Una ciudad sin audacia

Imaginaros por un momento que los 14 concejales de la oposición de esta ciudad se sientan en una única mesa para hablar de futuro. Es difícil de imaginar, porque para que se sentaran en una única mesa habría hecho falta antes que la responsable del PP hubiera convencido al portavoz de Vox para que respondiera únicamente a las preguntas que se le hicieran sin añadir demasiados matices y para que el resto de fuerzas de la izquierda se sentaran frente a frente las unas de las otras para poder ignorar lo que se moviera a su extrema derecha.

Echarle imaginación y considerar que ya están sentados y que la portavoz popular pide a los 13 concejales a su alrededor que voten como alcalde al portavoz republicano, naturalmente tapándose la nariz, las vergüenzas y hasta los ojos, si fuera necesario. Para ello tendría que haber convencido previamente a solo tres de ellos, porque ella ya lo está: el que va a ser el alcalde, el que va a ser el segundo teniente de alcalde y el que se va a mantener fuera del gobierno, pero que va a ser escuchado con atención en todos los plenos, al que se le van a votar a favor todas las enmiendas que presente —excepto aquellas que le lleguen vía aparato, que esas van a ser rechazadas—, al contrario de lo que le viene sucediendo hasta ahora, que ni se le escucha, ni se le tiene en cuenta y al que se zahiere cada vez que es posible.

Para que se vote al alcalde, se ha pactado ya el gobierno y se ha pactado ya el programa. Y se ha pactado, sobre todo, el respeto temporal, que quiere decir que, durante los próximos 18 meses, van a ser escrupulosos en lo acordado, pero sobre todo en lo que puede poner en crisis lo acordado: nada de insensateces y mucho menos de provocaciones. Ni siquiera las verbales.

El gobierno es un poco lo de menos, pero van a haber cinco tenientes de alcalde y otros seis concejales de distrito. El primer teniente de alcalde y el cuarto, de los populares, el segundo y el quinto de los Comuns y el tercero, republicano. Los concejales de distrito, repartidos equitativamente entre las tres fuerzas.

Lo importante es el programa y, en 18 meses, el programa tiene que ser un programa de urgencias y de mínimos, sobre todo teniendo en cuenta los equilibrios que implica su realización. Un programa que incluya la búsqueda de solares para nuevas escuelas, la aplicación de las urgencias de mantenimiento en los centros y la adecuación de los patios. En sanidad, el acuerdo para ubicar el nuevo hospital y los trámites para llevarlo a cabo, así como los CAPS en proyecto. En economía y comercio, la urgencia de las obras de los mercados de Collblanc y Bellvitge y campañas municipales de comercio de barrio. En deportes, el acuerdo final para el polideportivo de Santa Eulàlia y la renovación de los contratos de los polideportivos. En urbanismo, la compra de suelo público, la moratoria sobre los permisos de nuevas edificaciones de viviendas libres y la congelación de los acuerdos sobre los proyectos de Can Rigalt y las obras del clúster de la Gran Via. Además, la resolución del contencioso de los vecinos de la Porta Nord para que no tengan que abandonar sus casas. En patrimonio, la recuperación y uso de los espacios hasta ahora cerrados: Albert Germans, Cosme Toda, La Remonta, Can Trinxet, la apertura de los refugios de la guerra civil y la rehabilitación de las pocas masías que todavía quedan en pie. En hacienda pública, la rebaja de la fiscalidad para residentes y comerciantes, el recálculo de la tasa de residuos y nuevos incentivos para el uso de la deixalleria. En seguridad ciudadana: la urgencia de los medios técnicos y de ubicación de la Guardia Urbana, la recuperación de la policía de proximidad y la vigilancia exhaustiva de los espacios públicos (jardines, plazas, parques…) En servicios sociales, un aumento del volumen de trabajadores para atender a la creciente demanda y la aplicación de criterios racionales para el empadronamiento. En la plantilla municipal, un estudio de los servicios y de los chiringuitos, con la readecuación de las direcciones y la reevaluación de las capacidades de las direcciones ejecutivas. En la política de subvenciones, un análisis consensuado de las entidades que requieren soporte y de lo que simplemente son accesorios que benefician el clientelismo social. En política de vivienda, un estudio concienzudo del esponjamiento de los barrios del norte de la ciudad a través de adquisición de solares y edificios, una política de rehabilitación y reubicación del vecindario consensuada y una incentivación del cooperativismo inmobiliario. En participación, un esfuerzo consensuado para ampliar los márgenes de la intervención social en los distritos, en los plenarios y en los instrumentos cívicos de participación (mesas sectoriales, Consell de ciutat, consejos de administración de empresas públicas, etc. En materia informativa, la garantía de una información pública controlada por la sociedad civil y la eliminación de los instrumentos de propaganda al servicio del gobierno local; recuperación de la emisora municipal e intervención televisiva. En mantenimiento ciudadano, el control de la limpieza en las calles, la iluminación de las arterias y el culto de la civilidad. En movilidad, análisis de las necesidades de los barrios en cuanto a carriles bici, aparcamientos y tránsito rodado y adecuación consensuada en cada ámbito. En relaciones exteriores, congelación de aportaciones inútiles —ya está bien de ser el eterno patio trasero de Barcelona— y propuestas convincentes de futuro (Fira 2000, Fira de Barcelona, etc).

Imaginaros un programa elaborado por los políticos —más exhaustivo, seguramente más preciso y ajustado—, no por este humilde comentarista en cinco minutos, pero en esa línea de acuerdos posibles. Dudo mucho que en lo especificado hasta ahora, no estén absolutamente de acuerdo los cuatro grupos de oposición. Tres de ellos podrían demostrarle a la ciudadanía lo mucho que se puede hacer cuando el esfuerzo es compartido y la prosperidad se mide en realidades y no en palabras. El cuarto podría explicar también que no tiene ningún interés en los sillones sino en la política y que, sin su esfuerzo —sin sus tres síes— no hay votos, no hay gobierno y no hay programa.

Y lo más importante. Con 18 meses, este gobierno y este programa, las capacidades que se les suponen y las ganas de acuerdo y no de lo contrario, acabarían demostrando a la ciudadanía que en esos equipos hay futuro. Y para el 2027, otro gallo nos cantaría.

Pues bien, lo que habéis leído es un sueño. En esta ciudad no hay audaces. Jamás los hubo y así nos va…

La era de la palabrería

No sé si os habéis dado cuenta de que vivimos en la era de la palabrería. Algunos dicen que sufrimos de sobreinformación pero de lo que sufrimos auténticamente es de palabrería, de mensajes vacíos donde lo que importa es el continente y para nada el contenido. Lo que importa es lo que quiere significar lo que se dice; en absoluto lo que significa. Y normalmente se trata de ensoñaciones, en general con la intención de sorprender o de generar simpatía, cuando no se trata absolutamente de lo contrario, de repetir y de generar odio o rabia.

Por lo general nos engañan cuando nos hablan de información. Lo que nos llega, apenas nos sirve para estar informados. O sea que no tenemos sobreinformación. Lo que tenemos es sobrepropaganda, sobrepalabrería, sobreensoñación. Consideraciones cortas que solo nos sirven para crear un estado de opinión que no hace falta que tenga nada que ver con la realidad, de modo que nos construyen la realidad sobre artificios que no resisten la mirada objetiva y mucho menos la mirada crítica.

Fijémonos en nuestra historia municipal más reciente. Veníamos de 40 años de dictadura que provocó dos realidades contrapuestas: gente que acudía por la oferta de trabajo y un futuro algo más próspero para sus hijos, y gente que tenía propiedades o recursos a los que intentó sacarles el máximo rendimiento sobre la base de la ausencia de derechos y la necesidad de trabajo y de vivienda de los recién llegados. Se hicieron de oro explotando la mano de obra en las fábricas y se siguieron haciendo de oro recuperando la masa salarial en forma de alquileres, hipotecas y servicios. Unos y otros hablaban de progreso porque el trabajo, la vivienda y los servicios son progreso, pero el auténtico progreso estaba en sus bolsillos. También se hicieron de oro gracias a la ausencia de derechos y libertades que avalaban unos ayuntamientos que no elegía nadie, pero que construían las ciudades para enriquecer a los especuladores con la necesidad de los que estaban llegando.

Toda Barcelona y media área metropolitana se hizo a este ritmo y con estas consecuencias. Hasta que llegó la democracia y entonces, los que se creían el mensaje de las urnas, intentaron poner a los suyos con el incierto, pero esperanzado deseo, de recomponer todo lo destruido, construyendo esas ciudades crecidas a base de mano de obra obrera, para ponerlas al servicio de la ciudadanía y no de quienes habían especulado a mansalva.

Como el mensaje de la construcción y no la destrucción de las ciudades, y el mensaje de la calidad de vida y el progreso era el mensaje de quienes habían luchado contra la dictadura y sus secuaces, y aquello era lo que se reconocía como la izquierda, a partir del triunfo de la democracia, la izquierda tuvo el encargo implícito de arreglar lo que se había destruido. Eso quería decir: parar la especulación urbanística, ofrecer servicios de calidad, reconvertir lo que se había convertido en almacenes de obreros —ciudades dormitorio— de manera que se parecieran a los modelos urbanos reconocidos: con centros de las ciudades definidos y con servicios comerciales, educativos, sanitarios y asistenciales, con zonas verdes y espacios amplios, con equipamientos culturales céntricos y reconocibles, capaces de conservar y enaltecer su patrimonio, capaces de recuperar todo aquello que formaba parte de la historia para integrarlo a la comunidad, etc, etc.

Solo hay que mirar la realidad para observar que la izquierda que debía encargarse de rehacer, ha hecho exactamente lo mismo que habían hecho —y que habrían seguido haciendo— los que destruyeron. Podemos seguir llamándole izquierda, pero esa palabra se ha convertido en un continente sin contenido, en pura palabrería, porque la izquierda jamás fue eso. Porque la izquierda jamás gobernó en esta ciudad, aunque la hayamos llamado como hayamos querido. Gente al servicio de la especulación y de la palabrería, llevan gobernando l’Hospitalet —y muchas ciudades del entorno, con minúsculas excepciones— desde 1939 sin límite de continuidad.

Es duro, pero esa es la realidad, y no hace falta más que salir a la calle y mirar lo que nos rodea. El horizonte inmediato no ayuda al optimismo. La palabrería sigue invadiendo los espacios. Los partidos políticos han dejado de ser instrumentos de cambio para convertirse en benefactores del voto ciudadano. La democracia tampoco es lo que tenemos, porque la democracia es participación y no únicamente delegación de voto. La realidad de lo que ocurre en l’Hospitalet lo discuten 5 o 6, asesoradas por el aparato partidario en el que deben opinar otros tantos. Los partidos, a nivel local, apenas llenarían de militantes un solo autocar y esos apenas cuentan tampoco. Hacia afuera lo que cuenta es la palabrería, mientras que hacia adentro lo importante es sujetar el poder, recibir órdenes y cobrar un buen salario a final de mes. Poca cosa más.

Ahora, a alguien se le ha ocurrido poner en funcionamiento un mecanismo insólito por el cual el alcalde podría irse a su casa con lo puesto y pedirle al aparato un carguillo para no perder poder adquisitivo. Pero ese mecanismo insólito tiene el grave inconveniente de que han de ponerse de acuerdo, en esta ciudad, las derechas y las izquierdas. O sea, los que tienen sobre sus cabezas un paraguas con unas siglas y los que se dicen a sí mismos de izquierdas, pero ya se ha visto. No cuenta para nada la democracia. Van a decidir ellos y quizás, en algunos casos, consulten a los del autocar, por eso de que las izquierdas y las derechas dan juego a los suyos.

Si los que se dicen de izquierdas y los que se dicen de derechas fueran democráticos, lo que de verdad harían sería organizar un referendo popular de urgencia, para ir orientados de lo que quiere la ciudadanía. Igual se llevarían sorpresas, porque la gente lo quiere es menos palabrería y más acción, menos continente y mucho más contenido. Menos izquierda y derecha y más construir una ciudad para todos, bien distinta a esa que han destruido tanto los que se han llamado de izquierdas como los que eren identificados como de derechas.

Más palabra a la gente y participación activa y menos consignas, pureza ideológica y sectarismo irracional.

Los nuestros, los buenos

El 5 de octubre del 2004 hubo un crimen terrible en Bellvitge. Un psicópata con una triste historia asesinó a dos policías en formación, dos mujeres jóvenes de 23 y 28 años, originarias de León que compartían piso cerca de la Rambla Marina. La sanguinaria matanza, acompañada de violación, robo e incendio creó alarma en el vecindario y produjo arduo trabajo a las fuerzas policiales que lograron detener al asesino que pasará de los 80 años cuando salga de prisión, si es que sale algún día.

Ignoro por qué razón el grupo popular presentó ahora —en el pleno de noviembre—una moción reclamando que el pasaje donde se encuentra la vivienda lleve el nombre de las dos jóvenes asesinadas y por qué reclaman una placa conmemorativa en el lugar, pero a mí, personalmente, me da igual. Me da igual que se les haya ocurrido ahora, me da igual que lo proponga el partido popular y hasta me da igual que haya sido una iniciativa extemporánea sin consulta previa a nadie, ni a la comisión del nomenclátor de esta ciudad, ni a los vecinos, ni al resto de grupos municipales que siempre se han mostrado tan sensibles a la violencia de género. Me pareció, cuando la conocí, una propuesta con sentido. El crimen fue tan brutal, por el sadismo y por la juventud de las víctimas, que cualquier recuerdo debiera parecernos sensato y acorde con el dolor. No es posible poner un nombre a las víctimas en cada calle donde se producen los crímenes, pero tampoco me parecería mal un recordatorio escrito del estilo de las stolpersteine, que ahora fijan los lugares donde vivieron las víctimas del terror nazi. Cualquier cosa que recuerde una tragedia producida por el sadismo de los asesinos, para que jamás se olvide que la buena gente tiene que sentirse herida por el mal ajeno y difundirlo a los cuatro vientos, se me antoja razonable. Es una manera de no olvidarse de las víctimas que nos regenera como especie.

Pues bien, la moción del PP no salió adelante, porque 18 de los 27 concejales presentes votaron en contra y solo 8 votaron a favor. Faltaba uno en el recuento y eso pasa muchas veces. Los números solo se supervisan —solo los supervisa el alcalde que es quien puede hacerlo— si es que el gobierno municipal pierde la votación o le empatan, porque de este modo el alcalde puede desempatar gracias a su voto de calidad (a cualquier cosa le llaman calidad). Aquí la mayoría votó en contra y solo los cuatro concejales del PP y los tres de Vox lo hicieron a favor. Pero esos suman 7 y los votos favorables fueron 8.

Sé que L’Estaca preguntó a los responsables del grupo popular si sabían quien se atrevió a ir por libre. Y los populares explicaron que “debió ser alguien con algo de corazón y sentido común”, pero que no había trascendido nada más.

Podría ser que alguno de los 20 concejales de la llamada izquierda sintiera algo así como ternura en un caso tan conmovedor, aunque el Candelas que es un mal pensado de nacimiento, considere que en realidad se trató de un error a la hora de pisar la tecla. Conociendo el percal, cuesta de creer que alguien se salta a la torera lo que dicta la norma: a la derecha, ni agua, aunque a la derecha (con el apoyo de la derechísima) se le haya ocurrido algo tan sustantivo como recordar un crimen de salvaje violencia de género en una ciudad donde, como explicó la portavoz popular, han disminuido los fondos dedicados a la prevención de esta lacra.

Cuando la derecha se dedica a hablar del dictador Sánchez, parece normal tacharla de apocalíptica, extravagante y destructiva y cuando se le ocurre algo que no está tan mal, de lo que se trata es de llamarla oportunista y desde luego huir de sus propuestas, aunque sean cabales y fáciles de apoyar. El PP local también reniega del gobierno sanchista —solo faltaría— y es entonces cuando juega a una bipolarización lamentable que solo sirve para consolidar los parapetos: los propios y los de enfrente. Y así se justifican todos, los unos y los otros.

La moción del PP, pretendiera lo que pretendiera, proponía algo absolutamente defendible. El objetivo era justo, la propuesta viable y sencilla, y el resultado no podía hacerle daño a nadie y sí en cambio garantizaba el agradecimiento de los compañeros y de los familiares y hasta de los vecinos que sintieron el escalofrío de la barbarie hace más de 20 años.

A alguno de los portavoces de la izquierda se le ocurrió, como excusa, que la moción popular no había tramitado su propuesta a la Comisión del Nomenclator de la ciudad, que es quien tiene atribuciones para fijar homenajes en los rótulos de calles. Ignoro quien la compone, pero debieran estar trabajando todos los días para remediar la iniquidad que se mantiene en el nomenclator local. Desde un alcalde franquista de la primera época hasta un regente encargado de bombardear Barcelona cuando le apretaba la presión social; desde un alcalde de la dictadura de Primo, hasta el alcalde que se fue a celebrar junto al río Llobregat con el alcalde de Barcelona, el espolio de la Marina. Para ellos hay un sitio en el callejero que propusieron en su día unas cuantas derechas rancias, y de eso hace décadas sin que estas izquierdas tan radicales de ahora hayan puesto el grito en el cielo o hayan encargado a la Comisión del Nomenclator que revise las placas.

Si las propuestas se alejan del sectarismo y son capaces de tocar el lado bueno de la gente, debiera importar poco quien las promueve. Pero aquí ocurre lo contrario: lo que cuenta es quien propone. La propuesta es lo de menos. Es aquello de los buenos y los malos. Los nuestros, los buenos. El resto, los malos.

Si la ACA se vende, es porque hay ayuntamientos que la compran

Lo más interesante, en mi opinión, del reportaje de Sense Ficció que programó TV3 el martes 11 de noviembre por la noche —y del que se ha ido hablando tanto, antes y después de su visionado—, no fueron las zonas inundables urbanizadas, algunas desde los años 60, sino la corrupción instalada en la Agència Catalana de l’Aigua (ACA), que ha ido permitiendo a lo largo de este siglo XXI la proliferación de estas barbaridades urbanísticas.

Frecuentemente se da al urbanismo depredador de los años 60-70 la culpa de todas las desgracias posteriores, de la saturación urbana, de la mala calidad de los edificios, de la recalificación de los suelos, del caos de los trazados urbanos y, en última instancia, de las catástrofes derivadas de todo tipo, entre ellas, del riesgo de inundación. A menudo, se olvida que aquella época de dictadura férrea estaba construida sobre el derecho de unos cuantos a enriquecerse sin trabas burocráticas o éticas y sobre la base de la explotación de los más pobres a todos los niveles: en el trabajo, en su vida diaria y en el lugar donde residir.

La Transición vino para colocar a España en el mundo, pero sin exigir demasiadas cuentas. Los únicos que podían exigir cuentas eran los pocos que se activaron cuando Europa se puso a nuestro lado, pero tampoco se trataba de hacer ninguna revolución, sino simplemente de hacer lo que se hizo: cambiar alguna cosa para que el resto cambiara muy poco. Entre lo que cambió algo, la posibilidad de elegir directamente a nuestros representantes y, en los ayuntamientos, elegir a la gente que se suponía que sufría nuestras mismas condiciones de vida. Si sufrían nuestros déficits y eran de los nuestros, las ciudades tenían que cambiar necesariamente para bien. Algo se hizo, sobre todo, ordenar el desorden. Y poco más. Los nuestros enseguida aprendieron a ser como los otros y sus déficits pronto dejaron de ser los mismos que nosotros lamentábamos. Sus déficits ya no eran de espacios libres, de edificios insalubres y de pésima calidad de vida, sino de votantes y de honores. Y hacia ahí se inclinaron. Se inclinaron tanto, que descubrieron con el tiempo que nos tenían enfrente.

Construir en cualquier sitio

Y como nos tenían enfrente, actuaron exactamente igual que los que teníamos enfrente en la década de los 60. Trabajaron para que los ricos siguieran especulando y para seguir convirtiendo el suelo de todos en el mercado de los poderosos. Como el suelo es finito —como lo será el petróleo de aquí a nada según se harta de explicar el amigo Turiel— se optó por dejar construir en cualquier sitio, como antes, y entre los sitios en los que se dejó construir estaban las zonas inundables que ya eran inundables entonces pero que ahora han aumentado y se han extremado por el cambio climático y la cada vez más explosiva escasez de suelo.

Había un instrumento que Europa diseñó para evitar catástrofes de futuro y que aquí —en Catalunya— se impuso como se imponen todos los instrumentos, a base de leyes, solo que aquí los instrumentos se modelan y se modulan, a gusto del consumidor. Nació en el año 2000 la Agència Catalana de l’Aigua para determinar técnicamente como preservar suelo peligroso y ahora —ahora no, hace lustros— hemos descubierto que es una agencia corruptible y al servicio de los de siempre.

Hasta ahora mismo. Porque me ha dado por mirar el mapa de Catalunya de zonas inundables en su propia web, y acabo de descubrir que buena parte de la ribera del Llobregat es inundable pero, en l’Hospitalet, la zona inundable se acaba como por ensalmo en Bellvitge y hay un insólito oasis, exactamente donde se piensa construir el Biopol-Gran Via.

Construir en zonas inundables

Los activistas contra la barbaridad del plan especulativo de Gran Vía —Beneficis I Oportunitats Per Operacions Lucratives (Biopol)— ya han avisado de que se va a construir en zona inundable, una zona que tiene exactamente la misma cota de la zona que la rodea y que la sospechosa ACA considera un islote en medio del posible escenario catastrófico del río desatado.

Que la ACA se haya vendido tantas veces apareció como una terrible verdad el otro día en TV3. Que quienes compran los informes favorables del ACA son los mismos que programan el suelo desde los ayuntamientos, lo venimos denunciando desde hace décadas. A ver si las consecuencias de la desgracia de Valencia son capaces de meter el dedo de la justicia en la llaga de la corrupción, en todos los lugares donde hay peligro de muerte cuando el agua se desborda. Si fuera así, las anunciadas obras del plan especulativo de Gran Vía no comenzarían el próximo año. No comenzarían nunca…

El que pueda hacer que haga

Cuando no hay proyecto, la improvisación es obligada, pero cuando la improvisación es el proyecto, poco hay que decir. No hay problema, reivindicación, necesidad, conflicto o queja que no se solucione por parte de quien se esperan soluciones, con una retahíla de promesas, con un florido ramillete de ensoñaciones. Eso no soluciona nada, obviamente, pero sirve para ganar tiempo. Porque ganar tiempo permite ir viviendo de lo que hay, mientras todo se deteriora y hace que la gente acabe pensando que esto que existe es un desastre y que mejor será lo nuevo desconocido, que lo viejo que ya sabemos de qué va.

En ciudades como esta, a 20 meses de las próximas municipales, lo que puede ocurrir es un enigma completo. Dicen, los que analizan estas realidades que, en las sociedades más desiguales, lo que más crece es el mensaje antisistema que considera que un líder fuerte con un partido intransigente es el que mejor resuelve los problemas, aunque eso incluya comerse los derechos y martillear los deberes. A los más pobres, a los más vulnerables, a los más desiguales, parecen importarles una higa algunos conceptos gastados como la democracia, la izquierda o el progreso. Porque con eso que llaman democracia, con esos que se dicen de izquierdas, con aquellos que promulgan el progreso, su realidad no hace más que empeorar. Por eso nadie sabe lo que va a pasar en ciudades como esta, pero lo que sí parece evidente es que ya nadie es capaz de asegurar que el futuro que viene, vaya a ser como el pasado que se está yendo.

En esta ciudad de obreros temerosos, incluso en los momentos de más intensidad reivindicativa, tenía que ganar aquella izquierda que daba menos temor. Y así fue. Pero después de diez lustros, nada es seguro ya, porque aquellos obreros temerosos engendraron hijos acomodados que fueron dejando espacio a recién llegados que viven bastante peor que sus padres y que ya no se pueden creer las promesas que les envían los que siguen mandando.

Insisto en que resulta bastante insoportable el mensaje vacuo permanente. Los que mandan no saben decir otra cosa que “estamos en ello” y “lo vamos a arreglar” y así llevan años porque con palabras no se arregla nada y estar en ello requiere justamente lo que no hay: capacidad de gestión y proyecto. Pero si esto es dramático porque viene del poder, tan lacerante o más, es lo que viene de la oposición: “esto es un desastre” y “hacemos lo que podemos” resulta tan estéril, como “estamos en ello” y “lo vamos a arreglar”. Unos y otros mensajes resultan igualmente desmoralizantes y la ciudadanía ya está dando sobradas muestras de desapego. La autoorganización es costosa, lenta y desconcertante en ocasiones, pero solo la autoorganización va a poder mover las estructuras si es que poder mover las estructuras es el futuro. Porque bien podría ser que el futuro fuera que el que se mueva no salga en la foto.

Dicho lo cual, habría que insistir también aquí que “el que pueda hacer que haga” porque esto no se sostiene y alguien debiera tomar alguna iniciativa. Por ejemplo: habría que llenar los plenos a rebosar todos los meses para que se viera que la ciudadanía está implicada en el funcionamiento de la ciudad (los funcionarios, los docentes de las escuelas en conflicto, los trabajadores del transporte…). Habría que convocar reiteradas manifestaciones frente a la Casa Consistorial cada vez que se produce un deshaucio, un robo, una molestia vecinal del tipo que sea en el parque de Las Planas, en La Farga o en Famadas. Habría que boicotear cualquier acontecimiento ciudadano donde esté presente el gobierno y sus acólitos. Habría que participar activamente, preguntando y requiriendo información donde está estipulada la presencia pública organizada, en los Consells de Districte, en el Consell de Ciutat, en las taules de todo tipo. Y se debiera articular un organismo unitario de coordinación dispuesto a impulsar la protesta y la reflexión, a partes iguales.

Ya está. Lo dicho. El que pueda hacer que haga. Y el que no quiera hacer, que no moleste.

A 865 euros el minuto

Que absolutamente nada es lo que parece, lo pone de manifiesto la cosa esa del tardeo que se han inventado para el 30 de octubre en el Joventut. Cuando todo es una pantomima, un fantasmeo, un abismo de estupidez, hay que inventarse algo que parezca importante y ponerle un apelativo british para hacerlo más interesante y sugerente.

Que eso de la celebración del título de ciudad en este avispero sin horizontes donde nos agitamos y que se llama l’Hospitalet, se podía convertir en un ridículo mayúsculo, ya era bien previsible. Pero que encima la efeméride coincidiera con la toma de posesión de un equipo que hasta erizaba los pelos de los suyos, no podía presagiar nada bueno. El anuncio del alcalde, hace ahora un año, de que la Cabalgata de Reyes tendría un carromato para celebrar el centenario ya lo removió todo y, desde entonces todo ha sido un quiero y no puedo. “Quiero celebrar, porque a mí las celebraciones me ponen, pero no puedo, porque no tengo ni idea de cómo celebrarlo, ni tengo a nadie de confianza que me organice una celebración majestuosa, ni siquiera sé muy bien qué tendríamos que celebrar”. Y hasta que no se lo explicaron, no se empezó a percatar de que en adelante tendría que ir con un poco de cuidadín, porque hay cosas que no debieran celebrarse nunca y anunciar celebraciones sin consenso suele acabar mal.

Así que se aparcó calladamente lo de celebración, mandando a los propagandistas que cambiaran el apelativo de jolgorio por el de recordatorio y, en adelante, los cien años del título de ciudad se han estado conmemorando a base de paneles de fotos donde se ve el crimen cometido —el antes y el después, como para estremecerse—, sin que para nada desde el ayuntamiento se haya hablado de los criminales que lo cometieron.

El caso es que, hasta ahora, lo más destacado de la conmemoración ha sido el dinero regalado. Y ya van unas cuantas decenas de miles de euros en una ciudad que acaba de subir el IBI y donde la gente es cada día más pobre. Sería un escándalo, si no fuera porque el escándalo es la salsa donde se cuece la gestión municipal de cada día.

Ahora, reciente, a alguien se le ocurrió lo del tardeo. Al ocurrente habría que despedirlo de inmediato no solo por fantasma, sino por extraviado. Porque a nadie en su sano juicio se le ocurriría, con la que está cayendo, regalarle 78.000 euros a El Periódico para hacer un pe-tardeo sin ningún interés.

Lo primero, el invento: afterwork. Que, literalmente, quiere decir después del trabajo y que no es más que la costumbre universal de ir a tomar una copa a la salida del currele (en british, work) para seguir hablando con los colegas de temas intrascendentes que hagan olvidar la presión de quienes te exprimen, incluso, con quienes te exprimen. Aquí siempre fue el tardeo, pero tardeo suena normal y se trata de estar muy por encima de lo normal, así que le llamamos afterwork en lugar de llamarlo encuentro de coleguis, mesa redonda de amiguetes, convocatoria para no decir nada, o directamente negoci.

Que esto es lo que es el afterwork que ha organizado Quirós y los suyos. Me dicen, quienes saben de qué va la cosa, que el invento le ha costado a las arcas municipales cerca de 78.000 euros, que sumados a los 17.000 del logo copiado, se acerca ya a los 100.000 euros de regalo reconocido. En el negocio este de El Periódico, lo importante no es el acto en sí. Lo emocionante es traer hasta l’Hospitalet al rector de la UB, a la consellera de Economia y a una educadora emocional, porque el resto lo rellenan los periodistas de la casa y la estrella fulgurante es el alcalde. ¿De qué van a hablar? Pues de todo y de nada y, en cualquier caso, de nada que tenga que ver demasiado con l’Hospitalet. Cuesta imaginar cómo se va a poner en el foco del debate entre la consellera Romero y el profe Guardia, a esta desnortada ciudad; de qué van a hablar que nos emocione a los hospitalenses, el conocido periodista patrio Sálmon y la señora Gutiérrez, y quizás sí que Quirós pueda explicarle al director Sáez que vamos a tener un eje de ciudad en el intercanviador de La Torrassa, con un paseo que nos va a llevar de la Diagonal a Bellvitge pasando por Nueva York, para que se vea claramente que l’Hospitalet es la ciudad emblema de la investigación médica en Europa y que, en poco, se va a convertir en un bosque ciudadano como para darle envidia al Central Park.

Lo cierto es que la fantasmada del tardeo de octubre, les va a costar a los ciudadanos de esta mi pobre, sucia, triste y desdichada ciudad, la friolera de 865 euros el minuto, a repartir probablemente entre los charlistas, los periodistas y el ego del parlanchín. Muy caro para no decir nada y a lo mejor incluso perseguible, porque no se me ocurre peor manera de tirar un dinero que es de todos.

Dejarse llevar por el derechismo imperante

Si serán conscientes las autoridades locales de que los medios de comunicación públicos tienen poco tirón informativo, que cuando les interesa que algo se conozca de verdad lo filtran a los medios convencionales. Pasó el otro día con la carta que el alcalde Triple Q envió al ministro Bolaños y de la cual dieron cuenta La Vanguardia y otros medios y que pone el acento en la multirreincidencia como aspecto clave del crecimiento de la inseguridad ciudadana. En la carta, según reprodujeron los afortunados por la filtración, Triple Q explica que en las fiestas de Bellvitge en una sola noche se identificaron 32 personas que acumulaban en total 287 antecedentes. A un promedio de 9 delitos o faltas por cabeza, que son muchos delitos para una sola cabeza.

Parece evidente que la multirreincidencia es un problema. Pero lo cierto es que el problema de la multirreincidencia no es de ahora y que, según muchos juristas de relieve, éste es un tema tan antiguo como el derecho penal puesto que, si el derecho penal incide sobre la delincuencia, hay un tipo de delincuencia sobre la que el derecho penal tiene poco que decir. Si uno comete un delito, se enfrenta a lo que determina el código penal, pero si uno vive de cometer delitos, el código penal se queda corto. El castigo siempre actúa sobre los efectos, pero la delincuencia profesional tiene que atajarse necesariamente desde las causas porque, en la delincuencia profesional, los efectos son irresolubles, como es bien visible.

La multirreincidencia señala directamente a quienes hacen de la delincuencia de baja estofa su modus vivendi. Suelen ser rateros de poca monta que delinquen para ir tirando. En ese modo de actuar, aún resulta sorprendente que algunos tengan solo 9 delitos en los registros policiales. Lo normal sería que les hubieran pillado muchísimas más veces. Lo que parece evidente es que la existencia de delincuentes profesionales de baja estofa molesta, y mucho, a la gente normal. Y que el castigo a la multirreincidencia no puede derivar en un mayor nivel de represión y cárcel porque, en general, la represión de los efectos sirve para rehabilitar a quienes se equivocan esporádicamente, no a quienes viven de delinquir. Los que viven de delinquir tienen que encontrar alternativas que les compensen, y para encontrar alternativas que compensen a los delincuentes reincidentes, resulta imprescindible que la sociedad señale algunas otras salidas más allá del simple castigo. Por ejemplo, el trabajo social bajo un control estricto. Algo que este mundo nuestro de cada día obvia, porque resulta menos comprometido y más rápido reprimir, castigar y enviar a la cárcel.

El castigo siempre es, en estos casos, la salida más fácil y ese tipo de salidas son las que defienden los que siempre imaginan soluciones fáciles para los problemas complejos. Antes decíamos que esos movimientos eran los típicos de la extrema derecha y de una cosa un tanto extraña que han venido llamando populismos. Ahora ya vemos que hasta los alcaldes que se dicen socialistas les reclaman a los ministros que también se llaman socialistas un poco más de mano dura para los multirreincidentes. Una manera de acercarse un poquito más a la derecha simplona y a los populismos (¿) baratos.

Lo defienden gobiernos, como el de Hospi, que tienen los servicios sociales municipales abandonados. Esos servicios, a los que les corresponde dar auxilio a la ciudadanía y a los que, en una sociedad avanzada, les correspondería obligar al trabajo social a los delincuentes profesionales bajo una estricta supervisión. Si a un delincuente profesional que ha robado el bolso a docenas de ancianas se le obligara durante un año a acompañar a esas mismas ancianas a hacer la compra, acompañarlas al médico o ayudarlas en su soledad bajo vigilancia permanente, probablemente acabarían entendiendo que no se puede convertir en una profesión habitual hacer daño a la gente más vulnerable. Y si después de ese ejercicio de empatía obligada volvieran a delinquir, ya no estaríamos hablando de delincuentes profesionales sino de psicópatas sociales. Y esa es otra figura que reclama otros tratamientos y otras soluciones.

Por último, la multirreincidencia ni es cosa de ahora, ni es exclusiva de l’Hospitalet. Pero por supuesto que si una sociedad desacredita a quienes por ley la tienen que defender, el principal problema está en quien desacredita, no en los desacreditados. El gobierno local tiene a la ciudad patas arriba porque ha dado la espalda a su fuerza policial desde hace años. Y una ciudad que tiene encrespada a la policía local y abandonados a los servicios sociales, crea unas condiciones idóneas para la delincuencia habitual. Ni una cosa ni la otra la puede resolver Bolaños. La tiene que resolver Triple Q y sus amigos. Y si no saben, que pidan ayuda. Pero no para castigar: para gobernar con criterio. Claro que, para eso, lo primero es tener criterio…

Lo peor es —encima, sin darse mucha cuenta—, acercarse a los planteamientos de la derecha extrema. Dejarse llevar, de alguna manera, por el derechismo imperante.

Ser pesimistas para pedir lo imposible

Cuando un montón de vecinos cabreados convocan una manifestación afirmando que es apolítica, sea cual sea la razón de la protesta o la razón del apoliticismo, es que nos hemos perdido en el desconcierto. Cualquier cabreo colectivo tiene una razón política y cualquier afirmación de apoliticismo o es interesada o es estúpida, y en ambos casos supone un peligro para una consciencia ciudadana sana y libre.

Los convocantes de la protesta vecinal del otro día insistían mucho en que no iban contra el Ayuntamiento sino contra el drama de la inseguridad, obviando que la inseguridad es una consecuencia directa de la ausencia de una gestión de calidad de los asuntos públicos y esa es una función exclusiva de la política local y supralocal. Lograron lo que muchos son incapaces de lograr, que miles de vecinos hastiados por la falta de respuesta salieran a la calle y se dirigieran, apolíticamente, para concentrarse en el único lugar donde la política tiene su razón de ser: el Ayuntamiento. Allí nos gobiernan o nos desgobiernan a todos los ciudadanos, y ellos y solo ellos, son los causantes directos del descontrol de la seguridad.

Los vecinos, que se autoconvocaron por wasapp según explicaban, y a través de carteles que los comerciantes del barrio distribuían y difundían, hace ya muchos meses que vienen sintiendo la angustia de vivir en una zona de riesgo. Los comerciantes ya se han quejado de viva voz en los plenos municipales reiteradamente, reclamando lo que parece imposible que se pueda reclamar: que el gobierno local dote a las calles de la seguridad imprescindible para poder vivir. Y desde hace muchos meses, este gobierno local no solo no ha remediado el problema, sino que lo sigue agravando manteniendo enquistado el conflicto con la Guardia Urbana y desprotegiendo a la ciudadanía sin garantizarle sus mínimos derechos ciudadanos.

Ese dato, sería suficiente, no solo para convocar una manifestación absolutamente política, sino para exigir la dimisión del alcalde y de su incapacitado equipo de gobierno. Por eso vamos muy mal. La convocatoria ha sido un éxito de gente, pero un fracaso de mensaje. Por lo que explicaban en la mani, lo que no querían era que los partidos se apropiaran del éxito de la convocatoria, como si concentrar a miles de vecinos cabreados fuera algo de lo que enorgullecerse. Ya quisieran los partidos vanagloriarse de concentrar a tanta gente, aunque fuera un ejército de cabreados. Todos dicen representar a la ciudadanía, pero por lo visto, la ciudadanía no quiere representantes. Aunque vayan, o no vayan a votar cuando toca, los representantes se sientan en aquellos escaños y viven de sus impuestos, más que bien.

Si la mani fue un éxito, es precisamente porque los partidos han perdido el hábito de convocar protestas. Los que gobiernan prefieren hacer fiestitas para los suyos con las dosis de autocomplacencia que les caracteriza y a los que les gustaría gobernar, hacer ruedas de prensa, enviar notas de prensa y hacer mociones, sabiendo como saben, que lo que digan solo lo verán o escucharán unos pocos —porque reconocen que la tele local la ven cuatro gatos y casi no hay prensa libre que informe como correspondería—, mientras que las mociones en los plenos, se aprueben o no se aprueben, jamás se cumplen.

¿Qué hacer, entonces? Los vecinos, comprender que son la soberanía municipal y que solo haciendo política resolverán sus problemas. Los partidos, tomarse la política en serio para hacerse creíbles. Y para hacerse creíbles, lo primero es marcar un objetivo posible, aunque sea a largo plazo y, en las circunstancias actuales, el único objetivo realista pasa por terminar con este estado de cosas en la ciudad que nos está viendo sufrir. Es decir, como dicen mis amigos, ras i curt: trabajar con el exclusivo objetivo de cambiar el gobierno en las próximas elecciones municipales. Todo lo demás es anecdótico, superficial y retórico. Y ningún partido que quiera realmente cambiar l’Hospitalet lo va a conseguir con sus únicas fuerzas. Necesita las fuerzas de las demás organizaciones y, sobre todo, la fuerza politizada de la ciudadanía.

Pero ya digo que vamos muy mal, porque los vecinos no quieren oír hablar de política y los partidos no quieren oír hablar de futuro. Se conforman con el presente. Los unos porque ya viven muy bien, y los otros, porque tampoco viven tan mal.

Así que… seamos pesimistas, y pidamos, una vez más, lo imposible.

Asfixia y chulería

Ha empezado la ensalada de petición de dimisiones y la primera en la frente ha ido dirigida a Jeshusillos por lo bien que lleva lo de su concejalía de seguridad y la cosa esa de la guardia urbana que amenaza con llevarse por delante la normalidad civil y hasta la entente cordiale entre sindicalistas.

Lo de la Guardia Urbana no tiene nombre porque lo vienen arrastrando desde el 2020 cuando los agentes ya denunciaron la insuficiente plantilla para lo que la ciudad requería; la necesidad de unos salarios más dignos, teniendo en cuenta que ya entonces estaban por debajo de la media de ciudades de más de 50.000 habitantes en Catalunya, y las imprescindibles mejoras técnicas y de instalaciones profesionales. La segunda ciudad de Catalunya —solo por el número de habitantes, claro— no tiene, a día de hoy, un cuartel propio de su policía local, una policía con salarios dignos y los avances técnicos adecuados para su trabajo —tienen que poner multas, por ejemplo, con papel de calco—. Además, les pagan las horas extras y las retribuciones complementarias cuando a Recursos Humanos les da la gana y, hará un par de años se impugnó el nombramiento del superintendente —un cargo que ni siquiera tenía entonces la guardia urbana de Barcelona— por supuestas irregularidades en su elección —a cosas así en mi barrio las llaman enchufismo— y hasta la Oficina Antifraude tuvo que proteger al cabo denunciante como “informante protegido” y todavía hoy el tema está en los tribunales.

Pues bien, con este escenario, las autoridades se quejan de que el abstencionismo en el cuerpo sea del 35%, un 15% por encima de la media catalana, y para impulsarles las ganas, les acaban de dictar un decreto —con carácter indefinido— para que el jefe llame cuando le parezca a aquellos guardias que tienen el descanso correspondiente para cubrir las necesidades del servicio. O sea, ante el desaliento en el cuerpo, las ganas de irse o de coger un poco de fiebre de la plantilla —con una media cercana a los 50 años porque nadie quiere venir a sufrir a l’Hospitalet—, el susodicho Jeshusillos hace lo que mejor sabe hacer este gobierno: crearse problemas nuevos. Poner la testosterona sobre la mesa y retar al más valiente para ver quien tiene la vara de mando más larga, si Triple Q y los suyos, o los agentes con pistolilla.

Después de meses de “hay que negociar, si” sin reunirse más que con su sombra, don Jeshusillos descubrió que el 6 de septiembre empezaba la fiesta de Bellvitge y hacían falta patrullas en las calles. No las hubo, claro, y tuvo que echar mano de la Generalitat para que le prestaran unos Mossos. El presidentilla debe de estar hasta el flequillo de esta tropa y eso que dicen que fue él quien apostó por un joven con el pelo en punta, capaz de ponerse camisetas esotéricas, para conducir una ciudad caótica.

Que la realidad se impone como una losa, empiezan a descubrirlo poco a poco. La asfixia ya es notable, pero están acostumbrados a respirar el aire contaminado de una ciudad sobresaturada y hacen ver que siguen teniendo unos pulmones de oro. Pero a veces el aire se acaba, incluso el contaminado, y uno tiene dos salidas: dejar que corra el tiempo hasta mayo del 27, presentando una defensa férrea que no pueda agujerear ni la delantera del Barça —y esto siempre tiene el riesgo de que te la cuelen en el minuto final— o bien suplicando un respiro, que para el caso es reconocer que no puedes con la tarea y necesitas menos presión. La primera salida es arriesgada. La segunda, inteligente. De modo que no hay opción. Este gobierno solo puede elegir la primera.

Decía que la realidad se impone como una losa y si no, repasar lo que ocurrió en el Consell de Districte de Collblanc el martes por la tarde. Por la tarde y por la noche, porque los vecinos no se marcharon de allí hasta que los 7 u 8 concejales que asistieron, no se percataran minuciosamente de que tienen la ciudad patas arriba y a los vecinos más tiesos que nunca.

La sensación final es que los vecinos son conscientes de lo que tienen delante. Cada día más conflicto y cada día más ineficacia, negligencia y soberbia. Pues nada, a sufrir, que son dos días.

La fábula del inútil del capitán y una tripulación que hace aguas

La Capa

Luis Candelas

Dejarme que os explique una historia. Cinco naúfragos en una isla desierta. El barco que los llevaba era un barco de pasaje por la costa del Pacífico, imaginaros al norte de Victoria, en el extremo oeste de la British Columbia, un lugar paradisíaco pero algo inhóspito. El barquito se hundió porque era un catamarán demasiado decrépito y sobre todo porque el capitán era un recién salido de la academia que ya se creía un superhombre en buena medida gracias a que el jefe de la naviera le había elegido a él de entre otra docena posible. El barco hacía aguas, pero él jamás se lo creyó. Al final hizo aguas y tuvo que alcanzar la playa más próxima con otros cuatro pasajeros de última hora: uno que se había formado con él en la academia pero que se alistó a tiempo en otra naviera, aunque se subió al catamarán porque era el único que hacía la ruta que le interesaba; otro pasajero era el piloto con unos cuantos tiros dados, pero siempre en funciones secundarias; el cuarto era la propietaria de un circuito de resorts de cierto nivel y el quinto un bróker de Los Ángeles que se había embarcado un poco por casualidad y otro poco por aventura.

¿Queda claro que entre todos ellos hay pocos nexos de unión? ¿Queda claro también que ninguno de ellos tiene por qué soportar al inútil del capitán que ha contribuido con su estupidez al naufragio de la nave? ¿Queda claro que si quieren sobrevivir tendrán que ponerse de acuerdo?. Incluso si quieren sobrevivir al margen del idiota, no lo podrán hacer solos. Incluso aunque el piloto no soporte la extracción social del bróker y de la empresaria, incluso aunque el segundo capitán tolere fatal los aires exclusivistas del bróker. Está claro que entre el bróker y el piloto no puede haber, en principio, nada que les una y todo que les separe. Que entre el piloto y la empresaria se puede destilar de modo habitual más odio que comprensión, y ya no digamos entre el piloto y el bróker que seguro que ni se quieren hablar, ni se soportan sin conocerse. Pero todos ellos se necesitan, sobre todo cuando descubren que el catamarán está en pésimas condiciones de navegación, pero es lo único que les queda para salir de la isla.

Ahora que están a salvo acaban de descubrir que con todos ellos se coló el loro de la naviera que siempre hizo el trayecto en la misma nave. Es un loro intratable, de esos que no hacen más que molestar, al que no se sabe quien, enseñó a decir las verdades del barquero, nunca mejor dicho. Sabe tanto el loro, que en medio de esa nada que es una isla desierta, les dio un consejo que ninguno de ellos escuchó a la primera: el puto loro…

Para salir de ésta hay una opción posible, insistía : “olvidarse de los orígenes, de las circunstancias y de las verdades intrínsecas. Nadie debe renunciar a nada, ni siquiera a odiar por lo bajini a cualquiera de los cuatro. Se da por descontado que el tontorro del capitán no cuenta: a ese todos lo dan por perfectamente amortizado. Pero una cosa es odiar y otra cosa bien distinta agarrar el mismo remo para empujar en la misma dirección. Eso sí, el piloto no se quiere tropezar con el bróker ni por casualidad y al segundo capitán le cuesta un martirio lo mismo. La empresaria y el bróker tienen sus diferencias, pero nacieron siendo pragmáticos y morirán —sobre todo ella— con la inteligencia puesta.

El loro, que sabe latín, descubrió por sí solo que entre el segundo capitán y la empresaria puede haber un diálogo fructífero y que teniendo en cuenta que el segundo capitán y el piloto deberían poderse entender algún día y la empresaria y el bróker no tienen problemas para circular por el mismo carril, existiría una alternativa posible para la entente cordiale: que la empresaria y el segundo capitán hagan de  rótula, para que el piloto y el bróker den vueltas a gran distancia uno de otro, pero en el mismo sentido. Ellos dos pueden ponerse de acuerdo sin mucha complicación y deberían tener la habilidad suficiente para que el piloto y el bróker, que ni se van a mirar, ni falta que les hace, acuerden, cada uno con el más próximo, donde deben agarrar el remo junto con el resto, para volver a la civilización sanos y salvos.

¿Y el inútil del capitán? Ah! Ese no cuenta para salvarse y todos son conscientes. Tampoco le van a dejar morir. Cuando lleguen a puerto lo rescatarán para que nadie olvide que uno puede nacer con pocas luces, pero idiota se hace.

Que la fábula os sirva para reflexionar este verano. Cualquier parecido con la realidad hospitalense es pura coincidencia. Bones vacances y en septiembre empezamos con más fuerza, si cabe.

Afegit de la redacció de L’Estaca:

Benvolguts lectors/es:

A partir de demà 1 d’agost, la redacció de L’Estaca comença les vacances. No obstant això, per mantenir el contacte amb l’actualitat hem decidit, com ja vam fer l’any passat, mantenir el contacte amb els lectors, tots els dimarts i dijous d’aquest proper mes. Per tant, fins al 5 d’agost.

Que tingueu un bon estiu i, els que les feu, unes bones vacances.

Redacció de lestaca.com