Por lo que me cuentan, el encuentro del miércoles pasado con el cuarto teniente de alcalde y responsable de la Ciutat dels Drets en los locales del Centre d’Estudis de l’Hospitalet, tuvo algunos momentos interesantes. Uno de ellos, cuando un antiguo concejal del mismo partido que don José Antonio, le pidió que le explicara las razones, según él, de que toda la oposición en bloque votara en contra de lo que estaba explicando que, parece ser, era casi lo mismo que ya se explicó en el pleno.
Era igual la respuesta. Lo notable era la pregunta, porque parece evidente que si lo que se propone es tan magnífico para la parte de la ciudad más abandonada, cuesta de entender que todos los grupos a izquierda y derecha del gobierno local votaran en contra. Hubo también otra intervención que tenía tela. La que le agradeció al teniente de Alcaide que por fin se atreviera a presentarse ante un grupo coordinador de las entidades de la ciudad que le pone un enorme voluntarismo y que siempre que puede, evita la confrontación con los que mandan. Hacen bien. A los que no paran de dar candela los quisieran en la Antártida a ver si cogían una pulmonía.
Dijo el susodicho, interpelando a las autoridades, que las entidades no están para ganar elecciones porque no tienen ninguna intención de optar a nada más que a mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía y a hacer una ciudad vivible, porque los que han mandado hasta ahora, la han hecho insufrible. Y que de lo que se trata es de que el gobierno escuche, se sienta a oír los argumentos de la ciudadanía en la mayoría de conflictos y que no decida por su cuenta, como ha hecho tradicionalmente, desde 1979 hasta hoy. Por lo que me explican, precisó la importancia de escuchar a los vecinos que quieren sombra y más espacios verdes y dejen de actuar como si el territorio fuera suyo y puso como ejemplo algo que el técnico que acompañaba a don Alcaide explicó. Que a la hora de resolver el aparcamiento en que se ha convertido la Avda Catalunya, no se les ocurra renaturalizar el espacio construyendo unos cuantos aparcamientos subterráneos más, porque soterrar coches impide que los árboles crezcan. Y señaló, al parecer, el proyecto aberrante del Parc de l’Alhambra donde se quieren comer un buen pedazo de parque y en el otro pedazo soterrar una parte del equipamiento.
Don Alcaide dijo que si, que se anotaba lo del diálogo, pero que en el Parc de l’Alhambra, con el proyecto presentado, encima del equipamiento van a haber muchos árboles porque, como es bien sabido, los árboles suelen crecer mucho con las raíces pegadas a los suelos de cemento de los párkings subterráneos. Como ejemplo, la Plaça Francesc Macià, pegadita al centro de la trifulca, que no es una plaza, es, sencillamente, un solárium.
Pero don José Antonio dijo algo más. Dijo que los que saben de esas cosas son los técnicos y que los políticos —y por supuesto la ciudadanía—, tienen que escuchar a los técnicos y… obedecer. Por ejemplo. Los técnicos dijeron hace unos cuantos días que había que cortar la palmera centenaria del Parc de la Marquesa porque corría peligro de que se cayera. La mejor manera que un técnico tiene para evitar que se caiga una palmera centenaria es cortarla. Así, es técnico, cualquiera.
Pero es que al técnico le cuesta muchísimo más esfuerzo encontrar alternativas técnicas para asegurarse que la palmera no va a caer y que, si por un mal azar del destino cayera, no caería en la cabeza de ningún transeúnte. ¿Es imposible técnicamente algo así? Si es posible ir a la luna, me cuesta entender que sea imposible asegurarse que una palmera centenaria si por un casual se rompe, pueda matar a un individuo que pasa por debajo.
A los técnicos, los malos técnicos, los técnicos que son malos porque no hay ningún político que supervise, oriente, señale y justifique los argumentos, les resulta muchísimo más sencillo ir a lo fácil. Pero son los políticos quienes deben fijar criterios y obligar a los técnicos a encontrar soluciones. No aceptar todo lo que hacen porque… son técnicos… y saben mucho de todo… El político es el responsable del corte de la palmera por no exigir soluciones complejas a asuntos que van más allá del peligro objetivo. Debieran haber averiguado la importancia sentimental de la palmera para el vecindario y haber prohibido a los técnicos lo irreversible.
Lo irreversible. Eso que una vez hecho es imposible de deshacer y se mantiene durante generaciones. En muchísimos casos, obedece a la arbitrariedad del político y al excesivo caso a los técnicos, a los que se debe exigir soluciones: no consejos ni alternativas. (Por cierto, la barbaridad del Biopol Gran Via va a convertir en irreversible el espectáculo de construir decenas de edificios singulares en zona inundable: cuando se inunde hablaremos de lo irreversible).
Me explicaban, que cuando se hablaba de eso de la Avda Catalunya, el técnico comisionado para el invento estratégico que nunca veremos hecho, hacía que no con la cabeza. Se han de sacar los coches, explicaba, pero hay soluciones. No las acabó de justificar, pero si la solución es más aparcamientos subterráneos porque no vamos a poder sacar los coches de las calles por arte de encantamiento, pacificaremos la Avda, pero nadie podrá pasear por ella en verano. Ahora, es un infierno por los coches. Mañana podría ser un infierno por el cemento.
¿Hay alternativas para las cosas? Igual no. Pero ese no es el problema. El problema es que resulta imprescindible escuchar los argumentos, no de los técnicos —o no solo de los técnicos—, también de los políticos, pero sobre todo de las entidades y de la ciudadanía. Pero escuchar es escuchar. No es gastarse un pastón en una empresa que pone gomets en las pizarras y riza el rizo cuando de lo que se trata es de lograr un peinado lacio. Es buscar espacios de controversia y no considerarse los que más saben, los que más pueden o los que mejor lo van a hacer.
Han demostrado en esta ciudad que son un auténtico desastre decidiendo barbaridades. Y ya va siendo hora de que bajen a la realidad, se topen con los argumentos contrarios y busquen consensos.
¿Es predicar en el desierto? Me temo que sí. Me dijeron que don Alcaide es de buenas palabras, pero que no tuerce el brazo ni para beber horchata.