Subir al bus LH2 de l’Hospitalet: un deporte de riesgo

Una de las cosas que más me gusta cuando salgo a pasear es observar mi ciudad y, sobre todo, a su gente. Porque si algo tiene l’Hospitalet es que aquí nunca te aburres.

Siempre están pasando cosas, algunas divertidas y otras no tanto.

Hace tiempo, la anterior alcaldesa Núria Marín, en una entrevista que le realicé, ante mi pregunta sobre por qué teníamos que dejar los coches de gasoil, aunque estuvieran nuevos, debido a la nueva regulación y a la falta de aparcamiento en l’Hospitalet afirmó: “Hay que andar más y utilizar los transportes públicos”. Y como solemos ser muy obedientes, le hacemos caso… Eso, o que no tenemos coche y no nos queda otra que utilizar el transporte público. Sobre todo, el bus.

Eso sí, si no están de huelga.

Una de las situaciones que más me divierte y, al mismo tiempo, me cabrea cuando recorro mi bella ciudad es esta: el deporte de riesgo de subir al bus. En l’Hospitalet no necesitamos ir a ningún parque de atracciones para montarnos en el tren de los horrores. En nuestro caso tenemos el bus de los horrores. Y concretamente me refiero al LH2, un autobús que, teóricamente, pasa cada 20 minutos los días laborables. O, mejor dicho, cuando le da la gana. Porque igual te pasas 45 minutos esperando y, de repente, aparecen dos autobuses juntos.

Como la Guardia Civil: en pareja, de dos en dos. A pesar de que es uno de los autobuses con más pasajeros, también es curioso que sea uno de los que más tarda en pasar. Yo no quiero pensar mal… pero como el LH2 no llega hasta Barcelona como ocurre con el M12 o el M14… o quizá será que su recorrido no enlaza con unos grandes almacenes… no pensaremos mal. Será casualidad.

Los que nos montamos en las paradas anteriores al centro comercial Finestrelles hacemos un auténtico acto de valentía. Primero, hay que conseguir que el autobús pare, que a veces no lo hace.

Pobre… no me extraña. Yo también me asustaría al ver tanta gente en la parada, con cara de cabreo por la espera. ¡Yo también huiría! Bus pasota.

Y después llega la segunda prueba de riesgo: subir. Aunque hayas llegado el primero a la parada, siempre aparece alguien que te hace un adelantamiento. Se pone camuflado a tu derecha, detrás de un árbol, mirando, cómo no, el móvil. Cuando ve aparecer el bus a lo lejos, comienza a adelantarse sigilosamente sin levantar la mirada de la pantalla. Se va acercando…

Tú piensas: “Bueno, todavía estoy delante”. Pero cuando el autobús está a tres metros, llega el momento decisivo: el regateo. Ríete de Lamine Yamal.

Y cuando quieres darte cuenta, te has quedado el último. Eso sin contar a los especialistas en colarse por la parte trasera. Lógicamente, sin pagar.

Una vez dentro comienza otro espectáculo. Niños cómodamente sentados, o incluso de rodillas y saltando en los asientos, mientras personas mayores permanecen de pie.

Más de una vez he llamado la atención a alguno de estos padres, pidiendo por favor que cedieran el sitio del niño a una persona mayor. Y entonces aparece esa mirada…

Esa mirada que parece decir: “¿Y tú quién eres para decirme lo que tengo que hacer?”

Finalmente, el padre o la madre se levanta con mala cara, no sin antes explicar que el niño también está cansado.

Claro. Porque el cansancio infantil es selectivo: al niño le pesa estar de pie, pero no le pesa saltar encima del asiento.

Aquí tengo que reconocer que la empresa de autobuses se salva: la culpa no es de ellos, sino de algunos papás, que se ponen a mirar TikTok y pasan de lo que hacen sus hijos. Es más divertido tirar con el dedito hacia arriba y ver reels divertidos que mirar cómo tus hijos incordian a los demás pasajeros.

Aunque, eso sí, alguna vez ha ocurrido algo todavía más sorprendente: se han bajado corriendo y se han olvidado del niño. Eso sí que es bajar del bus con prisas, pero el móvil agarradito en la mano como si lo tuvieran pegado. Y hablando de entretenimiento, tampoco podemos quejarnos. En el recorrido tenemos hilo musical incluido. Y qué hilo musical.

Un día puede tocar salsa; otro, el último capítulo de un culebrón turco; y otro, alguien contando a voz en grito cómo su novio le puso los cuernos. Más espectáculo que en Telecinco.

Y luego están las rutas sorpresa. Rutas VIP y sin recargo. De repente hay una obra, cortan una calle o cambian el recorrido y no avisan. Para qué. La aventura es la aventura.

El autobús empieza a ir por otro sitio y los pasajeros, completamente desconcertados, comienzan:

—¡¿Qué pasa?!

—¡¿Por dónde vas?!

—¡¿Esta no es la ruta?!

Y, sorprendentemente, el conductor se ha vuelto sordo. ¿Será culpa del hilo musical?

Pero lo más sorprendente que me ocurrió una vez fue que el conductor no sabía la ruta y tuvimos que ser los propios pasajeros quienes fuéramos indicándole por dónde tenía que ir.

El conductor nos avisó:

—No me sé bien la ruta.

Y una pasajera se puso de copiloto y le fue indicando el camino hasta que llegó su parada.

Antes de bajarse avisó:

—Me bajo. Que se ponga otro.

Y así sucesivamente.

Yo me bajé a mitad del recorrido, así que desconozco cómo llegó el autobús al final del trayecto. Espero que los pasajeros que conocían la ruta no se bajaran todos antes de llegar al final. Porque entonces sí que habría sido complicado.

Pero lo más divertido era cuando algún pasajero subía y le preguntaba al conductor:

—¿Este autobús pasa por…?

Y el conductor respondía tajante:

—No lo sé.

Y el pobre hombre no mentía. Eso hay que reconocérselo. Sinceridad ante todo.

Es que lo que no pase en Hospi…

Lo dicho: espectáculo de riesgo asegurado y, para la mayoría, gratis. Y, a pesar de todo, esta contadora de historias sigue pensando que l’Hospitalet es una ciudad única y, sobre todo, divertida.

Aquí no te da tiempo a aburrirte. Entre buses que aparecen por parejas, adelantamientos dignos de una final olímpica, rutas sorpresa, hilo musical y pasajeros haciendo de GPS…

Normal que el Ayuntamiento nos anime a utilizar el transporte público.

Ahora entiendo el motivo. Lo hacen porque quieren que tengamos momentos divertidos y trepidantes.

Así es mi Hospi y, a pesar de todo… lo quiero.

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