Ante la publicación del Protocol d’Actuació davant dels Feminicidis(2)

Activar recursos y organismos para ayudar a los más próximos

Ana M. Rodríguez Terrón. Psicóloga Clínica

La muerte está presente en la vida de los seres humanos desde niñas/os, está zumbando debajo de la membrana de la vida y ejerce una importante influencia sobre nuestra experiencia vital y sobre nuestra conducta. Alrededor de la muerte encontramos ansiedades muy paralizantes, el terror es la causa en la mayoría de ocasiones, la fuente primaria de la psicopatología. Desde nuestra infancia, sobre este acontecimiento, vamos tomando conciencia de que algún día se presentará. La mayoría de los seres humanos aspiramos a que nos avise, que llegue muchos años después de nuestro nacimiento y que sea liviana y cuidadosa cuando determine nuestra hora.

Todos los seres humanos nos enfrentamos en nuestro desarrollo a estas ansiedades y todas/os hemos sentido el miedo paralizante que causa la presencia de la muerte…

Como decíamos anteriormente, la muerte forma parte de alguna manera de nuestros miedos y ansiedades. A veces estos temores no nos dejan dormir y, en algunos casos, nos generan trastornos que nos llevan a buscar ayuda psicológica.

Esta introducción esperamos que sea útil para que, a través de la revisión de las propias experiencias de aproximación a la muerte propia o a la de nuestros seres queridos, podamos hacernos una idea del impacto emocional que supone vivir el asesinato de una persona querida. Imaginemos por un momento que una amiga querida, una hermana, es asesinada por el novio/marido/pareja, víctima de violencia machista. A esto se le llama feminicidio vinculado. El asesinato de un niño o una niña por parte del padre o la pareja de la madre para dañarla con la pérdida de sus hijas/os es lo que se denomina violencia vicaria. El asesinato y homicidio de una mujer por razón de género, las inducciones al suicidio y los suicidios como consecuencia de la presión y violencia ejercida contra una mujer son delitos de feminicidio.

La muerte de un ser querido, de una forma tan brutal e inesperada, sumirá a cualquier persona cercana necesariamente en un proceso muy complejo de duelo. Será necesario prever, como comunidad, como municipio, quien se hace cargo de cada una de las necesidades de acompañamiento de esa persona o de esa familia golpeada brutalmente por el asesinato de una de los suyos por parte de alguien que forma o formó parte de su grupo afectivo íntimo.

En primer término, tenemos que ver quien forma parte del grupo primario de la víctima. ¿Tiene hijas o hijos? ¿Qué edades tienen, tiene padres, hermanos, familiares de segundo grado que estén en su círculo relacional íntimo? También se deberán contemplar y cuidar a las/os amigas/os íntimos de la asesinada.

Para empezar, hay que tener en cuenta su edad, sus creencias, su idioma… no debemos perder de vista que más del 30% de las personas con las que compartimos nuestra ciudad, no han nacido en el estado español. En consecuencia, su idioma primario de socialización no sido el catalán,  y en el caso de los no latinos, tampoco el español. Sus creencias, su espiritualidad puede ser muy distinta a la de los nacidos y socializados en el estado español.

En referencia a la edad, la organización convocante de cuidadoras/es debe prever especialistas en psicología clínica: de adultos, de infanto-juvenil, y de estimulación precoz para infantes menores de 6 años. Deben estar convocados, en consecuencia: el Centro de Salud Mental de Adultos (CSMA), el Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil (CSMIJ) o el Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz (CDIAP). Desde el punto de vista de la seguridad y protección de los menores, debe estar también convocado el Equipo de Zona de Atención a la Infancia y a la Adolescencia (EAIA) y el Equipo Social de Base del barrio o distrito. Deben ser alertados, el equipo de Salud Infantil del Área Básica de Atención Primaria y, si los niños están escolarizados, también debe estar convocado el Equipo de Asesoramiento Psicopedagógico de la zona (EAP). Se debe contar también con el Equipo de Atención a las Victimas de Violencia de la comisaria local de la policía autonómica (Mossos d’Esquadra). Estarán movilizados la policía judicial y los funcionarios judiciales encargados del levantamiento del cadáver. Pero, en nuestra opinión, es muy importante diferenciar entre profesionales convocados, movilizados y alertados. De esa función convocante, del desarrollo del protocolo, nos ocuparemos en el último artículo.

Queremos destacar el marco clínico al que se enfrentan los profesionales de la salud mental en una intervención de duelo complicado. La muerte violenta constituye en si misma un trauma. El duelo que se inicia no ocurre en una tabla rasa. Partimos, en la inmensa mayoría de los casos, de una sobreexposición previa a situaciones traumáticas, incluso con pérdidas significativas anteriores. El vínculo inseguro de estas personas influye de forma determinante en la vivencia y en el acceso a los cuidados. Incluso para que se nos cuide tenemos que tener introyectados modelos seguros de cuidado.

En consecuencia, la intervención debe contar con la exploración de los apoyos seguros de la persona en su grupo primario y, si este grupo está muy afectado, se deben contemplar apoyos comunitarios y una coordinación intersectorial eficaz para disminuir los riesgos psicosociales. En definitiva, en esos primeros contactos se tratará de definir el perfil de vulnerabilidad de la persona atendida.

Por otro lado, debemos tener en cuenta que el duelo se expresa a través de marcos culturales y espirituales diversos. Hay que evitar imponer interpretaciones: los profesionales deben explorar las prácticas significativas para esa familia. Es importante respetar los modos de conmemorar. En los primeros contactos se trata básicamente de acompañar y contener… Con mucha compasión, es decir desde el afecto, desde donde escuchamos nuestro dolor y el dolor de los demás, con sensibilidad ante el sufrimiento y con el compromiso de hacer todo lo posible para aliviarlo.

Antes señalábamos que el duelo se da en un marco cultural determinado, también tenemos que tener en cuenta que el feminicidio se da en un marco cultural hegemónico: el patriarcado, donde la violencia contra las mujeres es un elemento instrumental para mantener la supremacía del hombre sobre la mujer. En consecuencia, el trabajo terapéutico de este grupo de intervención tendrá que tener una formación específica para combatir ese sesgo cultural, trabajar con una perspectiva de género.

Por último, quisiera señalar que el feminicidio se da en un contexto comunitario y su resonancia se trasladará a los distintos espacios comunitarios donde participe la familia doliente. Si hay niñas y niños en edades de escolarización, habrá que plantear una intervención en los contextos escolares y comunitarios donde la familia doliente se relaciona. La escuela puede ser un espacio potencialmente terapéutico, hay que coordinarse con el Equipo Psicopedagógico de la zona (EAP) para ajustar las demandas académicas, habilitar espacios para la contención. Incluso ayudar a organizar, si fuera preciso, homenajes. Con una organización precisa, se reducen rumores y apoyos desorganizados que suelen intensificar el malestar. Es importante prevenir el contagio emocional desorganizado. El impacto colectivo del duelo requiere límites explícitos en la difusión de detalles sensibles.

En el medio plazo a nivel psicoterapéutico, será estrictamente necesario trabajar la culpa y la ira. La culpa lleva a las personas a intentos de control retrospectivos; hay que trabajar desde la responsabilidad realista y desde la compasión, explorando evidencias y límites personales.

La ira, en muchos de los familiares de la víctima, puede funcionar como protector secundario. Necesita validación y ayuda para buscar canales seguros de expresión de ésta. Se deben evitar los debates moralizantes. Se debe ayudar a mantener una investigación conjunta sobre significados y necesidades subyacentes.  A medida que pasa el tiempo, el dolor va perdiendo intensidad: hay que ayudar a los dolientes a abrir espacios para proyectos diversos en lo profesional, en el ámbito familiar… Esta diversificación, ayudará a amortiguar el impacto de la pérdida y se promoverá una resiliencia sostenida.

Lo que no debe faltar en una intervención de soporte a un duelo traumático es tiempo, ritmo y presencia de un profesional que funcione como base segura, que acompañe en las intermitencias, sin pretender acortar procesos. Un duelo no tiene un plazo fijo, pero durante los seis primeros meses, las oscilaciones afectivas suelen ser muy intensas y el vinculo psicoterapéutico debe sostenerse bastantes meses después para que esas oscilaciones afectivas disminuyan y puedan autorregularse.

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