Javier Diez Crespo, concejal del Partido Popular
L’Hospitalet afronta algunos de los mayores retos urbanos de Cataluña. Es una de las ciudades más densamente pobladas de Europa, con más de 300.000 habitantes concentrados en apenas 12 kilómetros cuadrados. Padece graves problemas de inseguridad, una auténtica emergencia educativa con elevadas tasas de fracaso escolar y aulas masificadas, un importante déficit de equipamientos públicos como residencias para mayores y centros de día, enormes dificultades para acceder a una vivienda y barrios que llevan años esperando actuaciones de regeneración urbana.
Ninguno de estos problemas tiene una solución sencilla. Pero todos tienen algo en común: requieren un Ayuntamiento capaz de invertir, ejecutar y transformar la ciudad.
Y precisamente ahí aparece el mayor fracaso del gobierno socialista.
La parálisis municipal no es un problema más. Es el que agrava todos los demás. Porque un Ayuntamiento incapaz de ejecutar las inversiones necesarias deja de ser parte de la solución para convertirse en parte del problema.
Podría pensarse que el origen de estas carencias es la falta de recursos económicos. Nada más lejos de la realidad.
L’Hospitalet es una de las ciudades con mayor presión fiscal de nuestro entorno metropolitano. Los vecinos soportamos algunos de los impuestos municipales más elevados de las ciudades del Barcelonés y del Baix Llobregat. El Ayuntamiento recauda mucho, muchísimo.
El problema no es cuánto dinero entra en las arcas municipales. El problema es que ese dinero no acaba convirtiéndose en inversiones para mejorar la ciudad.
Las cifras hablan por sí solas:
El Ayuntamiento cerró el ejercicio 2025 con un superávit de 36,5 millones de euros. A primera vista podría parecer una magnífica noticia. Sin embargo, en una administración pública un superávit de esa magnitud no siempre es un éxito. Cuando una ciudad arrastra importantes déficits de vivienda, equipamientos o mantenimiento urbano, este superávit es el reflejo de inversiones que nunca llegaron a ejecutarse.
Basta con observar el capítulo 6 del presupuesto, el destinado a las inversiones reales: el dinero que debe servir para construir equipamientos, rehabilitar edificios, urbanizar calles o mejorar los barrios.
En 2025 el Ayuntamiento disponía de casi 99 millones de euros para invertir; sin embargo, solo fue capaz de ejecutar menos de 20 millones, el 20,4 % del presupuesto previsto.
Dicho de otra forma, casi 79 millones de euros destinados a transformar L’Hospitalet se quedaron sin invertir. Cuatro de cada cinco euros presupuestados nunca llegaron a convertirse en una obra, un equipamiento o una mejora para los vecinos.
Y esa situación no es una excepción. Empieza a convertirse en un modelo de gestión.
Los datos de 2026 vuelven a apuntar en la misma dirección. A 30 de junio el Ayuntamiento acumulaba cerca de 150 millones de euros líquidos en tesorería y mantenía una deuda de apenas el 8,6 %, una situación financiera extraordinariamente cómoda. Sin embargo, en esa misma fecha únicamente había ejecutado el 5,38 % de las inversiones previstas y la propia Intervención municipal estima que al finalizar el ejercicio difícilmente se alcanzará el 25 % de ejecución.
Pero detrás de esos porcentajes hay proyectos muy concretos.
- En 2025 había 518.000 euros para rehabilitar el Pont del Jordà. No se ejecutó un solo euro.
- Había 919.775 euros para rehabilitar el Castell de Bellvís y 1.184.000 para la integración patrimonial en Cosme Toda. Tampoco se ejecutó un solo euro.
- Se consignó un millón de euros para adquirir vivienda pública de uso social. Ejecución: 0 euros.
- Había 896.000 euros para actuar en los bloques de La Florida. 0 euros invertidos.
- Se reservaron 218.712 euros para la antigua fábrica SAS. Tampoco se ejecutaron.
- Había 400.000 euros para construir un parque de calistenia. No se gastó un solo euro y el proyecto ha vuelto a incorporarse al presupuesto de 2026.
- Y también 1.940.259 euros para la rehabilitación de las fachadas de la plaza Guernica y cuatro millones de euros para la rehabilitación del edificio Molí. Ninguna de estas actuaciones llegó a ejecutarse.

No hablamos de proyectos faraónicos ni de obras técnicamente imposibles. Hablamos de rehabilitar un puente, recuperar un castillo, adquirir vivienda pública, construir un parque de calistenia, rehabilitar unas fachadas o hacer un parque en los terrenos de una antigua fábrica. Actuaciones muy distintas entre sí, pero con un mismo desenlace: quedaron sobre el papel.
Y estos son solo algunos ejemplos. Detrás de ellos hay una realidad mucho mayor: cerca de 79 millones de euros del presupuesto de inversiones quedaron sin ejecutar. Son decenas de actuaciones que los vecinos esperaban y que nunca llegaron a materializarse.
Lo más preocupante es que estos proyectos no desaparecen. Simplemente reaparecen en el presupuesto del año siguiente.
- El Pont del Jordà vuelve.
- La vivienda pública vuelve.
- El campo municipal de rugby vuelve.
- El parque de calistenia vuelve.
- La antigua fábrica SAS vuelve.
Las mismas inversiones se anuncian una y otra vez mientras los barrios continúan esperando. El anexo de inversiones empieza a parecerse más a un inventario de promesas incumplidas que a un verdadero plan de transformación urbana.
La parálisis alcanza prácticamente todos los ámbitos de actuación. A mitad de 2026 había 4,8 millones de euros para adquirir y rehabilitar vivienda pública y ni un solo euro ejecutado; 8,9 millones para escuelas infantiles también con un 0 % de ejecución; cerca de 3 millones para inversiones en seguridad igualmente con un 0 %; y 1,7 millones para alumbrado público sin ejecutar un solo euro.
La ineficacia, además, ya tiene un coste directo para los ciudadanos.
El Ayuntamiento ha tenido que devolver 2.692.611 euros de una subvención destinados a la rehabilitación del Edificio Molí, además de 274.217 euros en intereses. Casi tres millones de euros perdidos simplemente porque la administración no fue capaz de ejecutar el proyecto dentro del plazo establecido.

Gobernar no consiste en presentar presupuestos cada año. Gobernar consiste en ejecutarlos. Los vecinos no viven de ruedas de prensa, de anuncios ni de anexos de inversiones. Viven de colegios construidos, de viviendas públicas disponibles, de equipamientos abiertos y de barrios que mejoran.
La inseguridad no se combate con partidas presupuestarias sin ejecutar. La emergencia educativa no se resuelve con escuelas que nunca llegan. La falta de vivienda no desaparece con millones consignados que permanecen inmóviles.
Por eso la parálisis municipal no es un simple problema administrativo. Es el principal obstáculo para el progreso de L’Hospitalet. Porque un Ayuntamiento no se mide por el dinero que recauda ni por los millones que acumula en el banco ni por los proyectos que se anuncian en rueda de prensa. Se mide por los colegios construidos, los equipamientos que inaugura, las calles que reforma y los barrios que mejora.
Y mientras L’Hospitalet siga siendo una de las ciudades con mayor presión fiscal de su entorno y, al mismo tiempo, continúe dejando sin ejecutar cuatro de cada cinco euros destinados a inversiones, será difícil sostener que el principal problema de esta ciudad sea la falta de recursos.
El verdadero problema de L’Hospitalet es otro: un gobierno que recauda demasiado, promete mucho, pero transforma demasiado poco.