Luis Candelas
De todo lo que ha ocurrido en esta agobiante, triste y conmocionante semana por el drama que sufrió Maricarmen en Madrid y el drama que sufrimos aquí por el homicidio encubierto de nuestra vecina Olga, lo más inesperado ha sido la reacción de los miserables de Urbagestión. De convertirse en unos indómitos de la codicia más abyecta, a transitar per el desprecio colectivo que les llevó a una mesa de negociación a destiempo, para resolver lo que jamás debieran haber provocado. Es decir, lo más inesperado ha sido poner nombre y apellidos a la mezquindad, a la ausencia de moral y de sentimientos: a la maldad, en suma.
Es cierto, como han afirmado quienes huelen el fondo del precipicio, que esto no es nada más que el capitalismo en su estado más puro: la deshumanización del que no tiene recursos y es vulnerable en esencia, en beneficio del que lo tiene todo y le sobra todo excepto la maldad, que es intrínseca, y la cultiva a base del dolor ajeno. Esto ha sido siempre el capitalismo y esto ha sido siempre el liberalismo económico, que entiende de derechos para los poderosos y de deberes para los explotados en cualquier época y en cualquier lugar.
Lo dramático de algunas historias como la de nuestra Olga es que le falló casi todo lo que no podía controlar. Y lo que podía controlar le supuso una carga tan excepcional, que corroyó hasta las entrañas sus maltratadas ansias de seguir luchando. Y entre lo mucho que le falló, le falló exactamente lo que era obligatorio que no le fallara jamás: el sistema, el Estado, la Administración municipal, los servicios asistenciales, el poder económico, el legislativo y el judicial.
Pero todo eso que le falló tiene nombres y apellidos y detrás de esos nombres y apellidos en ocasiones hay codicia, en otras hay maldad, en muchas incapacidad y pasotismo, en algunas, desidia. En casi todas, ausencia de empatía. Generalizar, que es lo que se ha ido haciendo siempre, da pésimos resultados, porque nadie suele responsabilizarse tras los conceptos generales. Y no hay manera de señalar y no hay manera de que el señalado se dé cuenta de que un dedo acusador es un tremendo dardo del que es imposible desprenderse hasta que no se repara el daño, y ni siquiera… Un daño que, como en el caso de Olga, resulta irreparable.
Por eso es imprescindible señalar. Por eso los miserables de Urbagestión han reaccionado.
He estado, desde el sacrificio intuido en el horizonte del caso Olga, buscando responsabilidades concretas que he sido incapaz hasta ahora mismo de localizar. En sus palabras en el Parlament, en una conversación radiofónica con una amiga que se ha distribuido estos días, en el comunicado de la rueda de prensa tras su muerte, apenas hay nombres. Escuchar a Olga en el Parlament estremece. Estremece, porque señala responsables y porque sus últimas palabras en la comparecencia son: “la vulnerabilidad, señores, mata” (https://youtu.be/q3veWCKIkh4?si=d0AXMjAElfb5glx1). Y eso lo dice, dos años y medio antes de dejar de sufrir.
Pero Olga señala responsables sin ponerles nombre. Y nombre tienen que tener. Habla de una empresa que la deja en paro, de una expareja que se desentiende hasta de sus hijas, de una justicia que dicta su desahucio, de un psiquiatra, probablemente de la salud pública, que le asegura —con un ojo clínico a la altura de la Universidad que le puso el título en la mano— que lo que le ocurre es que tiene depresión, que le receta un antidepresivo y que le dice que vaya al médico de cabecera par que la controle; de unos servicios sociales de su ciudad de toda la vida, que le dicen que no pueden hacer nada porque no tienen personal ni recursos; de un fondo buitre sin entrañas, como todos los fondos buitre, y de un banco que es el que le concedió la hipoteca que no pudo terminar de pagar. Todos esos responsables, todos, tienen un nombre para identificarlos, como lo tenían los dueños de Urbagestión. Pero no conocemos uno solo.
No sabemos la empresa culpable de su situación de paro ni el dueño de esa empresa, no sabemos el nombre de quien se desentiende de sus hijas, no sabemos el nombre del juez o de la jueza que firmó el lanzamiento, tampoco el del psiquiatra o la psiquiatra que se desentendió arteramente de una paciente que sufría con intensidad. Tampoco sabemos el nombre de la funcionaria que la atendió cuando fue a buscar auxilio a servicios sociales, ni el nombre del o de la responsable del servicio y de su elocuente abandono. Y si no llega a ser por el comunicado hecho público el día del anuncio de su homicidio encubierto que terminó como terminó, ni siquiera sabríamos el nombre del fondo buitre y del banco sin escrúpulos —como todos los bancos—, que la consideró otro/a ciudadano/a a explotar.
Y yo quiero hablar del fondo buitre y poner en letras de molde, con todas las aristas del caso, el nombre del banco.
Por lo que nos explicaron, el fondo que compró la vivienda que había sido suya y que terminó con la dación en pago concedida por el Sabadell era Promotoria Coliseum Real State SL, una sociedad de inversión inmobiliaria española creada en 2019 y en la que el Banco Sabadell tenía alrededor del 20% de las acciones, siendo el 80% de la tristemente famosa sociedad inversora internacional Cerberus Capital Management. Cerberus es la sociedad número 45 en el ranquing de fondos buitre que actúan por el mundo, con 92.500 millones de dólares en activos de inversión y, por lo que parece, ahora es la única propietaria de Promotoria Coliseum, porque el Sabadell, expulsados los activos conflictivos, prefiere jugar a otra cosa.
Lo que está claro es que sin la empresa que la dejó sin trabajo, sin la miseria humana con la que se tropezó en su experiencia vital, sin la insensibilidad de los que aplican la ley sin considerar para nada si lo que aplican es justo o injusto —¿que tendrán que ver las leyes que aprueban los poderosos con la justicia social?—, sin la vulneración deontológica de un funcionario de mentes con la que tuvo la desgracia de topar, sin los servicios sociales de una ciudad que desgobiernan los lacayos del poder y que los mantienen —los servicios sociales— porque les obliga la ley y la realidad… Y claro está, sin el Banco Sabadell —aunque podría haber sido otro cualquiera—, Olga no nos habría dejado para dejar de sufrir.
Solo tenemos un nombre, el de ese banco, donde yo jamás he puesto los pies, ni los pondré en la vida. Ese banco que tiene oficinas en casi todos los barrios de la ciudad, nueve en total (dos en el Centre-Sant Josep, dos en Collblanc-La Torrassa, dos en Santa Eulàlia, dos en La Florida y Pubilla Casas y una en Bellvitge), lleva grabada a fuego la muerte de nuestra conciudadana y se merece un adiós de todos los nuestros.
Solo tenemos un nombre y es el de un banco. No nos podrán devolver a Olga pero nosotros sí que podemos devolverle al banco nuestro absoluto desprecio.
