Cuando se terminan los argumentos empiezan las críticas inútiles. Es un espectáculo deplorable que Comuns y Vox se tiren pedradas teóricas, unos defendiendo la prioridad nacional y los otros aprovechando cualquier ocasión para llamarles fachas. En l’Hospitalet, donde la prioridad nacional es que su ciudadanía viva en un municipio soportable y donde los fachas tienen la misma influencia —de momento— que un grano de trigo en un silo inmenso.
Se aprovecha el debate inícuo y preñado de tópicos por todos lados, mientras cada uno vota lo que le sale del corcho superior y el gobierno gana todas las votaciones. Es igual, porque si las perdiera tampoco pasaría nada. La cuestión es que mientras se entretienen con jaculatorias manidas, nadie sabe en realidad qué hacer. El equipo del instagramer Quirós marea la perdiz hasta que ésta se vuelve turulata y el tiempo va pasando y todos cobran a final de mes. Si esto es la democracia, habría que defender la república de los soviets. Por lo menos aquello estaba lleno de fantasías y todos se llamaban camaradas hasta que uno se cabreaba de lo lindo y borraba a los demás de la foto cuando todavía no existía Photoshop, que ahora es más fácil.
Lo dicho. La ciudad no resiste las sucesivas meteduras de pata de un equipo absolutamente desorientado y quienes tendrían que buscar un horizonte se pelean entre sí para ver quien de ellos es más de izquierdas o más de derechas, o más de izquierdas de boquilla y más de derechas de actuación, más favorable a los vecinos, más defensor de los vulnerables, aunque eso les haga entrar en contradicciones flagrantes. Todo eso es un espectáculo: unos hablando de los áticos de la Ayuso y los otros de la desaparición de comparativas en el portal de transparencia de la Generalitat desde que manda el Presidentilla. Todos como el instagramer Quirós mareando la perdiz, dejando que el tiempo vaya pasando… y cobrando a final de mes.
Si cobrar a final de mes dependiera de encontrar alternativas al drama que vive esta ciudad, habría unos cuantos reflexionando en grupo para ver cómo se trabaja el futuro. A ver, reflexionando en grupo quiere decir reflexionando con los propios y con los ajenos porque la verdad no tiene propietarios sino trabajadores. La verdad no se compra ni se vende. Se elabora, se mastica lentamente, se comparte como el chicle cuando éramos niños, se defiende a la vez que se modifica, con paciencia, con criterio, con inteligencia.
Ha cuajado la idea de que una sociedad es perfectamente gobernable cuando solo mandan unos. La sociedad se vuelve ingobernable cuando hay muchas opiniones sobre la mesa, únicamente porque alguien tiene que poner orden y fijar prioridades. La gracia de una sociedad que prospera es precisamente esa: que hay un espacio común para verter opiniones —opiniones, no ideología, que eso es otra cosa cargada de etiquetas y, a menudo, huérfana de sentido común y enemiga de todo pragmatismo—, que hay un tiempo colectivo para reflexionar sobre los argumentos y que hay un aparato organizativo que fija estrategias y tácticas. Espacio, tiempo y organización es la clave del avance, pero eso no se improvisa: se pauta y se aplica.
El problema es que, pese a que los utensilios pueden imaginarse, lo que cuesta de imaginar es quien le puede poner el cascabel al gato. O sea, cómo se fabrica el espacio, cómo se racionaliza el tiempo y cómo se estructura una mínima organización que haga funcionar la maquinaria.
Es posible que no me entienda nadie. A veces me cuesta entenderme a mí mismo, pero he llegado a la conclusión de que eso no es malo. Es mucho peor pensar que tengo razón en todo, que mi ideología me permite etiquetarlo todo y que mis soluciones son únicas. De lo que estoy seguro es de que sin algo o alguien que fabrique el espacio, sin algo o alguien que racionalice el tiempo y sin algo o alguien que haga de motor, no habrá alternativa posible a la inacción, que es la norma de los que no saben más que quejarse.
Por eso resulta curioso escuchar al gobierno local decir que la oposición solo hace que quejarse sin aportar soluciones. Y es que aportar soluciones no es sencillo, pero es absolutamente imposible si no hay un espacio donde aportarlas, un tiempo que permita debatirlas y un aparato que las consiga aplicar. Si nadie tiene interés en diseñar ese espacio, si no se da tiempo para el debate y si no hay un organismo que una vez consensuadas las alternativas las ponga en marcha, señalar que solo hay quejas y no propuestas, es pura retórica absurda.
Tengo la particular sensación que el diseño del espacio es, ahora mismo, lo más urgente y lo más complejo. Porque diseñar un espacio quiere decir organizar un marco donde todo el mundo se sienta más o menos cómodo para poder debatir. Y es justamente eso, la comodidad —incluso más que la oportunidad o el interés por participar— lo más difícil de lograr. Es más, pienso que puede llegar a ser algo imposible, conseguir sentar en una misma mesa a todos a quienes correspondería participar. Pero también pienso que, si se consiguiera sentar en una misma mesa a unos cuantos representantes de los interlocutores necesarios, ya se habría conseguido muchísimo.
La ciudad necesita un Espai de Pluralitat, una Federació de Projectes y una Coordinadora de Propostes —o como se llamen— que trabajen el espacio, el tiempo y la estrategia. Las ideas siempre surgen de algún sitio, pero las realidades se fabrican. Este que tenéis aquí, bajo la capa, ya hace mucho que viene dándole vueltas a las soluciones y empieza a cansarse de las quejas eternas. Será porque no cobra un duro y ya está harto de que corra el tiempo sin que pase nada de relieve.