Debate en torno a la calidad democrática en l’Hospitalet

Una imagen del coloquio

Texto de la intervención de Jesús Vila en el debate durante el Día Internacional de la Democracia, por Meet el 15 de septiembre de 2021

De acuerdo a lo que proponía el enunciado del coloquio, quiero hacer dos puntualizaciones iniciales.

La primera sería explicar lo que se entiende por calidad democrática desde la perspectiva de los países avanzados, claro está. Y la segunda, de qué modo esos criterios pueden ser analizados, yendo al detalle, en el caso de cualquier municipio, en este caso l’Hospitalet.

Antes que nada hay que precisar que todos estos conceptos (calidad, democracia, medición de la calidad democrática) son realmente endebles. Primero, porque forman parte de la voluntad de análisis periodístico y en el mejor de los casos, sociológicos, de medios del primer mundo, de manera que toman como un ejemplo de democracia, el sistema más perfeccionado posible del sistema representativo de partidos que hoy conocemos en el mundo occidental.

No hace mucho, hemos vivido el caso de las protestas cubanas. Para el DIQ (índice de calidad de Occidente) no hay duda de que Cuba se situa en el apartado número cuatro de los regímenes políticos del mundo: el que habla de sistemas autoritarios. Si escuchamos a la dirigencia cubana y a una parte de la sociedad organizada de la isla, lo suyo es una democracia popular que se rige por los principios marxistas-leninistas, donde el proletariado organizado impide que la burguesía tenga alguna posibilidad de alcanzar el poder.

De modo que, teniendo en cuenta estas salvedades, con las que no todo el mundo puede estar de acuerdo, vamos a utilizar el punto de vista canónico de lo que se entiende por democracia: esto es, un régimen político que garantiza, permite y cultiva cinco conceptos básicos. A saber: el pluralismo político, es decir la libertad de concurrencia de opciones diversas de representación ideológica y política con los mismos derechos y libertades. La participación política, que garantiza la participación social en la elección de sus representantes con total libertad. La cultura política, que implanta el respeto al resultado electoral y garantiza la estabilidad del sistema de las mayorías y de las minorías. Los deberes, los derechos y las libertades, no solo en los procesos electorales sino también en el desarrollo de la acción de gobierno, de la estructura del Estado y de las normas legales fruto del consenso social representado por el legislativo. Y, por último, el funcionamiento del ejecutivo y su control desde las instituciones y desde las estructuras de las que se dota la sociedad para la participación y el juicio crítico de la acción de gobierno.

Podríamos decir que si se cumplen estos requisitos hablamos de democracia occidental representativa, de manera que el Índice de Calidad Democrática vendría calculado sobre la base de los niveles de satisfacción de todos estos conceptos. Es decir, a mayor perfección en los resultados de los conceptos, mejor calidad democrática y a mayor imperfección, menor calidad democrática. Hay que insistir en ello porque seguro que muchos de los países que, con estas reglas, se situan en los peores niveles de calidad democrática, no estarían en absoluto de acuerdo. Y ya no hablamos solo de sus gobiernos, que es evidente que se mostrarían contrarios. Habría que poner en el mismo paquete a parte de sus poblaciones, de su sociedad. Y ahí habría mucho que hablar sobre la tolerancia social a los regímenes con peor calidad democrática.

Pues bien, de acuerdo con estos índices de calidad democrática, los países del mundo se dividen en cuatro categorías. Los que “gozan” de una democracia plena; los que gozan de una democracia imperfecta, aquellos que tienen sistemas híbridos y los que “sufren” regímenes autoritarios. Permitirme la licencia de hablar de sufrimiento en este último concepto porque parecería evidente que los regímenes autoritarios “se sufren” y “no se gozan”. Pero tampoco puede haber certezas absolutas en este punto porque tampoco se puede decir que todo el mundo goza de las democracias perfectas o imperfectas ni probablemente todo el mundo sufre los regímenes híbridos o autoritarios.

Para evadir prejuicios acerca de estos datos de calidad democrática permitirme que os diga que en el año 2020, España formaba parte del grupo exclusivo de los 20 países de democracia plena, aunque en el número 19 de esos 20, mientras que, oh! sorpresa, nadie diría que Portugal, por ejemplo, forma parte de los países de democracia incompleta y todavía parece más inverosímil que Italia también esté en ese grupo e incluso Estados Unidos de América, que presenta un 7,96 de DI sobre 10, mientras que España tiene un 8,08 sobre 10.

El DI, por cierto, no da para mucho más. Solo hay que decir que, de acuerdo con estos datos, el 47,8% de los países del mundo (reconocidos por la ONU) viven en democracias plenas o imperfectas y el 52,2% en regímenes híbridos o autoritarios y, por lo tanto, ajenos a los esquemas de democracia representativa de tipo occidental. Y que todos estos índices, que contemplan 60 indicadores distintos, varían año tras año con subidas y bajadas de los países en el rànking. (pausa)

La segunda parte de mi intervención querría aproximarla a la realidad municipal concreta. Y permitirme que lo haga volviendo un momento a la esencia del régimen democrático occidental. Desde mi modesto punto de vista, los cinco conceptos básicos (pluralismo, participación, etc) que son importantes para ponernos de acuerdo sobre de qué estamos hablando, esconden otra característica esencial de lo que debe ser la democracia y esto si que valdría para todo tipo de democracias, incluidas esas democracias tan especiales que son las democracias populares o aquellas que reciben calificativos para significarlas, porque no pueden ser homologables en derechos y libertades, como lo fue en su día la democracia orgánica franquista.

Para que haya democracia si algo resulta imprescindible es el acceso, la elección y el control. Es decir el acceso al poder, la posibilidad real de acceder al poder. La capacidad de poder elegir y ser elegible, y la existencia o no de control sobre la gestión y el gobierno. Si se tiene vedado el acceso al poder, si no hay posibilidad real de ser elegido o de elegir, o si es imposible controlar a quien ostenta la capacidad de gobernar, no hay libertad y, en consecuencia, no existe eso que puede llegar a definirse como democracia.

Ya hemos visto que en 2020 España gozaba de un régimen democrático pleno, más pleno que Italia, más que Portugal o Estados Unidos, no digamos ya más que China o Rusia… pero, descendiendo al terreno más doméstico, si no hay posibilidad de acceder al poder, si no hay posibilidad de elegir y si no puedes controlar, hay un déficit en los valores de la democracia tal como debiéramos entenderla.

Analicemos un poco cada uno de los apartados. El acceso al poder; que es lo único que garantiza un cambio de poder. El acceso no depende solo de querer acceder al poder. Tienen que darse también las condiciones. De nada sirve querer cambiar el poder, poder acceder al poder mediante recambio, si no hay alternativa. Si no se fabrica la alternativa. En l’Hospitalet, desde hace 42 años, gobierna la misma fuerza política. Y eso no es solo que la ciudadanía elige siempre a los mismos. Es que no hay una alternativa sólida, fuerte, reconocible, que permita el recambio. La realidad es que, en las elecciones municipales en l’Hospitalet, del 64% de participación electoral registrada en los años 1983 y 1987 se ha pasado a entre el 42,5% y el 54,8% en las 6 elecciones de este siglo siendo la última, la de menor participación electoral de toda la serie. Es decir, el electorado se desentiende, pierde su capacidad de involucrarse en el desarrollo de su propia sociedad, si no ve posibilidades reales de cambio, y termina por no ir a votar.

No ir a votar irrumpe de lleno en la otra condición, la de poder elegir (la de poder ser elegido si no existe organización social que garantice esa posibilidad). Y finalmente, esa desmotivación, ese desentenderse, implica la pérdida paulatina de la otra condición: la capacidad para controlar al poder.

Y esa incapacidad del control social provoca en el poder un síntoma que incide de lleno en la calidad democrática: la patrimonialización del poder. El considerar la ciudad patrimonio del partido; y como el partido cada vez es más un núcleo de poder endogámico, poco numeroso y muy poco fluido, encorsetado por el amiguismo y las servidumbres, la ciudad acaba siendo patrimonio de muy pocos: los que tienen el poder ejecutivo y de gestión, que hacen y deshacen con la ciudad como si se tratara de su finca particular, consideran a los trabajadores, sus trabajadores, y el presupuesto, sus recursos propios para hacer lo que piensan que hay que hacer sin temor a obstáculos de ningún tipo.

Hete aquí como en un país de democracia plena, las realidades municipales de una parte muy substancial del territorio situan el contenido democrático, muy probablemente, a la altura de lo que debe suceder en los municipios de países considerados híbridos o directamente autoritarios.

Ya digo, unas cuantas notas para impulsar la reflexión y para pensar en el futuro…

Gracias a todos.