Bueno, acabo de enterarme, de que justo en el corazón de La Florida vamos a disponer los afortunados ciudadanos de esta cochambre, de la sala inmersiva de gestión pública más grande de Europa. Ala! Como que es un orgullo de ciudad, el alcalde paseó al rey cuando vino y se puso a fardar de las maravillas del espacio: dos mil metros cuadrados con una sala de doscientos que permite proyecciones de 360 grados y con espacios sobrados para un montón de actividades culturales, exposiciones y otras zarandajas de élite. Entre ellas, muchos espacios de innovación, un lugar de coworking, un fab-lab, un espacio de atención ciudadana y TIC… O sea, un montón de cosas muy útiles en Brooklyn y no sé yo, si también en La Florida, pero no en esta… en la otra.
La cosa se llama La Florida 6.0 pero cuando esté en marcha —dicen que en abril, aunque se inauguró en diciembre— habrá que llamarla ya 7.0 porque todos los puntos cero se aceleran que es una barbaridad. Se le llama Centro de Transformación Digital y a los vecinos les servirá para trámites digitales y resolución de incidencias tecnológicas, para la experimentación a pequeña escala, para talleres experimentales y fabricaciones diversas, además de salas innovadoras para conferencias (será que el conferenciante ya va incorporado), para reuniones abiertas a las entidades del barrio y a todo el tejido productivo, es decir, grandes empresas, enormes corporaciones y gente que sin la tecnología punta no es nadie.
A ver… los grandes aspavientos siempre suelen ocultar o grandes frustraciones, u operaciones encubiertas. En ocasiones, ambas cosas. En este caso, no hay duda. El alcalde Quirós tiene algunas fijaciones elementales. Hasta ahora le conocemos tres muy reiterativas: dos en positivo y una atragantada. Las positivas, la cosa del Samontà y el Silicon Valley a este lado del Atlántico (6.0). En la cara B, FIC. En los tres casos hay frustración, desconocimiento y enredo, a partes iguales. Y en los tres hay una enorme dosis de exageración.
El invento del Samontà oculta la operación inmobiliaria de Can Rigalt, la propagandística de buscar alternativas al hacinamiento de La Florida y el populismo de preocuparse por el lugar donde uno nació. El del 6.0, la ocurrencia de un exagerado polo digital en un lugar que exige más árboles que tecnología y más espacio en las casas que inmersión 360 y, en el lado contrario, la incomodidad de unos intrusos que se han creído con derecho a poner en el candelero a unos expertos en tener poder para decidir lo que se les antoja, como han venido haciendo en los últimos 45 años.
No hay, en ninguno de los tres casos, un mínimo de reflexión. En una vertiente, para no vender motos o para no hacer el ridículo. En la otra, para no darse por enterado de que en un sistema democrático hay que contar con el de en frente, aunque tenga una opinión contraria a la tuya, que es lo habitual.
Y sin reflexión, no hay futuro. Porque, en muchas ocasiones, en los mínimos detalles se van los esfuerzos supremos. Por poner solo un ejemplo. En la pasada reciente reunión de la Mesa Sectorial de Drets de Ciutadania i Cohesió Social, algunos de los presentes se quejaron de que en La Florida 6.0, ese paraíso tecnológico único en Europa, una persona en silla de ruedas no podía coger el ascensor.