando les pedimos su colaboración y sus textos han contribuido a redondear lo escrito.

En el libro se explica cómo nació la idea y cómo fue evolucionando. No quiero ser redundante. Me parecía que en la presentación se tenían que destacar más las cuestiones morales y humanas —sin obviar nuestras propias contradicciones—, que los vericuetos que llevaron a su edición final. Lo mejor del libro es que, aunque lo hicimos muy tarde, lo hicimos a tiempo y se puede convertir en una guía para los resistentes de hoy y de mañana porque la resistencia, la rebeldía, la coherencia y la dignidad siguen siendo imprescindibles en este mundo todavía injusto, desigual y discriminatorio. En este punto quiero hacer también una mención muy personal porque cuando los proyectos son complejos —y este lo fue—, el aliento resulta imprescindible. Cuando, en un momento determinado, mi casa se llenó de documentos y de materiales que mi buen amigo Jaume iba aportando para completar el libro y yo me vi invadido y casi resignado a naufragar en aquel mar de recuerdos y datos, fue mi mujer Ana, que está por aquí, la que puso orden a los papeles y pescozones a mi conciencia para no desfallecer. Sin su ayuda, sin su tesón, sin sus ánimos tampoco el libro estaría hoy en la calle. Ya he dicho hace un momento que el aliento más íntimo opera milagros. Yo lo he visto en Jaume Valls y lo he vivido en mi mismo.

Y nada más. Jaume y yo ya éramos amigos en la distancia antes de esta aventura, ya habíamos hecho cosas juntos, ya habíamos confiado el uno en el otro y esa confianza suya en mi jamás la pude olvidar, porque de la senda de los perdedores muchos huyen y mi historia tampoco es precisamente un paseo de triunfos. Pero profundizar en la memoria vital nos acercó todavía mucho más y yo quiero hoy, delante de todo el mundo, darle las gracias por pensar en mi para este trabajo. Ahora puedo decir que fue un honor la sugerencia y ha sido un placer conocerlo más a fondo y poner su historia a disposición de los lectores.

Muchas gracias, compañeros.

Moltes gràcies companys i companyes.

12.6.2021