Construir y destruir

El patrimonio histórico, el gran olvidado.

15 de febrero 2020

Forma parte de la historia hospitalense el que los alcaldes tengan más aspiraciones que las propias de representar a los vecinos de la segunda ciudad de Cataluña por su demografía. No me puede extrañar, porque esta ciudad tiene tan poco de lo que enorgullecerse y, en algunos casos de tan reciente factura, que los alcaldes buscan forzosamente una compensación política extra que les dé algo de relumbrón. Inauguró las ambiciones el ínclito Matías de España que fue Procurador en las Cortes franquistas y que quería que la ciudad alcanzara pronto los 300.000 habitantes para tener plaza perpétua en la Cámara. Se lo tomó tan a pecho que dejaba construir a quien se lo propusiera con la idea sobrecogedora —no hay constancia de que esa idea la mantuviera con esa única acepción o también con la de separar ambas palabras— de acercarse a Barcelona para competir más abiertamente con el notario —y notorio— Porcioles. Él era marqués e ingeniero, tenía tierras y acciones suficientes de la España Industrial como para considerar la carrera política como un valor más y no como una catapulta, así que quizás fuera algo fascistón pero no necesitaba la feria de las vanidades para brillar. Tras él ha habido cuatro alcaldes y una alcaldesa, los tres últimos llamados socialistas por llamarlos de alguna manera que, por no tener, no tenían ni siquiera otra profesión relevante que sus labores políticas. Así que a ellos sí que les tentaba la feria de las vanidades, en una progresión geométrica que va del caso Pujana, donde lo codiciado era el bienestar personal, hasta el caso Marín, donde lo destacable es codearse con los importantes, pasando por el caso Corbacho donde lo atractivo era demostrar sus capacidades.

Como la ciudad da para lo que da pero hay dinero bastante para tener gente que le de al magín de acuerdo con las ambiciones de cada quien, aquí se inventaron para la alcaldesa Marín, copiando las comparescencias anuales de los alcaldes de Barcelona que puso de moda Maragall, una charla de propuestas con veleidades estratégicas, que apenas tiene propuestas y que, desde luego, no suelen ser nada estratégicas. Un año es el biopol médico, otro la plaza Europa bis en Collblanc y este año, coincidiendo con el centenario de la ignominia que arrebató medio término municipal en beneficio del capitalismo rampante de la época, la reivindicación de la playa.

Es un absurdo, claro, más que una reivindicación simbólica. Que cien años después una alcaldesa de l’Hospitalet pida un trocito de playa junto a la Farola, en medio justo de las infraestructuras portuarias, resulta una ofensa para la inteligencia. Sobre todo porque no se lo cree nadie —no porque no fuera posible—, la principal doña Marín. Con esta ortopédica idea puede haber pretendido una de estas tres cosas, se nos ocurre. 1. Ponerse reivindicativa histórica por lo que fue una ruindad de las autoridades de la época. 2. Ponerse estupenda con las autoridades del Consorcio para mostrar una punta de ingenio, que siempre es bonito. 3. Jugar al despiste porque ya no tenemos idea alguna.

Lo lacerante es que, en cualquiera de los casos, no es creible. A la alcaldesa Marín, la historia de la ignominia le trae sin cuidado. Si hubiera sido ella a quien le hubiera tocado negociar la pérdida de la Marina de l’Hospitalet, viendo lo que ya hemos visto, lo máximo que habría pedido es que la Zona Franca de Barcelona se llamara de Barcelona y l’Hospitalet y que se la invitara como una más cada vez que la Zona Franca tuviera un evento. Eso, exactamente, ha hecho con la Fira de Barcelona, permitiendo que miles de metros cuadrados de territorio hospitalense —y los que se van a añadir—, se use en exclusiva para certamenes feriales, con la importante condición de que la lleven a ella a las inauguraciones. Si, claro, se nos dirá que la Fira supone millones de ingresos para el presupuesto municipal y millones de negocio para las empresas. Millones y millones, a cambio de suelo público imprescindible para el desarrollo de la ciudad más saturada de Europa que va camino de convertirse en la más saturada del mundo. ¿O quizás es que no necesitamos y necesitaremos más parques, más escuelas, más equipamientos diversos “públicos”? La Fira debe generar millones —también alguien nos tendría que explicar cuánto dinero público va a los eventos como el Mobile, por ejemplo— y la alcaldesa afirma que esos millones sirven para mejorar la vida de la gente. No tengo dudas. Esos millones mejoran la vida, sobre todo, de quienes manejan el presupuesto público, los cargos electos y las decenas de muy bien pagados asesores del partido que también son gente (tengo que escribir sobre todo eso). Pero de muy pocos más. De muy pocos hospitalenses más. De unas cuantas empresas de la ciudad, ciertamente. Pero esas empresas de la ciudad que son las que verdaderamente se lucran con los eventos de la Fira, ¿son de los hospitalenses, o son grandes empresas de grupos radicados fundamentalmente en Barcelona y en el resto del mundo?. Y, por otra parte, el dinero público debería servir, por lo menos, para evitar la desaparición del patrimonio, fuera público o privado. ¿Cuántos cines se han convertido en edificios de pisos y se han perdido para la ciudad, por ejemplo? ¿Por qué el ayuntamiento no ha impedido esos derribos comprando los inmuebles, por ejemplo?

Si, por el contrario, de lo que se trataba es de ponerse estupenda con la gente del Consorcio ¿Por qué no pedirles de una puñetera vez la incorporación del ayuntamiento de l’Hospitalet a ese organismo, con todos los atributos del resto de corporaciones que lo forman? ¿Qué pasa, que eso no sería demostrar ingenio, sino genio? ¿Por qué no pedir desde dentro una revisión global del territorio del Consorcio y del Puerto de Barcelona para racionalizar las funciones, los espacios y las compensaciones por las servidumbres que se derivan de una utilización de los recursos y de los beneficios a favor sólo del sector empresarial? ¿A quien da miedo que se conozcan las previsiones de futuro que manejan a medias el Consorcio y el Puerto a espaldas de todos los demás, especialmente municipios y entidades sociales?

Si no se trataba ni de defender la triste historia hospitalense, ni las reivindicaciones de peso y de futuro sobre lo que nos arrebataron —la ignominia, amigos—, entonces es que se trataba de echar mano de un socorrido chascarrillo para compensar la ausencia de ideas. Porque eso si parece real. Más allá de ese binomio incandescente: “construir y destruir” —construir edificios de viviendas y destruir todo lo que no se pueda convertir en edificios de viviendas— que forma parte del ADN del PSC de la ciudad, no parece que hayan nuevas ideas. Casi mejor…

Por Luis Candelas

Morir de hambre

La prensa combativa de los años 80.

15 de enero 2020

No tengo el gusto, pero me han dicho que es joven, colega y con tres istas a cuestas, que son bastantes: activista, feminista e indepe. No sé si yerro. En cualquier caso es lo que me han dicho y estos istas no son para avergonzarse. Habla con la presidenta del chiringuito que me deja escribir y le cuenta lo difícil que es opinar en Hospi y para Hospi, poniendo tu firma al final de los escritos. Le parece que es normal que el Candelas firme como el Candelas porque no se cree que Luis Candelas exista en realidad. Se asome al guguel y verá que hay un abogado famoso en Ronda, una de las cunas del bandolerismo patrio, que se llama exactamente como yo. Lo suyo sí que es pedigrí: llamarse Luis Candelas en Ronda y ser abogado de los imposibles, no como yo, que me llamo Luis Candelas por accidente y vivo sin vivir en mí, en esta ciudad que acoge, porque los nativos se empeñan en abandonarla pies para que os quiero.

Vivo sin vivir en mí, pero ya hace unos lustros. Para noticia de la colega joven y llena de ismos, existió una cosa en el año 82 del siglo pasado que tenía redacción propia en la calle Barcelona de Hospi y que se llamaba El Periódico del Llobregat. Salía cinco días a la semana, primero con bastantes páginas y luego con muy pocas, encartado en El Periódico mayor como consecuencia de la aparición súbita de la edición catalana de El País que consideró que instalar una redacción en Cataluña lo convertiría no solo en el mejor, sino en el más vendido períodico catalán. Los avispados mandamases del Periódico de entonces, que habían crecido de la mano de la información comarcal, con corresponsales en las principales ciudades catalanas, estaban sumidos en el canguelo y consideraron que lo único que podría parar el descenso de ventas previsible, era abrir tres periódicos metropolitanos en la corona barcelonesa. Tres periódicos comarcales dentro de El Periódico de Catalunya, uno de los cuales en una comarca (el Baix Llobregat) y en una ciudad (Hospi) que se habían distinguido entre los años 1971 y 1981 por mantener una información exhaustiva, crítica, regular, atrevida y encajada en el pálpito social, como no existía ni se había visto en el resto del país.

El País no consiguió los índices esperados y El Periódico mantuvo e incrementó ventas gracias a que, en la corona barcelonesa, especialmente en el Baix Llobregat y l’Hospitalet, la genta compraba El Periódico porque dentro estaba la información que le interesaba: la que ofrecía el casi diario que hacían en la calle Barcelona, cuatro pelagatos entusiastas y unos cuantos opinadores voluntaristas. No voy a explicar los misterios de aquel milagro. Solo diré que una de las columnistas era Berta Padró, alter ego de mi buen amigo Ignasi Riera, hoy más madrileño que yo mismo. Como que Riera tenía el vértigo de la política entre sus grasillas, la señora Padró dejó libre su columna y la directora de entones, la querida Maria Soldevila (y el querido Jaume Gras), contactó con el amigo Candelas que se dedicó a hacer una columna diaria todos los días del año incluidas vacaciones y días de guardar hasta que los sabios de El Periódico le dieron puerta al proyecto, consolidada ya la edición global.

Por aquellos días le hicieron al Candelas una entrevista en la radio porque el tipo no se dejaba ver. Y dijo la verdad: que era un pájaro con una sola pluma y muchas cabezas. Específicamente porque solo escribía uno, pero era la redacción en pleno la que sugería el tema del artículo diario. El Candelas fue el sucesor de la señora Padró que instaló el seudónimo. Y desde entonces, el Candelas ha escrito en El Llobregat que editó Disprensa, en el Nou Llobregat que editó Edicions Comarcals, SL, alguna cosa en la edición del Ciero que se hizo también por aquí y ya no recuerdo si en más sitios, hasta aterrizar en La Estrella. ¿Un millar de artículos? Podría ser. 

O sea que el Candelas reconoce que opinar en Hospi (y en el conjunto de la comarca) siempre ha sido difícil, pero no fue esto exactamente lo que le llevó a escribir con su nombre. Fue una risa, no fue un miedo. De hecho, hay unos cuantos colegas del Candelas que llevan firmando hace años con su nombre y apellidos y por eso sé que lo que intuye la colega es cierto del todo. En Hospi, en el Baix Llobregat, en el resto de Catalunya, probablemente en el conjunto del país, es muy difícil opinar con libertad y no sufrir las consecuencias. La diferencia con este pequeño territorio nuestro (comarca y ciudad) es que aqui el poder es un monopolio y la oposición también y si estás con ellos comes, pero si estás frente a ellos (no hace falta estar contra ellos) te matan de hambre. 

Así que, colega, joven y cargada de ismos, haces bien en ser discreta y lista, porque de los prudentes será el reino de los cielos. Algunos ya no estamos a tiempo porque renunciamos a la prudencia cuando todavía existían los sueños.

Por cierto, aquí no hay diferencias entre los poderes y las oposiciones. Para los opinadores libres todos se sienten adversarios. Y con honrosísimas excepciones, todos matan de hambre.

Por Luis Candelas

La ciudad saturada y sin historia

Can Trinxet: lo que pudo haber sido y se ha perdido.

15 de octubre 2019

En contra de lo que algunos han afirmado, la preocupación por la preservación del patrimonio histórico de l’Hospitalet no surgió a raíz de los desvelos por los últimos vestigios del Canal de la Infanta que quedaban y que se redescubrieron tras la cesión del cuartel de la Remonta a la ciudad. En realidad, las primeras inquietudes por recuperar y proteger el patrimonio histórico se produjeron muy tempranamente, justo cuando el primer ayuntamiento democrático, en torno a 1980, se planteó un catálago de edificios históricos que debían preservarse del desprecio en que había caído la historia de la ciudad. No existía entonces ni siquiera el Centre d’Estudis de l’Hospitalet que luego ha hecho una encomiable tarea de recuperación de la memoria a todos los niveles. Aquel primer toque de atención surgió del interés histórico de un conocido escritor de la ciudad, Joan Casas, ejerciente entonces de investigador documental, que supo sensibilizar a una parte del consistorio e involucrar en la reflexión a un conocido arquitecto entonces residente en la ciudad, Ferràn Navarro, y al periodista Jesús Vila, quienes se pusieron manos a la obra para redactar un compilatorio de alegaciones al pre-proyecto de Plan Especial de Protección y Conservación del Patrimonio Histórico de l’Hospitalet, que se estaba preparando, y del que más tarde surgiría, en 1983, un proyecto previo de Plan Especial de Protección del Patrimonio Arquitectónico, aprobado definitivamente por el Ayuntamiento pleno en 1987.

El Plan del 87, que no deja de ser un estudio voluntarioso de protección radical del patrimonio conservado en la ciudad hasta aquella fecha después de años de destrucción y de olvido, fue reelaborado en 1997 a través de un trabajo más técnico encabezado por un equipo de arquitectos y de historiadores que tenía la ventaja del rigor académico pero la desventaja evidente de su distancia con respecto a la ciudad.

Aquel PEPPA del 97 se aprobaba ya en el marco de un consistorio renovado, con un nuevo alcalde, Celestino Corbacho, que estaba predispuesto a innovar en el ámbito urbanístico, pero todavía algo alejado de sus ensoñaciones estratégicas de ciudad. Estaba todavía en puertas de pretender diseñar una nueva ciudad allí donde se podía —es decir, donde había espacio libre— olvidándose de la ciudad saturada y llena de conflictos y necesidades que heredaba. Estaba en el origen, la ciudad de dos velocidades que luego se ha consolidado con el desarrollo de la plaza Europa y adyacentes —pero no solo—, junto a la ciudad sobresaturada del norte, cada vez más vacía de los obreros de los 60 y más llena de los inmigrantes de los 90.

Aquel PEPPA del 97 que todavía conservaba una buena parte del espíritu reivindicativo del Plan de 1987, sería releído en el 2001 ya con los instrumentos del corbachismo urbano en plena vorágine. O sea, de las primeras cosas que diseñó Corbacho, la Agència de Desenvolupament Urbà (ADU), fue sin duda el motor del cambio, el surrealista instrumento de la revolución urbana, dispuesto a arramblar con todo aquello que estorbara para el diseño de la ciudad de relumbrón con la que Corbacho soñaba.

A la sazón, el PEPPA del 2001, lo dirige ya Antoni Nogués, el abogado urbanista que llenó l’Hospitalet de miles de nuevas viviendas, al frente del equipo técnico del ADU, que sigue ocupando y saturando todos los espacios libres que quedan en la ciudad. Ese mismo ADU que ha diseñado los miles de pisos que habrá en el antiguo solar de la Cosme Toda, en los miles de metros cuadrados que se han liberado para la edificación de edificios en la Avenida Carrilet, en los miles de metros cuadrados que se han proyectado para la construcción de bloques en la Rambla Marina, en los miles de metros cuadrados que ya se han ocupado en los antiguos terrenos libres del cuartel de la Remonta, el que ha dado permiso para construir a escasos metros de la vía del tren en la Avenida Josep Tarradellas, el que dio permisos para saturar la zona de Can Trinxet a lado y lado de la carretera de Santa Eulalia, es el mismo ADU que en el 2001 reelaboró el PEPPA y es el mismo ADU que está preparando el terreno para el nuevo PEPPA de la ciudad saturada y sin historia del siglo XXI.

Ya en el 2001, el PEPPA de Nogués, explicaba que había que ser realistas. Que los PEPPAS anteriores eran unos proyectos bienintencionados pero totalmente sobrepasados y caducos, porque de las 149 unidades de protección que fijaba —es decir de los 149 conjuntos catalogados a proteger— 100 se habían ido suspendiendo total o parcialmente desde 1987 y sólo quedaban vigentes 49. Es decir, si ya la historia hasta 1979 había sido bien triste en la ciudad porque sólo se habían previsto proteger 149 conjuntos de los miles de edificios levantados, desde que hay consistorios democráticos en la ciudad no solo no se ha avanzado en protección sino que se ha retrocedido considerablemente: hay muchos más edificios y mucho menos catálogo a preservar para el futuro.

Desde el 2001, aquellos 149 conjuntos se convirtieron en 111 que son los que existen ahora, de modo que desde 1987 se han perdido 38, casi tres objetos de protección por año. Si a ello se le añade la desidia —lo que queda de Can Trinxet, por ejemplo, da pena—, el desinterés por preservar —han sido los vecinos quienes más se han interesado por el Castell de Bellvís— y la falta de respeto por la historia —si el patrimonio molesta, simplemente se elimina— tenemos un panorama más bien desolador. Nada, sin embargo, que no conozcamos bien con esta ralea.

A la sazón, todavía duele recordar lo que costó negociar con los propietarios de Can Preciós para comprarles la masía cuyos antepasados tuvieron el pésimo olfato de construir justo donde décadas después los sabios urbanistas de la ciudad dibujaron la prolongación de la Rambla Marina para encontrar a la de Just Oliveres. Se compró la masía, una de las escasas que se mantenían todavía en pie y en buen estado en la zona de Marina —cuajada todavía a principios del siglo XX de múltiples ejemplos— y simplemente se arrasó para hacer un paseo. El desprecio de la historia sobre el diseño urbano. El desprecio de la historia para quienes jamás serán historia.

Y ojito al PEPPA siguiente…

Por Luis Candelas

¿Pero hay pisos vacíos en Hospi?

Doña Elsa y doña Núria, de acuerdo en todo.

15 de septiembre 2019

Hace ahora casi un año que la alcaldesa Marín y la que entonces era Consellera de Presidència de la Generalitat, Elsa Artadi, se reunían en l’Hospitalet para firmar un convenio por el cual el Ayuntamiento se encargaba de detectar e inventariar los pisos vacíos de la ciudad para que definitivamente en l’Hospitalet dejará de haber “casas sin gente y gente sin casa”. La propia alcaldesa reconocía por esas fechas que había en la ciudad un millar de casas vacías y más de 300 familias pendientes de una vivienda con alquiler social y que era urgente, lo más urgente, poner coto a esta injusticia. Cuando escribo estas líneas, hace 46 días que una mujer y su hijo de seis años viven y duermen en una tienda de campaña a las puertas del ayuntamiento, sin que la alcaldesa Marín y su flamante equipo de bien pagados concejales hayan resuelto el problema.

Ingrid y su hijo fueron desahuciados el 31 de julio porque la propietaria del inmueble donde encontró refugio, Kutxabank, se negó a facilitarle un alquiler social en un piso que llevaba vacío hasta que Ingrid y la PAH lo ocuparon tras otro desahucio por impago de alquiler. Ingrid se quedó sin empleo tras una subida de alquiler unilateral y no tuvo alternativa hasta que la PAH le consiguió un techo que ahora nuevamente la justicia le ha negado. Las leyes están para que se cumplan. Exactamente para que las cumplan algunos y las puedan incumplir otros, porque la Ley 24/2015 que nació tras los escándalos de la crisis, dice en uno de sus artículos que “las administraciones públicas tienen que garantizar en cualquier caso el realojo adecuado de las personas y unidades familiares en situación de riesgo de exclusión residencial que estén en proceso de ser desahuciadas de su vivienda habitual, para poder hacer efectivo el desahucio”. A la vez que impide que se abandone en la vía pública a cualquier familia con menores a cargo.

La verdad es que Ingrid está en la calle con un hijo de seis años y el Ayuntamiento, que ve el problema cada día, es incapaz de resolverlo. El teniente de alcalde de Espacio Público, Vivienda, Urbanismo y Sostenibilidad, Cristian Alcázar, de “la familia que nos gobierna” como pudimos leer este verano en estas mismas páginas y que tiene un sueldo de más de 70.000 euros brutos (por encima del salario de los ministros) sin contar dietas y suplementos por asistencia a reuniones y a plenos, afirmó que para el Consistorio la solución es imposible porque solo hay 326 pisos de alquiler social, todos llenos, y hay más de 300 familias en espera.

¿Y el acuerdo de hace un año para detectar pisos vacíos en manos de la banca?. ¿Y esos 1.000 pisos vacíos ya reconocidos y detectados sobre los que resultaría imprescindible un papel activo de mediación municipal para conseguir alquileres pagables?. ¿Y las multas que la propia ley prevé para las entidades que sustraen esos centenares de pisos al mercado libre de alquileres? ¿Y el compromiso municipal de 2016 de perseguir a esas entidades bancarias en la ciudad —“con contundencia”, dijo la señora Marín entonces— y obligarlas a la cesión forzosa y por tres años de los inmuebles vacíos de aquellas entidades que se cierren en banda a entregarlos, como prevé la ley de emergencia habitacional?

Para Alcázar, demostrar que un piso está vacío, no es tan fácil, como él mismo declaró a la prensa no hace mucho. Quizás que mire el piso donde vivía Ingrid, tapiado tras echarla a la calle el 31 de julio. Ese debe de estar bien vacío. Puede que eso de descubrir pisos vacíos sea un trabajo excepcional que es incapaz de detectar alguien que cobra más de 1.000 euros netos a la semana. Con menos de 40 años y toda la vida laboral vinculada al PSC (menos dos años de cajero en Carrefour, parece) al amigo Cristian le tiene que costar ponerse en la piel de un ciudadano que apenas puede pagar 300 euros al mes para vivir bajo techo.

Hace unos días, Ingrid y 30 activistas de la PAH, intentaron —sin éxito— entrar en el Ayuntamiento para reclamar una solución. La guardia urbana lo impidió, claro. A lo mejor, si en lugar de ser treinta fueran trescientos, o tres mil, el amigo Alcázar y la insigne Marín afinarían la vista y verían más pisos sin gente y más, a la gente sin piso.

Por Luis Candelas

El escándalo de los sueldos municipales: el tema recurrente

 Qué razón tiene Forges.

15 de julio 2019

Vamos a empezar con el tema recurrente, como dijo Belver en el primer pleno de la temporada en el ayuntamiento de l’Hospitalet. El tema recurrente de cada comienzo de mandato es el que da de comer durante cuatro años seguidos, es el que eleva el nivel económico para esa etapa de la vida del elegido, es el que fomenta que no se acaben los aspirantes a concejal, especialmente si tienen la agudeza de vincularse al partido socialista y es el que permite fundir dos placeres existenciales: tener una miaja de poder y vivir a cuerpo de rey. El tema recurrente es, claro, el de los sueldos de los electos que se convierte por tradición en el primerísimo aspecto que tratan las corporaciones locales después de la toma de posesión del cargo.

Y no es un tema baladí porque se trata de autoadjudicarse lo que se va a cobrar cada mes, más allá de cualquier análisis de rendimientos o de beneficios. Los electos no necesitan madrugar, ni jefes, ni sindicatos, ni controles de entradas y salidas y no han de aguantar, en general, ninguna bronca en el desempeño de sus funciones, ninguna mala mirada por si se entretienen más de la cuenta en sus tareas, cuando las tienen, ningún expediente por llegar algo tarde, ninguna evaluación sobre el resultado de sus gestiones. No han de pasar un solo examen, una sola oposición, ninguna entrevista con un contratador. Nadie va a evaluar objetivamente si están preparados para el desempeño de su cargo. Nadie va a considerar si tienen capacidad de trabajo, voluntad de servicio, don de gentes, condiciones para la labor en equipo, inteligencia emocional, empatía suficiente. Nadie va a pretender que tengan los estudios imprescindibles, un currículo más o menos brillante, el espíritu de sacrificio que comporta prepararse intelectualmente, la capacidad de esforzarse para desarrollar mejor sus objetivos.

Y, sin necesidad alguna de demostrar nada de lo anterior, autodeciden tener un salario más elevado que un auxiliar administrativo, que un periodista, que un investigador de laboratorio, que un fisioterapeuta, que un farmacéutico, que un psicólogo, que un médico especialista o que un neurocirujano con experiencia, como ejemplos, y por este mismo orden.

Debería entender el primer teniente de alcalde y portavoz del gobierno socialista por qué este suele ser un tema recurrente. Porque este acto tan sencillo de autofijarse salarios a cuenta del erario público puede asimilarse a una lotería. Una lotería que toca por el simple hecho de estar en unas listas, sin arriesgar absolutamente nada y sin tener que abonar a Hacienda casi la mitad de lo que te cae en suerte.

Es un tema recurrente porque es una estafa social, así, sin subterfugios. Otra más. Una estafa que exige una regulación por ley que tenga en cuenta valores objetivos de remuneración como los que existen en todos los capítulos de la administración pública y para que no se convierta en el mismo escándalo de todas las primaveras cada cuatro años.

Precisamente porque el salario mínimo interprofesional no está a los niveles que debieran garantizar la dignidad de los ingresos, y porque si han luchado por ello en algún momento de sus vidas ha sido en vano —palabras que empleó Belver para justificar por qué cobran tantísimo—, es por lo que supone un escándalo sublime que se adjudiquen los sueldos que se adjudican sin que nadie valore sus méritos.

Y ahora, atención a los datos: para la alcaldesa 5.700 euros brutos cada mes por 14 pagas, dietas y dietas y dietas aparte. Para los tenientes de alcalde, —nueve al menos—, 5.350 euros brutos al mes por 14 pagas, dietas y dietas y dietas aparte. Para el resto de concejales del gobierno, adjuntos o con delegación especial, otros nueve al menos, 5.000 euros brutos al mes por 14 pagas, dietas y dietas y dietas aparte. Lo mismo que los portavoces de los otros grupos, cuatro al menos. (Y se desconoce si dietas y dietas y dietas aparte). El resto de concejales de la oposición, con dedicación parcial (20 horas semanales para hacer no se sabe qué), 2500 euros brutos al mes por 14 pagas.

La lotería no termina aquí. Aparte de esos emolumentos oficiales fijos, cada concejal, por el hecho de asistir al pleno, una vez al mes —para muchos la principal dedicación municipal: asistir y asentir o asistir y disentir— 1.625 euros por sesión y los grupos municipales (cinco en total) por el hecho de serlo, 12.000 euros anuales de libre disposición y 12.940 euros cada uno de ellos por el número de concejales que tengan.

Un dineral sin control, a todas luces escandaloso, que produce sonrojo si los comparamos con los precios medios del mercado: el salario medio de un investigador en España son 1.350 euros brutos al mes. El de un médico especialista, 4.070. El de un neurocirujano, 5.350. El de un fisioterapeuta, 1.785, el de un auxiliar administrativo, 621. El 30% de los periodistas cobran entre 15 y 25.000 euros brutos al año y el 23% menos de 15.000. Para facilitar que retornen algunos de nuestros mejores cerebros investigadores en el extranjero se ha propuesto un salario medio de 3.785 euros brutos al año por 14 pagas.

¿Estamos frente al escandaloso tema recurrente de cada cuatro años, si o no? Pero les siguen votando…

Por Luis Candelas

Políticos contra la contaminación: no hay quien se los crea

15 de junio 2019

No deja de ser paradójico que, como señala nuestro compañero Daniel Pueyo en la crónica de este mismo digital sobre el despertar hospitalense, al mismo tiempo que 400 ciudadanos conscientes se manifestaban en la ciudad contra la política de saturación urbana que defiende el equipo de gobierno, la alcaldesa, en tanto que presidenta de la Diputación, participaba dando consejos medio ambientales en la cumbre de gobiernos locales y regionales de Durban.

Cualquiera que no fuera la alcaldesa se sonrojaría por el atrevimiento porque no es presentable, por incoherente, defender como una hazaña climática la propuesta de un sistema de alquiler de vehículos eléctricos en l’Hospitalet, a la vez que se alienta en su ciudad la construcción de miles de nuevos pisos en espacios libres u ocupados por antiguas naves industriales sin prever un solo palmo más de espacios verdes o de reserva de suelo para los futuros equipamientos.

Golpea sobre tamaña iniquidad, además, la inconsecuente política de la reciente tala de árboles en las calles o la propuesta de rebajar en 2.000 metros cuadrados uno de los escasos parques urbanos de la ciudad, en este caso el de la Alhambra en Santa Eulalia, porque no cabe el polideportivo previsto en otro lugar del barrio.

Parece que en las ciudades del área metropolitana de Barcelona lo que ahora cuenta es reducir la contaminación sobre la base de eliminar vehículos de combustión para cambiarlos por eléctricos en lugar de ir al origen del problema: la depredación absoluta del espacio público para construir, como si la única solución fuera reducir la movilidad contaminante en lugar de esponjar el territorio para que sea la propia vegetación, los árboles, la que purifique el ambiente.

Hasta ahora, los escasos parques urbanos se han conseguido mediante políticas de compensación recalificatoria o por catalogación histórica y apenas existe experiencia de inversión urbana en este ámbito, que supondría destinar una parte del presupuesto público a la adquisición de espacio libre para esponjar el territorio y favorecer la zona verde ciudadana. Esta es una cuestión que ni siquiera se plantea. Antes al contrario, espacios libres preservados históricamente por su utilización como servicios estatales, como el Parc de la Remonta por ejemplo, se han reconvertido en espacios de masiva nueva construcción con la excusa de incrementar mínimamente el parque de vivienda protegida, antes que mantenerlos como zonas verdes en lo que supondría una apuesta de futuro para la ciudad. Es decir, se vuelve a hipotecar el futuro del municipio más hipotecado del área metropolitana, con la exclusiva intención de conseguir nuevos recursos para engrosar un presupuesto que, por ejemplo, se gasta en sueldos y asesores una barbaridad.

Muy al contrario, los mensajes para evitar la contaminación se dirigen a los aspectos más coyunturales: acuerdos con empresas para mejorar la movilidad eléctrica, para instalar servicios de bicicletas, para hacer carriles bus, etc. Hace ya un cierto tiempo, el AMB impulsó una política de fomento de la utilización de bicicletas privadas con el incremento de los carriles bici y los depósitos de parkings de alquiler. Durante años vimos como todas las ciudades del área se llenaban de esos depósitos de bicicletas en calles y plazas que en la mayoría de ocasiones permanecían vacíos durante días, semanas y meses, sin que nadie se preguntara a qué tipo de demanda correspondían, puesto que jamás fueron solicitados por ningún colectivo de usuarios. Es más, lo habitual era que el usuario de bicicleta se llevara la bicicleta a casa y la instalara, como lo más normal del mundo, donde podía, en los balcones, incluso.

Pues bien, era evidente que la demanda correspondía a un interés muy concreto: el del fabricante de depósitos de bicicletas que se debió poner de acuerdo con el político de turno para favorecer una medida que incluso podía venderse como progresista y de futuro. Y así se hizo. Por la profusión de depósitos en muy poco tiempo, alguien debió de ganar mucho dinero con todo ello, claro está…

No hay duda de que esas medidas son interesantes. Algunas, probablemente necesarias. Lo extraño es que políticos que desprecian el aspecto clave, como es la preservación del territorio, nos hagan creer, a lo simple, que sus medidas coyunturales tienen el único objetivo que nos venden: contribuir al bien común y al descenso de la contaminación.

Por Luis Candelas

De listas e indigestiones

15 de mayo 2019

Me falta Corbacho. Me falta Corbacho en esa lista de ex concejales que le dan apoyo a la alcaldesa Marín y que abren con un manifiesto que se equivoca de fechas porque los ayuntamientos democráticos llegaron el 3 de abril y no el 3 de marzo.

Yo no soy de redes sociales como saben quienes me conocen. Sobre todo porque no sé como funcionan y no hay nadie que me quiera enseñar con pasión, que es el único requisito que necesito para aprender. Pero me han enviado una nota diciendo que los socialistas andan buscando firmas de exconcejales para apoyar a la Marín. (Para que querrá más apoyos la señora alcaldesa cuando calcula por lo bajini una docena de concejales en esta ocasión). Firmas, además, de exconcejales de todos los colores que es lo que viste. Y sí, hay exconcejales de todos los colores que se resumen en uno: el coloraete del posibilismo que es un color que se lleva muy bien porque impide sonrojarse con el chaqueteo. Los hay de aquel psuc despistado de cuando Franco se moría, los hay de iniciativa y hasta de convergencia, para que no sea dicho. Todos acabaron muy mal, en el olvido absoluto, pero sobre todo demuestra que los que estaban muy mal eran los partidos que los pusieron en las listas. La gente tiene derecho a evolucionar. Pero hay algunos que evolucionan en la dirección de los favores, los sueldos y un pelín de poder. Nunca fueron nada y ellos lo saben. Por eso, aparecer en la lista resulta de hecho un aviso para navegantes. Si esos de la lista son los que apoyan, vamos bien. Dime como eres y te diré a quien vas a apoyar…

Ya me lo dicen algunos. Candelas, tu siempre haciendo amigos… Yerran. Uno hace amigos porque le satisface la amistad que le brindan. Hay que reconocerse en el otro. El Candelas no se reconoce en el oportunismo. O sea, no es que yo lo tenga mal para ser amigo de alguno. Es que hay algunos que nunca serán amigos míos porque no me da la gana. Conocidos, saludados y referidos puede que si, pero la amistad es una cosa muy peculiar, bastante más potente que el ji, ji, ja, ja.

Y otrosí. No estuve, pero los chicos de FIC (también las chicas) me han dicho que el acto del miércoles en la sede del CELH, fue más que bien. Me alegro por ellos, que son optimistas y cualquier cosa les parece un jolgorio. Estuvo el director de los medios públicos de comunicación, al que no tengo el gusto, y otros dos colegas del mismo aparato. Estaban algo dolidos y los chicos del FIC me hacen responsable porque un día hablé de periodistas funcionarios y se sintieron aludidos, dolidos y ofendidos. Coño, me quieren echar… O me retracto, o se me acaba la colaboración (es broma). Pues me retracto.

El caso es que parece que hubo al final del acto un simulacro de enfrentamiento porque alguien preguntó si la línea editorial de los medios la pone el director o le viene soplada desde las alturas. La duda estaba porque unos cuantos de los presentes afirmaron que el material de algunas informaciones del Diario de l’Hospitalet se hacía desde los despachos de alcaldía. Me comentan que el director dijo muy seriecito que estaba mal poner en duda su responsabilidad. O sea que él es el responsable de todo, incluso de permitir que la alcaldía meta baza en la información ciudadana. Ah, no!. Luego otro aclaró que no, que en el Diario mete baza la que manda porque es la que manda y el Diario es suyo. El director marca la línea editorial en todo lo demás. O sea, el digital, modestito él, la radio, que no existe, y la televisión, que apenas tiene recursos. Con el Diario de l’Hospitalet —dicen los que estaban— que se comentó que hay 33 personas en nómina. Una mediana empresa, vaya, que trabaja sobre seguro porque jamás tendrá pérdidas. Se mueve con nuestro capital, pero no tenemos derecho a ni siquiera interrogarnos sobre si la productividad es la que corresponde o quien marca la línea editorial. Esa que reunió tantas quejas en el acto de FIC y que asumió, inocentemente, el jefe de la cosa.

¿Periodistas funcionarios? Quiá! A veces no lo cubren todo no porque no quieran, sino porque hay que cumplir el horario laboral. Les obliga la ley o los convenios, o lo que sea. Porque esta ciudad es muy grande: la más densa de Europa no lo olvidemos, y pasan muchas cosas. Y solo hay uno que decide qué es lo más importante. Y hay muchas cosas que parecen importantes pero no lo son y nadie tiene la culpa que quienes deciden qué es importante y qué no lo es, compartan ese mismo criterio con la alcaldesa y con los que mandan. Ejemplos a cientos…

Candelas, recapacita, me insisten los chicos (y las chicas) de FIC: “perro no come carne de perro”. Pues eso, que tomen nota. Nuestra carne es más indigesta porque algunos somos viejos y lo único que reclamamos es un poco de respeto.

Así que vamos a respetarnos. Que sea mutuo, si. La primera obligación del periodista es la neutralidad informativa. No se puede contentar a todo el mundo, claro, pero no se puede cabrear por sistema siempre a los mismos.

Por Luis Candelas

Con un par… calma chicha hasta 2023

15 de abril 2019

Todavía faltan días, pero todo apunta a que el socialismo rampante —el socialismo que rampea, que repta, que se esfuerza por trepar— volverá a ganar en esta ciudad a falta de un cartel electoral entusiasmante en el que muchísimos se empeñan en participar pero donde poquísimos se creen que pueden ganar.

Entre los poquísimos, la alcaldesa Marín, que sabe que no tiene sombras alrededor que le puedan tapar los brillos del poder. Por lo que me dicen los colegas, se van a presentar hasta 17 candidaturas. Más de 500 aspirantes para 27 puestos de trabajo. Unos, excelentemente remunerados. Los demás, remunerados a secas. Son, como unas oposiciones con un tribunal numerosísimo pero muy poco exigente que es el votante, y unas plazas para los que se exige un conocimiento más bien exiguo de lo que ha sido, es y debiera ser la ciudad. Lo más importante para tener éxito es que te conozcan, que tu nombre suene, aunque sea en los reducidos círculos de tu vecindario porque no importa nada lo que has hecho en la ciudad, por la ciudad y por tus convecinos.

Entre las 17 candidaturas hay de todo como en botica: extrema derecha, derechita cobarde, derecha liberal, derecha nacionalista, derechita socialista, izquierda socialdemócrata, izquierdosos, izquierdosos nacionalistas, izquierdosos independentistas y despistados. A lo sumo, cabrán 4 o 5 candidaturas y ya serán demasiadas, todas aquellas que deje libres la señora Marín y sus amigos.

La señora Marín y sus amigos prevén sacar una docena de concejales de 27, por lo bajo, de modo que, como la lista es cremallera, las seis señoras y los seis señores con los que se cuenta, han tenido que utilizar los codos para hacerse sitio según me explican mis despendoladas enemigas socialdemócratas. Ellas no se quejan demasiado, y se entiende, pero hubo unos cuantos rebotados que se dejaron oir y que influyeron para que uno de cada tres militantes con derecho a roce se abstuviera de apoyar, en la votación final, la lista definitiva.

Las seguras, además de la alcaldesa, van a ser unas cuantas jóvenes de la JSC, cuyos máximos méritos han sido la brega militante y caer bien al aparato y otro par de promesas a las que se quiere rodar un poco. Los seguros, son reconocidos por su fiabilidad: buena relación con la alcaldesa (alguno, muy muy buena de sus años estudiantiles) y lazos de amistad e incluso familiares, porque el segundo y el cuarto son suegro y yerno y al candidato Graells y al candidato Castro no hay quien los remueva porque no se dejan. El resto de la lista es un relleno trufado de confianzas y servicios mútuos. Hasta el rey Baltasar de las cabalgatas oficiales se empotró en la candidatura. Que les vaya bien, que si a ellos les va bien no se fijan en los pobres.

Y tiene que ir bien en el Consistorio porque incluso los que no ostentan poder quieren repetir y si no que se lo digan a Juan Carlos del Río, a Pedro Alonso y a Sonia Esplugas, los tres antiguos militantes peperos que ahora encabezan cada uno de ellos una lista diferente. Pero hay más. Los convergentes de siempre —reconocibles porque Meritxell Borràs cierra su lista— se han reproducido como mosquitos. Ahora hay tres listas convergentes: los de Junts, los de Primàries y unos que se presentan desvergonzadamente como Convergents a secas. Pero también se han desdoblado los de la CUP. La CUP de antes, con Cristian Jiménez dentro, y la CUP de ahora que se ha llevado las siglas. Y para que haya de todo no podía faltar Vox ni dos candidaturas repletitas de nombres propios compuestos que indican que sus componentes son recién llegados, o quizás no tanto, que han perdido todos los complejos —ya era hora— y están decididos no solo a que no les gobiernen los de siempre sino a poder gobernarles ellos /ellas, que para algo son ciudadanos como los demás.

Y hablando de Ciudadanos, Miguel García se presenta. Quiso que en su lugar estuviera Corbacho pero Corbacho vuela ya demasiado alto y l’Hospitalet le viene pequeño. Su lugar está en el Parnaso donde conviven presidentes y gentes de gran nivel, como Trump, por ejemplo. Si no fuera porque su partido ha transitado desde el españolismo socialdemócrata al derechismo epidemiológico, García sería una voz a escuchar. Hasta nos podríamos creer que en verdad tiene ideas renovadoras.

Me dejo para el final dos de las candidaturas con posibles. Me refiero a los podemos, a los colaos, a los comunes, parecidos a los comunistas de antaño pero que disimulan hasta con el nombre. Parece que también se pelearon con las listas y los iniciativos se rebotaron un algo, pero como son pocos no se quieren hacer daño, que luego todo es sangre y crujir de dientes. Y los republicanos, con otro García repetidor, exverde, exizquierdaunida, siempre pululando en esa marginalidad  hospitalense que no lo es tal en cualquier otro sitio. Hasta quince concejales para dieciséis aspirantes si las encuestas no mienten, de los cuales hará falta un par para que la señora gobierne sin preocupaciones.

Con un par… mayoría absoluta, como pasó en la pasada. Y en 2023 hará 44 años que gobiernan los mismos. Hasta que haya alguien que tenga las agallas de creerse que se les puede ganar y se ponga a ello desde este mismo mayo.

Por Luis Candelas

Taparse la nariz

15 de marzo 2019

Decididamente estoy fuera del tiempo y lo noto porque cada vez me siento más cerca de mi juventud y tendría que ser al revés. No quiero decir que me sienta más joven. No, ya me gustaría. Lo que ocurre es que observo estupefacto, por ejemplo,  que los franquistas tienen el mismo desparpajo que tenían cuando el dictador vivía y aquel general sanguinario murió hace ya más de 40 años, o sea, que parece que volvemos a tiempos pretéritos aunque solo sea porque desde la Transición se acogotaron, solo protagonizaban escaramuzas incendiarias y andaban por las esquinas con la mirada huidiza y el culo apretado. Parecía que le tenían miedo a perder el apellido de una cosa que se llamaba simplemente democracia y que ellos habían bautizado como orgánica para hacerla más suya y más original. Una democracia, aquella del general, sin partidos, sin derechos fundamentales, sin horizontes, sin leyes universales, sin separación de poderes, sin vergüenza. La insólita democracia de una dictadura impasible, asfixiante, cruel y exclusiva, pensada para someter a la población en general y a los trabajadores particularmente y para instalar a la ciudadanía en una minoría de edad permanente y tutelada por quienes tenían la fuerza y habían arrumbado con la razón a base de tiros y violencia.

Esa gente que lo había sido todo cuando los demás no éramos nada, se sintieron huérfanos de pronto e intentaron pasar lo más desapercibidos posible. Sus herederos, que habían comprendido que el mundo buscaba otras convivencias, los preservaron como pudieron y los dejaron pudrirse en el anonimato que es una forma de diluirse sin dolor. Pero el franquismo no desapareció. Estaba en la conciencia de muchos que se acomodaron a los nuevos bríos y que eran conscientes de que había que cambiar de métodos para buscar parecidos fines, puesto que la imagen del fascismo estaba desacreditada por su zafiedad y su bravuconería.

Tanto fue así, que la Falange y el Movimiento del 18 de julio que se presentaron como partidos a las elecciones democráticas de entonces, recogieron la miseria decrépita de los cuatro nostálgicos que quedaban en activo. Ahora nos dicen que Vox, que es la nueva semilla de aquel fascismo decadente, va a ser el partido sorpresa, después de que en apenas 4 meses haya pasado de la nada a la oportunidad de ser algo.

Sin duda que vivimos tiempos de zozobra. Y no porque el mundo esté peor ahora que en 1980, sino porque tiene menos esperanza, porque estamos todos mucho más confundidos, porque no nos gusta en que nos han convertido y porque no precisamos cuál es el enemigo principal. Nuestra realidad más inmediata ha sido bobaliconamente invadida por una realidad virtual que tiene poco o nada que ver con la vida diaria. La vida diaria son los problemas del empleo precario, de los salarios indecentes, del empeoramiento de la calidad asistencial en sanidad, en servicios sociales, en atenciones al consumo, de la corrupción institucional, del descrédito de la enseñanza, del descuido en la separación de poderes, de los abusos sobre la vivienda y el urbanismo, de la contaminación. Pero en cambio, nos entretienen con la quimera de un nuevo Estado, pero no por la vía del diseño revolucionario que nos mejoraría a nosotros y a nuestros derechos y deberes, sino mediante el tormento de los lazos amarillos, de la existencia de presos políticos y exiliados, de un pueblo sometido a otro pueblo dominador que utiliza la justicia, los recursos y el poder para arrojarnos al Averno.

Lo que está hecho de emociones, amenaza con invadirlo todo, mientras que lo que debiera estar hecho de razones brilla por su ausencia.

A todo esto, se acaban de publicar en el BOE las candidaturas por Barcelona al Congreso y al Senado: son 18 en total para la Cámara baja y 17 para la alta, que es un decir, lo que pone de manifiesto hasta donde llega la confusión, vestida de pluralidad. O lo que es lo mismo, un total de 576 candidatos para 32 escaños que elegimos en la provincia, de los cuales a 8 los podríamos situar en el espectro de la izquierda, a 6 en el de la derecha y a 4 en posiciones ideológicas indeterminadas. O sea que todo el mundo está fatal, porque de 18 candidaturas, tan solo cinco o seis tienen posibilidades de conseguir representación. Y de ellas más o menos al 50% las izquierdas (PSC, los comunes y ERC) y las derechas (JuntsxCat, Ciudadanos y quizás el PP).

Por eso siguen insistiendo en que hasta el último día no se sabrá el resultado. Bueno, es verdad, eso pasa siempre. Las encuestas no son más que instantáneas que recogen el lado bueno de las figuras según quien las diseña, pero es verdad que el ambiente apunta a que ganará el PSOE, que crecerá Ciudadanos y Vox —quizás menos de lo que esperan— y que perderán representación el PP y Unidas Podemos. Explican que hay todavía cuatro millones de electores que quieren votar pero que no saben a quien, y esos cuatro millones, si no es que se los han inventado —¿quien ha ido a registrarse para explicar que decidirá su voto en el último momento?— pueden remover algo el tablero e incluso dar alguna sorpresa como pasó en Andalucía. Otro síntoma de la confusión. Nunca hubo tantas dudas.

Pero las dudas, contra lo que sería lógico, no solo están en el terreno de los votantes. Hay las mismas dudas, las mismas imprecisiones, parecidas ambigüedades en el bando de quienes se presentan. Probablemente los equívocos entre los candidatos generan el desconcierto entre los que hemos de votar y por eso está todo tan abierto y empieza a ser tan peligroso, porque nos podemos encontrar de pronto en el último cuarto del siglo XX, sin habernos movido del primer cuarto del siglo XXI. O sea que la historia podría repetirse y, de nuevo, vuelve a ser cosa nuestra.

Ya se que es imposible. Pero Igual nos iría bien dejar por una vez los sentimientos a un lado y votar con la razón. Incluso si la razón te aconseja no votar, habría que ser, por una vez, algo pragmáticos, que es una manera de ser mucho más que racionales. Jamás pensé que diría esto, pero lo voy a decir. Incluso es mejor ir a votar tapándose la nariz, que dejar que quienes huelen a muerto se lleven toda la gloria.

Por Luis Candelas

Todo es suyo

15 de febrero 2019

Cien años justos después de la pérdida obligada de la Marina de l’Hospitalet para construir el puerto franco de Barcelona, esta saturadísima ciudad está a punto de entregar con una amplia sonrisa otros 60.000 metros cuadrados de espacio ciudadano para otro magnífico proyecto ajeno por completo a sus habitantes —añadiéndolos a los otros 240.000 metros que ya se entregaron entre 1990 y el 2011. Está claro que nos van a vender como un éxito extraordinario el recientísimo acuerdo sobre la ampliación de la Fira de Barcelona que ha ayudado a que la alcaldesa de l’Hospitalet se haya sentado a la derecha del president de la Generalitat compartiendo tribuna con la alcaldesa de Barcelona, el presidente de la Diputación, el de la Cámara de Comercio y los de la Fira de Barcelona económica y patrimonial para así demostrar que la ciudad ya es el segundo motor económico de Cataluña, como dice la propaganda municipal, y que su alcaldesa empieza a ser una importante autoridad nacional.

A cambio de todo ello, sin que la Fira de Barcelona pierda su nombre, como debe ser, lo que fue la Fira de Barcelona desde el siglo XIX en la montaña de Montjuic, se va a reconvertir en espacio público para la ciudad condal. Barcelona ganará miles de metros públicos —que necesita con urgencia— para esponjar la ciudad y para beneficio de sus ciudadanos en una zona privilegiada entre la plaza España y los antiguos palacios feriales, que ni siquiera tendrán que remozarlos para cumplir su antigua misión ferial: para eso ya está el suelo hospitalense. A todo el mundo, incluso a la alcaldesa Marín, todo eso le parece muy bien. Barcelona necesita ganar espacios que para algo es el primer motor económico de Cataluña, su capital, y una ciudad que reclama visitantes. L’Hospitalet sigue siendo, con más ahínco incluso, la ciudad subsidiaria de la gran Barcelona, el patio trasero, la ciudad dispuesta a ceder suelo y a no reivindicar nada, aunque mantenga a sus ciudadanos hacinados, sin espacios verdes suficientes y vendiendo quimeras para mantener la fantasía.

Cuando se puso la Fira en la Gran Vía de l’Hospitalet, cuando se armó la Ciutat de la Justícia, algunos ya imaginábamos que la gran avenida que se inventó Corbacho terminaría siendo, no la puerta de l’Hospitalet, sino la de Barcelona en terreno ajeno. Una puerta que han diseñado para que llegue hasta el río, con esa hazaña que supone el PDU de Gran Vía que va a llenar de rascacielos de oficinas y similares lo poco que queda de l’Hospitalet todavía no edificado. Lo terrible no es solo esto. Lo dramático es que mientras Barcelona expulsa instalaciones que sigue capitalizando para rehabilitar sus propios lugares libres obsoletos, l’Hospitalet cede territorio a cambio de honores para su alcaldesa. Y nada más.

La política lo puede todo, solo es necesario tener ambición y ser tenaz. Nadie dice que la Fira de Barcelona no pudiera ampliarse todavía más en el Pedrosa. Lo que se defiende es que para que la Fira se amplie todavía más quizás habría que hacer un esfuerzo suplementario de esponjamiento ciudadano, adquiriendo suelo ocupado a cambio del suelo libre que se libera a beneficio de inventario para la economía productiva de los grandes empresarios de Barcelona. Todo el mundo entendería eso y si no, una visita guiada por los barrios del Norte de la ciudad con los mismos que ocuparon la mesa de presidencia durante la enajenación de los 300.000 metros cuadrados totales, hubiera resultado muy ilustrativa de las necesidades de la ciudad.

Pero esta ciudad está por otras cosas. Ser el segundo motor económico no sé en que beneficia a los hospitalenses que continúan con una de las rentas per cápita más bajas de entre los municipios catalanes. No hace falta más que acudir al Idescat y hacerse una idea. L’Hospitalet tiene un PIB (Producto Interior Bruto) por habitante en el año 2017 de 25.800 euros, cuando la media catalana está en 31.300 y la media del Barcelonès en 37.100 (ahí está Barcelona, pero también Sant Adrià, Badalona y Santa Coloma junto con l’Hospitalet). La Renta Familiar disponible bruta que es lo que las familias pueden destinar al consumo o al ahorro, todavía es mas elocuente porque se encuentra 10 puntos por debajo de la media catalana y 23 puntos por debajo de la media del Barcelonés. Es decir, somos una ciudad más bien pobre, con rentas más bien bajas y con un nivel familiar de consumo y ahorro más bien lamentable. Pero somos, según el ayuntamiento, el segundo motor económico de Cataluña. Hemos regalado ya 240.000 metros cuadrados a la Fira de Barcelona para ser ricos, pero vamos a regalar otros 60.000 porque la economía debe crecer y el Mobile ese famoso, da prestigio. A unos cuantos, y a Barcelona. Si, claro, como aquí hemos abierto hoteles, que ya está bien, los congresistas del Mobile se alojan aquí, como se alojarían en Matadepera, sin saber donde están. Quienes sí saben donde están los hoteles es el Ayuntamiento a quienes cobra el IBI, igual que ocurre con la Ciutat de la Justicia que también paga aquí, salvando muchas veces a la tesorería municipal de las tensiones internas que sufre a menudo.

Pero el Ayuntamiento sigue quejándose de que no hay dinero o al menos no hay dinero para todo aquello que la ciudad necesita. Y las familias tampoco tienen dinero, al menos el dinero que correspondería para vivir en la ciudad que es el segundo motor económico de Cataluña. Se cerró la tele por que no había dinero, se subvenciona ligeramente a las entidades porque no hay dinero, no se ayuda a la edición de libros porque no hay dinero. Nunca hay dinero para lo que interesa poco. Hace 40 años que en el Ayuntamiento no hay dinero más que para lo que al Ayuntamiento le parece bien. En realidad ese dinero no es nuestro. Es suyo. Hay que acordarse que cuando se les vota, se les está dando permiso para que consideren nuestros impuestos, su propio capital. Al menos, a estos que mandan. Todo es suyo: el presupuesto y el territorio.

Por Luis Candelas