“Tengo un coeficiente intelectual muy alto y ustedes lo saben. ¡No se sientan estúpidos o inseguros, no es su culpa!” Esta frase que, sin conocer al autor ni el contexto, ya parece excesiva, la escribió en mayo del 2013 el entonces empresario Donald Trump en su cuenta de twiter. Hubiera sido suficiente para que el electorado americano se hubiera carcajeado del personaje cuando se presentó a les elecciones tres años después, pero ocurrió lo contrario: lo hicieron presidente. Señal de dos cuestiones que parecen baladís pero que no lo son: que la ciudadanía americana se siente estúpida e insegura y recompensa al que les exime de responsabilidad en ese punto y, lo que es peor, que las megalomanías, las exageraciones y las fantasías se utilizan en política para engañar al personal y en algunos casos funcionan.
Las cosas han evolucionado algo, espero, y hoy ya no sería tan fácil que alguien se sintiera inseguro ante las fanfarronadas de Trump. Del mismo modo que hoy, las fantasmadas cuelan bastante menos. Viene al caso, porque me camuflé en la charla del Fórum Empresarial de l’Hospitalet el martes 2 de julio en el Porta Fira, para escuchar al alcalde Quirós desde las nubes, porque allí es donde se encontraba instalado el personaje.
Allí anunció como primicia, entre empresarios y coleguillas, lo que debiera haber anunciado a la ciudadanía. Señal que el tema importa más a empresarios y coleguillas que al ciudadano votante. Estaría bien tomar nota porque parece que representa a unos más que a otros, cosa que no está nada mal, pero a lo mejor debieran cambiar un poco las siglas de su partido.
Datos concretos que anunció: las obras de la segunda fase del soterramiento de la Gran Vía (la primera fase era la que empezaba en la Ciutat de la Justícia y acababa un poco más allá de la Plaça Europa) comenzarán en abril del año que viene, unos cuantos días antes del inicio de la campaña electoral (esto no lo dijo Quirós, lo explico yo porque no creo que la casualidad sea tan ocurrente) y terminarán hacia finales del 2031. Esta misma semana, el Consorci para la Reforma de la Gran Vía i el Samontà, aprobó el plan de urbanización y el proyecto de reparcelación de las parcelas, paso previo a la puesta en marcha de la urbanización de los cerca de 500.000 metros cuadrados donde se instalarán los veintitantos edificios a construir.
El proyecto en su origen implicaba urbanizar 96 hectáreas de territorio libre y ahora se habla de construir sobre 50 hectáreas de terreno y preservar 25 hectáreas más para un parque más grande, explican, que el Parc de la Ciutadella. Lo cierto es que la suma no funciona, porque faltan 21 hectáreas más y no es previsible que esas hectáreas sean todas de infraestructuras y cosas parecidas, de modo que las cuentas siguen sin salir y cuando las cuentas no salen es porque se sigue mareando la perdiz.
Como clarificó Quirós, lo del soterramiento de la Gran Vía y lo del parque de Can Trabal, son beneficios accesorios. Lo importante, y por eso lo explicaba en el Fórum, es el negocio que se prevé. Se trata de generar un polo de actividad económica con tantas empresas como sea posible dedicadas a las economías que se benefician de la investigación biomédica. Cosa que está muy bien, porque eso crea empleo de calidad (no sé yo, sí con los índices de abandono escolar en la ciudad se van a beneficiar mucho los hospitalenses, aunque en una ciudad de pobres siempre se necesitan auxiliares de todo tipo: en general trabajan a destajo y cobran una miseria).
Quirós no se atrevió a asegurar que tiene un coeficiente intelectual muy alto y que los presentes debieran ser conscientes y no lamentarse, pero en cambio se atrevió a afirmar que cree que la ciudad que él preside será la capital mundial de la biomedicina —“seremos el centro del mundo de la salud y del bienestar”— y un referente mundial en la investigación biomédica. La ciudad más densa de Europa… de dos velocidades: barrios donde no hay espacio para construir las escuelas que se necesitan y el referente mundial en investigación y el centro del mundo del bienestar. Nada menos…
Y encima parece que se lo creen. Se lo creen… o se lo hacen creer, porque no hay mejor manera de hacer negocio que decir a quienes lo tienen que autorizar, que con ello se van a poner en lo más alto del pódium.
Lo cierto es que debieran ser un poco más precavidos porque, como decía antes, las fantasmadas empiezan a descubrirse antes de que aparezcan. Y ya se sabe que un fantasma que se descubre antes de aparecer… da la risa, y nada de miedo.
No es la primera vez que ocurre. También la teniente de alcalde García Manota lo expresó el otro día en el pleno y tampoco es ella sola, son todos los representantes del gobierno que, cuando tienen la mínima oportunidad, explican el puesto que va a ocupar la ciudad en el mundo en cuanto se ponga en marcha el asunto ese del Biopol. En realidad, todo es un simple señuelo, porque no hay nada de nada. De momento, lo que hay es un centro de investigación que es el Idibell, que necesita más recursos públicos para funcionar como se merece —ahora hecha mano de todas las ayudas posibles, vengan de donde vengan— y un hospital general colapsado que no cubre ni las necesidades de los residentes en l’Hospitalet. Y eso sí, una facultad de enfermería y otras instalaciones imprescindibles. Imprescindibles, naturalmente para las necesidades del país. No tanto para las necesidades específicas de los ciudadanos de l’Hospitalet que tienen una facultad de enfermería en su municipio, pero tienen que ir a Sant Joan Despí para que les atienda un especialista.
El Biopol fue un invento, desde el primer día, para un proyecto milmillonario de desarrollo urbanístico y, si hechos los edificios y consolidado el negocio de unos pocos, las instalaciones pueden servir para alojar algún proyecto sanitario, mejor que mejor. Pero si en lugar de industrias biomédicas, farmacéuticas o centros de investigación, acaban saliendo hoteles, o centros comerciales u oficinas de logística, pues palante, como diría aquel, porque aquí lo que interesa es construir, comerse el único territorio libre e inundable que queda en la ciudad y repartirse el pastel los que llevan repartiéndose el pastel desde antes de que esta ciudad fuera algo parecido a una ciudad.
Las fantasías ya no se las cree nadie, debieran respetar un poco más a la ciudadanía y no considerarla permanentemente idiota, y ser un poco más inteligentes y no seguir dando la matraca. Si hay que ir a Instagram se va… pero lo mismo queda fatal decir estupideces desde las tribunas públicas.