¡A la mierda!

Dentro de nada hará 23 años que el recordado José Antonio Labordeta dirigió las palabras que encabezan este artículo durante una comparecencia en el Congreso cuando, siendo diputado de la Chunta Aragonesista, algunos parlamentarios del PP se rieron de él llamándole “cantautor de las narices”. El debate donde se produjo la ignominia, estaba centrado sobre la guerra de Irak, por lo cual el recuerdo no puede ser más actual y oportuno.

En mi caso yo dirijo la misma frase a otro contexto con parecida ignominia, de un modo muchísimo más modesto, puesto que el debate no es sobre ninguna guerra, sino sobre algo que algunos califican como una derrota muy humilde, pero que yo creo que simplemente se trata de una demostración compartida de estupidez. En todo caso, se trata de la afrenta sufrida por la gente que está llevando adelante este digital en la tarde del martes 24 de marzo, cuando 24 concejales de 27, aprobaron con 16 meses de retraso una propuesta tan a gusto del gobierno como la ofrecida en noviembre de 2024 sobre un instrumento ahora mismo tan irrelevante, como el Consejo Ejecutivo de los servicios públicos de comunicación de esta ciudad. Un tema bastante banal pero que se convirtió a lo largo de esos 16 meses en la punta de lanza de la fragilidad de un gobierno que está acostumbrado desde sus orígenes —hará, mañana 3 de abril, 47 años: han pasado unos cuantos concejales, pero las diferencias son mínimas— a que absolutamente nadie le tosa.

El 24 de noviembre del 2024, 14 concejales de la oposición le tosieron y este pasado martes el gobierno finalmente les curó el constipado. Once de ellos dejaron de toser, gracias a los pañuelos con el elixir mágico de la presión que, según ellos mismos, usaron unos cuantos profesionales del periodismo patrio —naturalmente no todos: solo los “magníficos profesionales” que dijo aquel— que fueron en su auxilio.

En este digital se ha explicado sobradamente cómo fue todo. Pasará a los anales de la pequeña necedad local la inútil traición que puso las cosas donde han estado siempre. Yo te explicaré, querido lector, los últimos vericuetos, porque hasta ahora no los ha explicado nadie.

La propuesta del nuevo Consejo Ejecutivo, que es hasta ahora mismo, uno de tantos instrumentos burocráticos al servicio de quien maneja el poder local, tiene que presentarla el alcalde a un Consejo Consultivo que se nombra, un poco antes, para que una vez informado, pase al pleno. Hasta ahora, pasaba al pleno, la oposición que no ha tenido nunca ni idea de qué es ese Consejo Ejecutivo lo aprobaba, y hasta la siguiente. Eso cambió en 2024, y por eso se paralizó el procedimiento.

El Consejo Consultivo tiene 18 miembros: 10 nombrados por el Consell de Ciutat que proceden de diversas entidades ciudadanas, 4 de los grupos de la oposición, 1 del grupo del gobierno y 3 profesionales de la información elegidos a dedo, también por el alcalde. Ese Consejo se reunió el lunes 16 de marzo y, como pasa habitualmente, unos no asisten y otros que no tienen ningún interés, delegan su voto en el gobierno. Ese día asistieron los 5 representantes de los políticos, los tres periodistas y uno de los elegidos por el Consell de Ciutat, en total, exactamente la mitad: 9 miembros. El resultado de la votación sobre la propuesta de nuevo Consejo Ejecutivo fue el siguiente: 6 votos favorables, 4 abstenciones y un voto en contra. Total, 11 votos. ¿Cómo es posible, si solo asistieron 9 miembros?. Pues efectuando lo que se ha solido hacer siempre en esos dos Consejos, el Consultivo y el Ejecutivo: no yendo a la reunión, pero delegando el voto en el gobierno. En este caso los dos votos ausentes, más el que estaba presente, más el voto del gobierno, más el de dos de los tres periodistas, sumaron los 6 votos favorables. Tres de los cuatro representes de la oposición se abstuvieron, el tercer periodista lo mismo y el último representante de la oposición votó en contra.

Pese a lo ilustrativo de lo que ocurrió en el Consejo, las abstenciones de tres de los cuatro grupos de oposición ya hacían prever debilidades y un pronunciamiento favorable en la votación definitiva, que era la del pleno. Allí se confirmó efectivamente, cuando los 11 concejales de esos grupos votaron con el gobierno.

Yo escuché sus argumentos, sentado en la penúltima fila. Las presiones de los trabajadores, del Comité de Empresa de La Farga, que debe ser al único comité de empresa en el Ayuntamiento al que se hace caso, la excusa del miedo a que la ausencia de un Contrato-Programa que regula el procedimiento legal de funcionamiento orgánico y laboral, que el gobierno dejó que caducara en diciembre, complicara el cobro de las nóminas de los “magnificos trabajadores” de los servicios públicos de comunicación y la sensación de que los tres periodistas propuestos resolvían los inconvenientes que se pusieron en su día, decantaron el voto.

Un único argumento es el que se dejó de lado. El veto del equipo Quirós al criterio que podía garantizar que el nuevo Consejo Ejecutivo no estuviera perfectamente controlado por el poder local. El que ha salido ahora no responde al criterio defendido en su momento (el de representantes de los medios activos en la ciudad) y es una incógnita: igual es incontrolable, pero el que se proponía garantizaba bastante más la ausencia de control gubernamental teniendo en cuenta la independencia de algunos de los medios.

Visto con la distancia exigible, a algunos nos cuesta un gran esfuerzo entender cuál ha sido la razón última por la cual la oposición ha aceptado el veto a este medio. Yo, a diferencia del chavalín que ostenta el récord de humillaciones, afrentas, frustraciones y ofensas que el poder y las oposiciones varias han inferido históricamente a uno de los periodistas de esta casa, voy a seguir fustigando a los protagonistas de esta historia mientras me quede aliento. Creo que el Jesusillos, el Quiroseno y su equipazo, el teniente de alcaide, el amic del tete, la popular sonialdemócrata y el Manuel Torrentez, entre otros muchos, se merecen que la política no solo les deje un salario. También un montón de dudas sobre su integridad ética, su capacidad para la lealtad a los principios y a los finales, su análisis objetivo y distanciado de las realidades diversas, su voluntad de entender otras razones que no sean las propias.

Al chavalín sufridor ya le he recomendado un psiquiatra que le ayude. Si es posible, que le envíe al exilio de Waterloo a superar su procés, para que se jubilé de una puta vez y deje de tomarse las cosas tan en serio.

Esta ciudad se merece tomarse las cosas más trascendentales a cachondeo limpio y sublime, porque está demostrado que con este personal que la representa, no da para más. Así que… lo dicho al principio.

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