El que pueda hacer que haga

Cuando no hay proyecto, la improvisación es obligada, pero cuando la improvisación es el proyecto, poco hay que decir. No hay problema, reivindicación, necesidad, conflicto o queja que no se solucione por parte de quien se esperan soluciones, con una retahíla de promesas, con un florido ramillete de ensoñaciones. Eso no soluciona nada, obviamente, pero sirve para ganar tiempo. Porque ganar tiempo permite ir viviendo de lo que hay, mientras todo se deteriora y hace que la gente acabe pensando que esto que existe es un desastre y que mejor será lo nuevo desconocido, que lo viejo que ya sabemos de qué va.

En ciudades como esta, a 20 meses de las próximas municipales, lo que puede ocurrir es un enigma completo. Dicen, los que analizan estas realidades que, en las sociedades más desiguales, lo que más crece es el mensaje antisistema que considera que un líder fuerte con un partido intransigente es el que mejor resuelve los problemas, aunque eso incluya comerse los derechos y martillear los deberes. A los más pobres, a los más vulnerables, a los más desiguales, parecen importarles una higa algunos conceptos gastados como la democracia, la izquierda o el progreso. Porque con eso que llaman democracia, con esos que se dicen de izquierdas, con aquellos que promulgan el progreso, su realidad no hace más que empeorar. Por eso nadie sabe lo que va a pasar en ciudades como esta, pero lo que sí parece evidente es que ya nadie es capaz de asegurar que el futuro que viene, vaya a ser como el pasado que se está yendo.

En esta ciudad de obreros temerosos, incluso en los momentos de más intensidad reivindicativa, tenía que ganar aquella izquierda que daba menos temor. Y así fue. Pero después de diez lustros, nada es seguro ya, porque aquellos obreros temerosos engendraron hijos acomodados que fueron dejando espacio a recién llegados que viven bastante peor que sus padres y que ya no se pueden creer las promesas que les envían los que siguen mandando.

Insisto en que resulta bastante insoportable el mensaje vacuo permanente. Los que mandan no saben decir otra cosa que “estamos en ello” y “lo vamos a arreglar” y así llevan años porque con palabras no se arregla nada y estar en ello requiere justamente lo que no hay: capacidad de gestión y proyecto. Pero si esto es dramático porque viene del poder, tan lacerante o más, es lo que viene de la oposición: “esto es un desastre” y “hacemos lo que podemos” resulta tan estéril, como “estamos en ello” y “lo vamos a arreglar”. Unos y otros mensajes resultan igualmente desmoralizantes y la ciudadanía ya está dando sobradas muestras de desapego. La autoorganización es costosa, lenta y desconcertante en ocasiones, pero solo la autoorganización va a poder mover las estructuras si es que poder mover las estructuras es el futuro. Porque bien podría ser que el futuro fuera que el que se mueva no salga en la foto.

Dicho lo cual, habría que insistir también aquí que “el que pueda hacer que haga” porque esto no se sostiene y alguien debiera tomar alguna iniciativa. Por ejemplo: habría que llenar los plenos a rebosar todos los meses para que se viera que la ciudadanía está implicada en el funcionamiento de la ciudad (los funcionarios, los docentes de las escuelas en conflicto, los trabajadores del transporte…). Habría que convocar reiteradas manifestaciones frente a la Casa Consistorial cada vez que se produce un deshaucio, un robo, una molestia vecinal del tipo que sea en el parque de Las Planas, en La Farga o en Famadas. Habría que boicotear cualquier acontecimiento ciudadano donde esté presente el gobierno y sus acólitos. Habría que participar activamente, preguntando y requiriendo información donde está estipulada la presencia pública organizada, en los Consells de Districte, en el Consell de Ciutat, en las taules de todo tipo. Y se debiera articular un organismo unitario de coordinación dispuesto a impulsar la protesta y la reflexión, a partes iguales.

Ya está. Lo dicho. El que pueda hacer que haga. Y el que no quiera hacer, que no moleste.

A 865 euros el minuto

Que absolutamente nada es lo que parece, lo pone de manifiesto la cosa esa del tardeo que se han inventado para el 30 de octubre en el Joventut. Cuando todo es una pantomima, un fantasmeo, un abismo de estupidez, hay que inventarse algo que parezca importante y ponerle un apelativo british para hacerlo más interesante y sugerente.

Que eso de la celebración del título de ciudad en este avispero sin horizontes donde nos agitamos y que se llama l’Hospitalet, se podía convertir en un ridículo mayúsculo, ya era bien previsible. Pero que encima la efeméride coincidiera con la toma de posesión de un equipo que hasta erizaba los pelos de los suyos, no podía presagiar nada bueno. El anuncio del alcalde, hace ahora un año, de que la Cabalgata de Reyes tendría un carromato para celebrar el centenario ya lo removió todo y, desde entonces todo ha sido un quiero y no puedo. “Quiero celebrar, porque a mí las celebraciones me ponen, pero no puedo, porque no tengo ni idea de cómo celebrarlo, ni tengo a nadie de confianza que me organice una celebración majestuosa, ni siquiera sé muy bien qué tendríamos que celebrar”. Y hasta que no se lo explicaron, no se empezó a percatar de que en adelante tendría que ir con un poco de cuidadín, porque hay cosas que no debieran celebrarse nunca y anunciar celebraciones sin consenso suele acabar mal.

Así que se aparcó calladamente lo de celebración, mandando a los propagandistas que cambiaran el apelativo de jolgorio por el de recordatorio y, en adelante, los cien años del título de ciudad se han estado conmemorando a base de paneles de fotos donde se ve el crimen cometido —el antes y el después, como para estremecerse—, sin que para nada desde el ayuntamiento se haya hablado de los criminales que lo cometieron.

El caso es que, hasta ahora, lo más destacado de la conmemoración ha sido el dinero regalado. Y ya van unas cuantas decenas de miles de euros en una ciudad que acaba de subir el IBI y donde la gente es cada día más pobre. Sería un escándalo, si no fuera porque el escándalo es la salsa donde se cuece la gestión municipal de cada día.

Ahora, reciente, a alguien se le ocurrió lo del tardeo. Al ocurrente habría que despedirlo de inmediato no solo por fantasma, sino por extraviado. Porque a nadie en su sano juicio se le ocurriría, con la que está cayendo, regalarle 78.000 euros a El Periódico para hacer un pe-tardeo sin ningún interés.

Lo primero, el invento: afterwork. Que, literalmente, quiere decir después del trabajo y que no es más que la costumbre universal de ir a tomar una copa a la salida del currele (en british, work) para seguir hablando con los colegas de temas intrascendentes que hagan olvidar la presión de quienes te exprimen, incluso, con quienes te exprimen. Aquí siempre fue el tardeo, pero tardeo suena normal y se trata de estar muy por encima de lo normal, así que le llamamos afterwork en lugar de llamarlo encuentro de coleguis, mesa redonda de amiguetes, convocatoria para no decir nada, o directamente negoci.

Que esto es lo que es el afterwork que ha organizado Quirós y los suyos. Me dicen, quienes saben de qué va la cosa, que el invento le ha costado a las arcas municipales cerca de 78.000 euros, que sumados a los 17.000 del logo copiado, se acerca ya a los 100.000 euros de regalo reconocido. En el negocio este de El Periódico, lo importante no es el acto en sí. Lo emocionante es traer hasta l’Hospitalet al rector de la UB, a la consellera de Economia y a una educadora emocional, porque el resto lo rellenan los periodistas de la casa y la estrella fulgurante es el alcalde. ¿De qué van a hablar? Pues de todo y de nada y, en cualquier caso, de nada que tenga que ver demasiado con l’Hospitalet. Cuesta imaginar cómo se va a poner en el foco del debate entre la consellera Romero y el profe Guardia, a esta desnortada ciudad; de qué van a hablar que nos emocione a los hospitalenses, el conocido periodista patrio Sálmon y la señora Gutiérrez, y quizás sí que Quirós pueda explicarle al director Sáez que vamos a tener un eje de ciudad en el intercanviador de La Torrassa, con un paseo que nos va a llevar de la Diagonal a Bellvitge pasando por Nueva York, para que se vea claramente que l’Hospitalet es la ciudad emblema de la investigación médica en Europa y que, en poco, se va a convertir en un bosque ciudadano como para darle envidia al Central Park.

Lo cierto es que la fantasmada del tardeo de octubre, les va a costar a los ciudadanos de esta mi pobre, sucia, triste y desdichada ciudad, la friolera de 865 euros el minuto, a repartir probablemente entre los charlistas, los periodistas y el ego del parlanchín. Muy caro para no decir nada y a lo mejor incluso perseguible, porque no se me ocurre peor manera de tirar un dinero que es de todos.

Dejarse llevar por el derechismo imperante

Si serán conscientes las autoridades locales de que los medios de comunicación públicos tienen poco tirón informativo, que cuando les interesa que algo se conozca de verdad lo filtran a los medios convencionales. Pasó el otro día con la carta que el alcalde Triple Q envió al ministro Bolaños y de la cual dieron cuenta La Vanguardia y otros medios y que pone el acento en la multirreincidencia como aspecto clave del crecimiento de la inseguridad ciudadana. En la carta, según reprodujeron los afortunados por la filtración, Triple Q explica que en las fiestas de Bellvitge en una sola noche se identificaron 32 personas que acumulaban en total 287 antecedentes. A un promedio de 9 delitos o faltas por cabeza, que son muchos delitos para una sola cabeza.

Parece evidente que la multirreincidencia es un problema. Pero lo cierto es que el problema de la multirreincidencia no es de ahora y que, según muchos juristas de relieve, éste es un tema tan antiguo como el derecho penal puesto que, si el derecho penal incide sobre la delincuencia, hay un tipo de delincuencia sobre la que el derecho penal tiene poco que decir. Si uno comete un delito, se enfrenta a lo que determina el código penal, pero si uno vive de cometer delitos, el código penal se queda corto. El castigo siempre actúa sobre los efectos, pero la delincuencia profesional tiene que atajarse necesariamente desde las causas porque, en la delincuencia profesional, los efectos son irresolubles, como es bien visible.

La multirreincidencia señala directamente a quienes hacen de la delincuencia de baja estofa su modus vivendi. Suelen ser rateros de poca monta que delinquen para ir tirando. En ese modo de actuar, aún resulta sorprendente que algunos tengan solo 9 delitos en los registros policiales. Lo normal sería que les hubieran pillado muchísimas más veces. Lo que parece evidente es que la existencia de delincuentes profesionales de baja estofa molesta, y mucho, a la gente normal. Y que el castigo a la multirreincidencia no puede derivar en un mayor nivel de represión y cárcel porque, en general, la represión de los efectos sirve para rehabilitar a quienes se equivocan esporádicamente, no a quienes viven de delinquir. Los que viven de delinquir tienen que encontrar alternativas que les compensen, y para encontrar alternativas que compensen a los delincuentes reincidentes, resulta imprescindible que la sociedad señale algunas otras salidas más allá del simple castigo. Por ejemplo, el trabajo social bajo un control estricto. Algo que este mundo nuestro de cada día obvia, porque resulta menos comprometido y más rápido reprimir, castigar y enviar a la cárcel.

El castigo siempre es, en estos casos, la salida más fácil y ese tipo de salidas son las que defienden los que siempre imaginan soluciones fáciles para los problemas complejos. Antes decíamos que esos movimientos eran los típicos de la extrema derecha y de una cosa un tanto extraña que han venido llamando populismos. Ahora ya vemos que hasta los alcaldes que se dicen socialistas les reclaman a los ministros que también se llaman socialistas un poco más de mano dura para los multirreincidentes. Una manera de acercarse un poquito más a la derecha simplona y a los populismos (¿) baratos.

Lo defienden gobiernos, como el de Hospi, que tienen los servicios sociales municipales abandonados. Esos servicios, a los que les corresponde dar auxilio a la ciudadanía y a los que, en una sociedad avanzada, les correspondería obligar al trabajo social a los delincuentes profesionales bajo una estricta supervisión. Si a un delincuente profesional que ha robado el bolso a docenas de ancianas se le obligara durante un año a acompañar a esas mismas ancianas a hacer la compra, acompañarlas al médico o ayudarlas en su soledad bajo vigilancia permanente, probablemente acabarían entendiendo que no se puede convertir en una profesión habitual hacer daño a la gente más vulnerable. Y si después de ese ejercicio de empatía obligada volvieran a delinquir, ya no estaríamos hablando de delincuentes profesionales sino de psicópatas sociales. Y esa es otra figura que reclama otros tratamientos y otras soluciones.

Por último, la multirreincidencia ni es cosa de ahora, ni es exclusiva de l’Hospitalet. Pero por supuesto que si una sociedad desacredita a quienes por ley la tienen que defender, el principal problema está en quien desacredita, no en los desacreditados. El gobierno local tiene a la ciudad patas arriba porque ha dado la espalda a su fuerza policial desde hace años. Y una ciudad que tiene encrespada a la policía local y abandonados a los servicios sociales, crea unas condiciones idóneas para la delincuencia habitual. Ni una cosa ni la otra la puede resolver Bolaños. La tiene que resolver Triple Q y sus amigos. Y si no saben, que pidan ayuda. Pero no para castigar: para gobernar con criterio. Claro que, para eso, lo primero es tener criterio…

Lo peor es —encima, sin darse mucha cuenta—, acercarse a los planteamientos de la derecha extrema. Dejarse llevar, de alguna manera, por el derechismo imperante.

Ser pesimistas para pedir lo imposible

Cuando un montón de vecinos cabreados convocan una manifestación afirmando que es apolítica, sea cual sea la razón de la protesta o la razón del apoliticismo, es que nos hemos perdido en el desconcierto. Cualquier cabreo colectivo tiene una razón política y cualquier afirmación de apoliticismo o es interesada o es estúpida, y en ambos casos supone un peligro para una consciencia ciudadana sana y libre.

Los convocantes de la protesta vecinal del otro día insistían mucho en que no iban contra el Ayuntamiento sino contra el drama de la inseguridad, obviando que la inseguridad es una consecuencia directa de la ausencia de una gestión de calidad de los asuntos públicos y esa es una función exclusiva de la política local y supralocal. Lograron lo que muchos son incapaces de lograr, que miles de vecinos hastiados por la falta de respuesta salieran a la calle y se dirigieran, apolíticamente, para concentrarse en el único lugar donde la política tiene su razón de ser: el Ayuntamiento. Allí nos gobiernan o nos desgobiernan a todos los ciudadanos, y ellos y solo ellos, son los causantes directos del descontrol de la seguridad.

Los vecinos, que se autoconvocaron por wasapp según explicaban, y a través de carteles que los comerciantes del barrio distribuían y difundían, hace ya muchos meses que vienen sintiendo la angustia de vivir en una zona de riesgo. Los comerciantes ya se han quejado de viva voz en los plenos municipales reiteradamente, reclamando lo que parece imposible que se pueda reclamar: que el gobierno local dote a las calles de la seguridad imprescindible para poder vivir. Y desde hace muchos meses, este gobierno local no solo no ha remediado el problema, sino que lo sigue agravando manteniendo enquistado el conflicto con la Guardia Urbana y desprotegiendo a la ciudadanía sin garantizarle sus mínimos derechos ciudadanos.

Ese dato, sería suficiente, no solo para convocar una manifestación absolutamente política, sino para exigir la dimisión del alcalde y de su incapacitado equipo de gobierno. Por eso vamos muy mal. La convocatoria ha sido un éxito de gente, pero un fracaso de mensaje. Por lo que explicaban en la mani, lo que no querían era que los partidos se apropiaran del éxito de la convocatoria, como si concentrar a miles de vecinos cabreados fuera algo de lo que enorgullecerse. Ya quisieran los partidos vanagloriarse de concentrar a tanta gente, aunque fuera un ejército de cabreados. Todos dicen representar a la ciudadanía, pero por lo visto, la ciudadanía no quiere representantes. Aunque vayan, o no vayan a votar cuando toca, los representantes se sientan en aquellos escaños y viven de sus impuestos, más que bien.

Si la mani fue un éxito, es precisamente porque los partidos han perdido el hábito de convocar protestas. Los que gobiernan prefieren hacer fiestitas para los suyos con las dosis de autocomplacencia que les caracteriza y a los que les gustaría gobernar, hacer ruedas de prensa, enviar notas de prensa y hacer mociones, sabiendo como saben, que lo que digan solo lo verán o escucharán unos pocos —porque reconocen que la tele local la ven cuatro gatos y casi no hay prensa libre que informe como correspondería—, mientras que las mociones en los plenos, se aprueben o no se aprueben, jamás se cumplen.

¿Qué hacer, entonces? Los vecinos, comprender que son la soberanía municipal y que solo haciendo política resolverán sus problemas. Los partidos, tomarse la política en serio para hacerse creíbles. Y para hacerse creíbles, lo primero es marcar un objetivo posible, aunque sea a largo plazo y, en las circunstancias actuales, el único objetivo realista pasa por terminar con este estado de cosas en la ciudad que nos está viendo sufrir. Es decir, como dicen mis amigos, ras i curt: trabajar con el exclusivo objetivo de cambiar el gobierno en las próximas elecciones municipales. Todo lo demás es anecdótico, superficial y retórico. Y ningún partido que quiera realmente cambiar l’Hospitalet lo va a conseguir con sus únicas fuerzas. Necesita las fuerzas de las demás organizaciones y, sobre todo, la fuerza politizada de la ciudadanía.

Pero ya digo que vamos muy mal, porque los vecinos no quieren oír hablar de política y los partidos no quieren oír hablar de futuro. Se conforman con el presente. Los unos porque ya viven muy bien, y los otros, porque tampoco viven tan mal.

Así que… seamos pesimistas, y pidamos, una vez más, lo imposible.

Asfixia y chulería

Ha empezado la ensalada de petición de dimisiones y la primera en la frente ha ido dirigida a Jeshusillos por lo bien que lleva lo de su concejalía de seguridad y la cosa esa de la guardia urbana que amenaza con llevarse por delante la normalidad civil y hasta la entente cordiale entre sindicalistas.

Lo de la Guardia Urbana no tiene nombre porque lo vienen arrastrando desde el 2020 cuando los agentes ya denunciaron la insuficiente plantilla para lo que la ciudad requería; la necesidad de unos salarios más dignos, teniendo en cuenta que ya entonces estaban por debajo de la media de ciudades de más de 50.000 habitantes en Catalunya, y las imprescindibles mejoras técnicas y de instalaciones profesionales. La segunda ciudad de Catalunya —solo por el número de habitantes, claro— no tiene, a día de hoy, un cuartel propio de su policía local, una policía con salarios dignos y los avances técnicos adecuados para su trabajo —tienen que poner multas, por ejemplo, con papel de calco—. Además, les pagan las horas extras y las retribuciones complementarias cuando a Recursos Humanos les da la gana y, hará un par de años se impugnó el nombramiento del superintendente —un cargo que ni siquiera tenía entonces la guardia urbana de Barcelona— por supuestas irregularidades en su elección —a cosas así en mi barrio las llaman enchufismo— y hasta la Oficina Antifraude tuvo que proteger al cabo denunciante como “informante protegido” y todavía hoy el tema está en los tribunales.

Pues bien, con este escenario, las autoridades se quejan de que el abstencionismo en el cuerpo sea del 35%, un 15% por encima de la media catalana, y para impulsarles las ganas, les acaban de dictar un decreto —con carácter indefinido— para que el jefe llame cuando le parezca a aquellos guardias que tienen el descanso correspondiente para cubrir las necesidades del servicio. O sea, ante el desaliento en el cuerpo, las ganas de irse o de coger un poco de fiebre de la plantilla —con una media cercana a los 50 años porque nadie quiere venir a sufrir a l’Hospitalet—, el susodicho Jeshusillos hace lo que mejor sabe hacer este gobierno: crearse problemas nuevos. Poner la testosterona sobre la mesa y retar al más valiente para ver quien tiene la vara de mando más larga, si Triple Q y los suyos, o los agentes con pistolilla.

Después de meses de “hay que negociar, si” sin reunirse más que con su sombra, don Jeshusillos descubrió que el 6 de septiembre empezaba la fiesta de Bellvitge y hacían falta patrullas en las calles. No las hubo, claro, y tuvo que echar mano de la Generalitat para que le prestaran unos Mossos. El presidentilla debe de estar hasta el flequillo de esta tropa y eso que dicen que fue él quien apostó por un joven con el pelo en punta, capaz de ponerse camisetas esotéricas, para conducir una ciudad caótica.

Que la realidad se impone como una losa, empiezan a descubrirlo poco a poco. La asfixia ya es notable, pero están acostumbrados a respirar el aire contaminado de una ciudad sobresaturada y hacen ver que siguen teniendo unos pulmones de oro. Pero a veces el aire se acaba, incluso el contaminado, y uno tiene dos salidas: dejar que corra el tiempo hasta mayo del 27, presentando una defensa férrea que no pueda agujerear ni la delantera del Barça —y esto siempre tiene el riesgo de que te la cuelen en el minuto final— o bien suplicando un respiro, que para el caso es reconocer que no puedes con la tarea y necesitas menos presión. La primera salida es arriesgada. La segunda, inteligente. De modo que no hay opción. Este gobierno solo puede elegir la primera.

Decía que la realidad se impone como una losa y si no, repasar lo que ocurrió en el Consell de Districte de Collblanc el martes por la tarde. Por la tarde y por la noche, porque los vecinos no se marcharon de allí hasta que los 7 u 8 concejales que asistieron, no se percataran minuciosamente de que tienen la ciudad patas arriba y a los vecinos más tiesos que nunca.

La sensación final es que los vecinos son conscientes de lo que tienen delante. Cada día más conflicto y cada día más ineficacia, negligencia y soberbia. Pues nada, a sufrir, que son dos días.

La fábula del inútil del capitán y una tripulación que hace aguas

La Capa

Luis Candelas

Dejarme que os explique una historia. Cinco naúfragos en una isla desierta. El barco que los llevaba era un barco de pasaje por la costa del Pacífico, imaginaros al norte de Victoria, en el extremo oeste de la British Columbia, un lugar paradisíaco pero algo inhóspito. El barquito se hundió porque era un catamarán demasiado decrépito y sobre todo porque el capitán era un recién salido de la academia que ya se creía un superhombre en buena medida gracias a que el jefe de la naviera le había elegido a él de entre otra docena posible. El barco hacía aguas, pero él jamás se lo creyó. Al final hizo aguas y tuvo que alcanzar la playa más próxima con otros cuatro pasajeros de última hora: uno que se había formado con él en la academia pero que se alistó a tiempo en otra naviera, aunque se subió al catamarán porque era el único que hacía la ruta que le interesaba; otro pasajero era el piloto con unos cuantos tiros dados, pero siempre en funciones secundarias; el cuarto era la propietaria de un circuito de resorts de cierto nivel y el quinto un bróker de Los Ángeles que se había embarcado un poco por casualidad y otro poco por aventura.

¿Queda claro que entre todos ellos hay pocos nexos de unión? ¿Queda claro también que ninguno de ellos tiene por qué soportar al inútil del capitán que ha contribuido con su estupidez al naufragio de la nave? ¿Queda claro que si quieren sobrevivir tendrán que ponerse de acuerdo?. Incluso si quieren sobrevivir al margen del idiota, no lo podrán hacer solos. Incluso aunque el piloto no soporte la extracción social del bróker y de la empresaria, incluso aunque el segundo capitán tolere fatal los aires exclusivistas del bróker. Está claro que entre el bróker y el piloto no puede haber, en principio, nada que les una y todo que les separe. Que entre el piloto y la empresaria se puede destilar de modo habitual más odio que comprensión, y ya no digamos entre el piloto y el bróker que seguro que ni se quieren hablar, ni se soportan sin conocerse. Pero todos ellos se necesitan, sobre todo cuando descubren que el catamarán está en pésimas condiciones de navegación, pero es lo único que les queda para salir de la isla.

Ahora que están a salvo acaban de descubrir que con todos ellos se coló el loro de la naviera que siempre hizo el trayecto en la misma nave. Es un loro intratable, de esos que no hacen más que molestar, al que no se sabe quien, enseñó a decir las verdades del barquero, nunca mejor dicho. Sabe tanto el loro, que en medio de esa nada que es una isla desierta, les dio un consejo que ninguno de ellos escuchó a la primera: el puto loro…

Para salir de ésta hay una opción posible, insistía : “olvidarse de los orígenes, de las circunstancias y de las verdades intrínsecas. Nadie debe renunciar a nada, ni siquiera a odiar por lo bajini a cualquiera de los cuatro. Se da por descontado que el tontorro del capitán no cuenta: a ese todos lo dan por perfectamente amortizado. Pero una cosa es odiar y otra cosa bien distinta agarrar el mismo remo para empujar en la misma dirección. Eso sí, el piloto no se quiere tropezar con el bróker ni por casualidad y al segundo capitán le cuesta un martirio lo mismo. La empresaria y el bróker tienen sus diferencias, pero nacieron siendo pragmáticos y morirán —sobre todo ella— con la inteligencia puesta.

El loro, que sabe latín, descubrió por sí solo que entre el segundo capitán y la empresaria puede haber un diálogo fructífero y que teniendo en cuenta que el segundo capitán y el piloto deberían poderse entender algún día y la empresaria y el bróker no tienen problemas para circular por el mismo carril, existiría una alternativa posible para la entente cordiale: que la empresaria y el segundo capitán hagan de  rótula, para que el piloto y el bróker den vueltas a gran distancia uno de otro, pero en el mismo sentido. Ellos dos pueden ponerse de acuerdo sin mucha complicación y deberían tener la habilidad suficiente para que el piloto y el bróker, que ni se van a mirar, ni falta que les hace, acuerden, cada uno con el más próximo, donde deben agarrar el remo junto con el resto, para volver a la civilización sanos y salvos.

¿Y el inútil del capitán? Ah! Ese no cuenta para salvarse y todos son conscientes. Tampoco le van a dejar morir. Cuando lleguen a puerto lo rescatarán para que nadie olvide que uno puede nacer con pocas luces, pero idiota se hace.

Que la fábula os sirva para reflexionar este verano. Cualquier parecido con la realidad hospitalense es pura coincidencia. Bones vacances y en septiembre empezamos con más fuerza, si cabe.

Afegit de la redacció de L’Estaca:

Benvolguts lectors/es:

A partir de demà 1 d’agost, la redacció de L’Estaca comença les vacances. No obstant això, per mantenir el contacte amb l’actualitat hem decidit, com ja vam fer l’any passat, mantenir el contacte amb els lectors, tots els dimarts i dijous d’aquest proper mes. Per tant, fins al 5 d’agost.

Que tingueu un bon estiu i, els que les feu, unes bones vacances.

Redacció de lestaca.com

La desvergüenza

Ciudadanía en general: siento decepcionaros. Y eso que muchos lectores me dicen que no les decepciono, que simplemente les cabreo porque solo pongo el ojo en lo feo y nunca sonrío al futuro. Esta vez os voy a cabrear todavía más porque para quienes tenían algunas esperanzas sobre los que parece que mandan, las voy a eliminar de una tacada. Estos, no tienen arreglo. Hasta los chicos de L’Estaca y de FIC se creyeron aquello de la mano tendida que el alcalde dijo y redijo el día del pleno extraordinario. Era mentira. Triple Q y su equipo van a la suya… y a la deriva, que es la única tabla de salvación que nos queda a los habitantes de esta maltratada ciudad.

Solo voy a dar dos datos para que os hagáis una idea de la indignidad. El primero. Acaban de anunciar que van a licitar una serie de contratos para poner velas en 32 áreas infantiles de la ciudad gastándose 1.400.000 euros, con el objetivo de cubrir algo más de la mitad de las superficies del sol aterrador de estos meses. Estamos a mediados de julio, empiezan ahora la licitación y las velas estarán para ponerse sobre el mes de noviembre y diciembre que es cuando el verano está en su punto álgido, por eso l’Hospitalet está tan cerca de Sao Paulo. Y no se les cae la cara de vergüenza ni un milímetro, porque no la tienen. Y como ellos cuando tienen calor se meten en sus despachos, comprenden perfectamente que los habitantes de esta desgraciada ciudad necesiten unas velas en diciembre para soportar el calor de este verano.

El segundo: acaban de anunciar que l’Hospitalet tendrá en tres años y pico —que siempre serán cinco— 131 pisos de alquiler asequible en dos solares que el Ayuntamiento regaló al Àrea Metropolitana —y del que dieron noticia puntual en este digital—. Sobre todo, porque a l’Hospitalet le sobran solares y especialmente, le sobran solares para construir más viviendas porque aquí lo que tenemos de más son parques y jardines y avenidas y grandes zonas de arbolado y espacios deportivos. Acaban de anunciar, como un éxito, que ya se han estudiado a fondo los proyectos. Y han tenido la desvergüenza de explicarlos. Punto 1. Se trata de edificios de siete pisos de altura. O sea, más bloques en la ciudad de los bloques (Por cierto, pasearos por los barrios recientes de ciudades como El Prat, Sant Boi o Cornellà, aquí pegados: lo que construyen no pasa de 4 alturas). Punto 2. Se trata de infraviviendas de una o dos habitaciones que van de 43 a 67 metros cuadrados. Como están pensados para los pobres, con ese espacio tienen de sobra porque van a vivir en una ciudad diseñada y construida para gozar del aire libre, toda verde, sin contaminación y con unos servicios excelentes.

El equipo de triple Q no tiene vergüenza, pero la AMB donde están todos los partidos, los del gobierno y los de la oposición, tampoco. Y ya va siendo hora de que alguien lo diga. De hecho, me encantó el otro día la información de este digital sobre Moventis donde se explicaba que la AMB contrató a la empresa más barata para transportar a los pobres de l’Hospitalet y ahora hacen ver que se echan las manos a la cabeza con el desastre.

Eso sí. Triple Q anunció en el pleno de la carcajada del 1 de julio que van a poner en marcha una Oficina Municipal d’Habitatge —debe haber cola de amiguetes que buscan un sueldo estilo Pedralbes— a la que los pobres tendrán que acudir para solicitar casa. Si esa oficina municipal va a funcionar como la mayoría de oficinas municipales de l’Hospitalet, donde los trámites se acaban alargando meses, si no años, las casas estarán acabadas en el 2030 pero sus habitantes están estudiando ahora mismo primero de ESO.

No hay mano tendida. No se pacta nada. No hay voluntad de revertir las barbaridades diseñadas en los gobiernos precedentes. No hay instinto para la colaboración. Lo que hay es lo de siempre, engaño y palabrería con el objetivo de que vayan pasando los meses hasta conseguir la mayoría absoluta que les permita acabar de destruir la ciudad sin que por lo menos que nadie les tosa. Y mientras tanto, a ver si hay algún incauto que les ayude otra vez a aprobar los presupuestos…

No escuchan. No nos defienden. No nos representan. No existimos para ellos. Como decía aquel filonazi: el que pueda hacer que haga, pero en el buen sentido de la palabra hacer. Aunque me temo, que ya está siendo algo tarde para hacer algo. Es lo que tiene la desvergüenza, que paraliza.

Chicos, o rectificación o calvario

Triple Q hacía muy mala cara en el pleno municipal del miércoles 25. Y no es habitual. Es un personaje sonriente que pensó en algún momento que humanismo venía de humo y no de humano, y por eso dijo aquello de menos urbanismo y más humanismo como si acabara de descubrir su mensaje de futuro para una ciudad que lleva años en la senda del caos y está llegando a las puertas del infierno. Y no solo por el calor, que en las calles de este pueblo derrite el asfalto porque apenas hay sombras que amortigüen el sol.

Las cosas no acaban de ser, un año después, como pensaba que eran y sospecho que empieza a descubrir que le metieron en un lío, interesante pero excesivo, para sus fuerzas. La Marín sabía lo que se hacía, pero el Belver todavía más. Cada equipo de gobierno, desde que mandan los de siempre, ha ido haciendo lo que le apetecía, dejando los sapos para el siguiente y el siguiente es Tripe Q que se está poniendo seriecito porque todo parece caerle encima.

Un poco como al niño Sánchez, al que adoro, porque es la imagen misma de la resistencia y se crece con las cabronadas del destino y las suyas propias. Solo que Sánchez no solo resiste, sino que flota, y eso no es por azar. Es, un poco por inteligencia, y otro poco por baraka. Triple Q se pensaba que tenía baraka cuando Illa lo señaló con el dedito, pero ahora empieza a pensar que necesitaría ese otro poco de Sánchez y no sabe dónde encontrarlo.

Cuando uno se encuentra rodeado, tiene dos alternativas claras para no soportar lo peor: meter la cabeza en un agujero y dejar de ver y de oír, o poner cara de tío listo y pactar un pasillo. A veces uno tiene la cabeza tan dura que no hay manera de soterrarla y la otra alternativa se le impone sola. Pero en ese último caso, el rostro tiende a ponerse sombrío porque para pactar también hay que tener perspectiva y no se puede pactar e ir de matón a la vez.

Otra cosa es que puedes no sentirte rodeado porque, o no lo percibes, o los que te rodean te explican que no te rodea nadie, ni siquiera ellos. Visto desde lejos, hace un año Triple Q no estaba rodeado sino contento. Pero ahora me parece que está rodeado y triste, aunque todo eso es igual porque cuando uno tiene alma de invencible aguanta lo que le echen.

No se puede andar por la vida defendiendo esto y lo contrario, porque no te creen. Los hay que piensan que como estamos embobados por los tik toks y los influencers y las mentiras de la IA, se nos pueden ir metiendo con calzador las fantasmadas, porque los zapatos son estrechos pero flexibles. Y no. Cuesta que te crean que acabas de abrir una web participativa la misma semana que prohíbes la palabra en el pleno a dos colectivos, que defiendes menos urbanismo y no paras de regalar parcelas para construir viviendas o que vas a arreglar el Samontá cuando lo que vas a hacer es comerte el único palmo de tierra libre que le queda a este pueblo.

Empeñarse en considerar que los que no están de acuerdo con tus criterios es que te quieren mal, equivale a sostener que cuando te suspenden en un examen es porque quieren joderte. No chico, hay cosas que se hacen mal de acuerdo con el sentido común. Y de acuerdo con el sentido común, en una ciudad donde vive más gente de la que cabe, ocupar más territorio en lugar de evitar que se llene, es conseguir un 0 en un examen. Quizás estaría bien que alguien pensara por un momento que puede que los suyos y él mismo no tengan toda la razón y que estaría bien compartir ideas y escuchar opiniones contrarias. Eso abre el espíritu y el conocimiento. Ayuda a no equivocarse y a ser un poco más feliz.

Puede que el que se equivoque sea yo y la mala cara de Triple Q el día del pleno no fuera por tristeza sino por desprecio. Podría ser. No tengo una máquina que registre el cinismo. Lo veremos en el futuro si hay rectificación o perseverancia. Si hay perseverancia todo irá a peor, porque si no hay rectificación habrá calvario.

El boicot

Algunos me han dicho que, conociéndome, todavía no entienden como el Candelas ha sido tan discreto en el tema de la diatriba existencial de los medios de comunicación que pusieron en el estercolero a un miembro de FIC al que se le ocurrió decir en voz alta lo que muchos pensaban.

La cosa ocurrió en marzo si no me voy de fechas, y lo que muchos pensaban es que, en el fondo —y no en las formas—, el sentido de la información en esta ciudad —y en todas donde no hay control social— trabaja en beneficio del poder. Vaya descubrimiento, Candelas, dirán algunos. Esto es de la época de Goebbels… ¿o no te acuerdas de la Prensa del Movimiento? Pues la prensa del movimiento de la democracia es la que se beneficia de los recursos del poder o la que el propio poder crea, sostiene y alimenta. O sea, de los periódicos generalistas que viven gracias a las subvenciones y los favores, y de los medios de los gobiernos locales que viven del presupuesto.

Lo que muchos pensaban y siguen pensando es que, en esos casos referidos, se utiliza el trabajo del periodista en beneficio del gobierno. Y por eso, muchos que son críticos con el poder insisten siempre en que los periodistas que controla, son gente honrada que hace lo que debe, pero que quienes los utilizan saben perfectamente lo que se hacen.

Separan a los profesionales de quienes los utilizan, de un modo tan automático y superficial, que da para reflexionar. También los generales usan a los soldados en la guerra, pero si no hubiera soldados no habría guerras, porque los generales no saben combatir: lo que saben es mandar. Seguro que los soldados son unos mandados, pero son los que matan. Dejará de haber guerras el día que los soldados se rebelen, que pongan en cuestión su docilidad. O sea, no dejará de haber guerras. Y, salvando las inconmensurables distancias, la mayor parte del periodismo seguirá sirviendo al poder porque no hay mejor respuesta cómplice que la necesidad de comer cada día.

También se puede ser periodista y poner en cuestión al poder: muchos lo hacen y no se mueren de hambre. Antes, algunos dejaban el periodismo (o el periodismo los dejaba a ellos). Hoy, por fortuna, la tecnología permite un periodismo más independiente y con capacidad de influir —que es el auténtico periodismo que cambia actitudes— y podemos tener la esperanza de que se fortalezca en el futuro inmediato.

La reflexión viene a cuento porque en el pleno del último martes de mayo, los chicos y chicas de FIC sirvieron su discurso mensual en esta ocasión para recordarle al gobierno que llevan medio año —por escarmiento, como explicó su portavoz— sin activar el organismo de dirección de los medios públicos de comunicación, porque no quieren dejar en manos de la pluralidad, sus instrumentos de control de la información y de la opinión de los hospitalenses. Y para poner el acento donde más convenía, el portavoz socialista puso sobre la mesa la insidia de que un representante de FIC dijera que un periodista local había grabado un acto crítico con el poder local para que este lo pudiera conocer a distancia, en una burda maniobra de desprestigio para socavar el razonamiento principal: que el gobierno local no quiere un instrumento de dirección que no controle absolutamente. Por cierto, que la insidia ya fue suficientemente aclarada en su día (no se acusaba al periodista sino a quien presuntamente le hubiera ordenado) pero da igual: calumnia, que algo queda.

Era evidente que no había acusación en concreto en el hecho sospechoso, pero eso era lo de menos. A los soldados no les gusta que les recuerden que hacen la guerra, aunque se señalen las armas de fuego que ellos no han construido y a quienes señalan las estrategias. Se sienten aludidos, aunque se interpele a los generales y a los fabricantes. No es nada cómodo advertir que, aunque critiquen a tu jefe, sientes que eres tú quien dispara los tiros.

El martes del pleno, la representante de FIC fue mucho más al grano. Le dijo al alcalde a la cara que no quiere obstáculos en el control del periodismo que se hace aquí y que eso dice muy poco de su espíritu democrático. Sigue sin entender que no tiene mayoría absoluta —que es lo que más siente—, porque si tuviera mayoría absoluta no permitiría la menor discrepancia, como han hecho todos los alcaldes socialistas de esta ciudad que le han precedido. Es lo que anunció como objetivo en el último mitin que hizo con los militantes socialistas porque es, efectivamente, lo que más le preocupa.

Pero la representante de FIC fue más allá: interpeló al gobierno, pero interpeló también a la oposición. Le dijo a la oposición que en una ciudad con 14 votos de 27 se pueden cambiar dinámicas. Para cambiar dinámicas hay dos maneras de actuar: la primera es ejerciendo el voto mayoritario cada vez que haya coincidencia. Pero la segunda es todavía más importante y quizás debieran empezar a reflexionarla: cuando pese a los votos es imposible modificar la norma porque la norma existe, o derogas la norma, o la boicoteas. En democracia es legítimo imponer el sentido común sobre la irracionalidad. Y el boicot no es un pecado democrático. Es también un derecho.

¿Qué ocurriría si unos medios de comunicación sin control se convirtieran de pronto en unos desconocidos para todos nosotros? ¿Qué ocurriría si se le dieran la espalda? ¿Qué ocurriría si ni partidos políticos, ni sindicatos, ni entidades, ni particulares se sintieran interlocutores de esos medios? ¿Qué ocurriría si los grupos municipales se sintieran ajenos a cualquier respuesta institucional, excepto las que tienen que ver con la participación y el control gubernamental, hasta que no se les haga caso?

Era absolutamente impensable que el boicot lo ejerciera precisamente el equipo de gobierno. Y es lo que hizo en el último pleno municipal: boicoteó el apartado de las mociones… porque se encuentra en minoría. ¿No tendría mucho mayor sentido que el boicot lo ejerciera una oposición que es mayoritaria, pero se ve impedida de ejercer su mayoría?

Probablemente no hacen falta muchos acuerdos entre grupos distintos. El boicot solo es boicot.

Consultar aquí , el escrito de la representante de FIC sobre el Consell Executiu i el escarmiento que ejerce el gobierno local.

Joan Saura: el alcalde que aquí hacía falta

Joan Saura.

Este jueves hace 75 años y el socialista Illa le ha querido regalar una cruz, seguramente para contrarrestar la más dolorosa de todas: la cruz de una salud precaria que pese a todo le mantiene lúcido y consecuentemente crítico. Dicen, quienes le siguen tratando de cerca, que no ha perdido el interés por su ciudad pese a que hace un siglo que no vive en ella, aunque cuando las raíces se hunden en un territorio no hay quien elimine el rastro. Y ese también tiene que ser su caso.

Estamos hablando, ya lo habréis descubierto, de Joan Saura Laporta, flamante Creu de Sant Jordi 2025, una Creu de Sant Jordi que nos toca de cerca porque Saura sigue siendo un hospitalense ilustre y no porque haya sido concejal, diputado provincial, diputado en el Parlament, presidente de una izquierda a la izquierda del PSOE y finalmente Conseller en un gobierno tripartito presidido por Maragall. Es un hospitalense ilustre porque descubrió que para avanzar hay que organizarse y contribuyó notablemente a que l’Hospitalet se organizara cuando más falta hacía. Empezó en La Florida, en la Asociación de Vecinos, pero muy pronto observó que no había suficiente con la reivindicación vecinal, que era imprescindible hacer política.

Se hizo comunista cuando ser comunista te enviaba a la cárcel, pero sobre todo se hizo un dirigente y para ello contaba con dos capacidades singulares: dominar la realidad, a base de estudiar lo que estaba pasando contrastando datos con detenimiento y pasión, y cuajar equipos humanos de forma muy coyuntural, es decir, en función de los momentos. No para siempre.

L’Hospitalet en aquellos años 70 necesitaba una organización efectiva y un cierto liderazgo trabajado. Se movió con finura y eficacia en los ambientes de los nuevos comunistas jóvenes sin dejar de lado el prestigio combativo de los veteranos obreros comunistas y fue capaz de tejer un comité local del PSUC capaz de aglutinar decenas de militantes, que llegaron a centenares a finales de los 70 y que alcanzaron casi los dos mil justo en el momento culminante de las primeras elecciones democráticas del Consistorio.

Quienes vivieron desde dentro aquellos años cuentan a quienes quieren escucharlo que Saura, que era el responsable político del PSUC local, el máximo dirigente del partido en l’Hospitalet, era indiscutiblemente la persona llamada a encabezar la candidatura. Fue el número 2 porque el entonces secretario general del partido en Catalunya consideró que, en una ciudad como l’Hospitalet, constituida mayoritariamente por emigrantes, un paladín de los emigrantes que se había hecho famoso por sus libros, sería un candidato más conocido y por lo tanto más votado. Estaba claro que Antonio Gutiérrez Díaz, el Guti, tenía algunas ideas de política, pero ignoraba el trabajo de Saura y de unos cuantos más como él, en la ciudad. Paco Candel era conocido en la ciudad, pero le faltaba mucho para ser tan reconocido como lo era Saura entonces.

Al final Candel no llegaría a ser alcalde de l’Hospitalet por muy poco. No vivía en la ciudad y la conocía de lejos y, sobre todo, nunca tuvo interés por la política. Saura vivía en la ciudad, la conocía de cerca y la política era el fluido que corría por sus venas. Mal hubiera ido que Candel fuera el primer alcalde democrático. Casi tan mal probablemente como lo fue que el primer alcalde democrático fuera Pujana. Pujana fue alcalde porque la ciudadanía de l’Hospitalet en 1979 era, en muy buena parte, aquella masa de proletarios domesticados por el franquismo que seguían pensando que el comunismo era un yugo, peor que el que acompañaba al escudo de la España del Movimiento.

El PSUC de Saura y de aquellos 2.000 militantes con carnet eran muchísimos, pero seguían siendo una minoría muy minoritaria en votos. Saura hubiera necesitado con aquel ritmo unos pocos años más, para convencer a los que se estaban convenciendo tan poco a poco, de que el comunismo que se defendía nada tenía que ver con Stalin y los suyos. Y hubiera necesitado unas cuantas opiniones menos que intentaban convencerle que lo mejor para l’Hospitalet era lo que decidían en Barcelona. Como ha ocurrido siempre.

El miedo, y no otra cosa, dictó la marca del gobierno municipal. Y la coyuntura, y no otra cosa, dictó el declive del comunismo local. Una coyuntura que apostó por la política institucional y por la desmovilización ciudadana, que fue de mal en peor hasta el desastre total. Saura fue una víctima de las circunstancias, pero también el máximo responsable de los errores cometidos. Y no por él, sino por el signo de los tiempos, que anunciaban otros métodos de hacer política que ya nada tenían que ver con la motivación civil y la capacidad reivindicativa. Cuatro años después del primer desastre, Saura encabezó una nueva campaña municipal con un eslogan que se hizo estruendosamente famoso: “Aquí lo que hace falta es un alcalde”. Y el alcalde para entonces ya tenía que ser él porque era evidente que en l’Hospitalet lo que hacía falta era realmente un alcalde después de aquel primer mandato, pero también una organización eficaz, comprometida y amplia, cuando lo que quedaba por entonces era poco menos que un partido diezmado, nepotista y menguante.

Y hasta aquí. Joan Saura i Laporta se hubiera merecido ser alcalde de esta ciudad. Todavía mejor: l’Hospitalet se hubiera merecido que Joan Saura fuera su alcalde. Probablemente esta ciudad no sería la misma. No fue su alcalde porque el franquismo instaló el temor en la conciencia desmovilizada de los pobres. Y movilizar a los pobres es una tarea lenta, compleja y llena de penalidades y contradicciones. Ahora le han entregado la Creu de Sant Jordi. Intenta premiar la labor cívica de los homenajeados. Si es por ello, merecida la tiene, y el Candelas lo felicita en la distancia. En todas las distancias.