La frase del cartel sobre la muerte de Olga, nuestra vecina de Sta Eulalia, convocando una concentración, me ha impactado. Efectivamente, el capitalismo mata.
Siempre he pensado que tiene fundamento ser anticapitalista por múltiples razones a pesar de estar todos en el mismo barco. Todos estamos contaminados por ese sistema intrínsecamente perverso. Convivimos con él, tanto los pros como los antis. Hacía tiempo que no veía escrita en una pared la palabra capitalismo. Es una palabra que utilizábamos cuando éramos jóvenes.
El capitalismo había conseguido ser poco citado. En las universidades lo utilizan como elemento científico y confrontado con el modelo URSS. Recuerdo cuando Felipe González, en 1982, manifestó que prefería un navajazo a las diez de la noche en un metro de Nueva York que vivir 30 años con absoluta tranquilidad y seguridad en Moscú. Se refería claramente a que prefería el capitalismo. En eso sí que ha sido coherente. La gente lo votó en masa y no pasa nada, ni nada menos que, efectivamente, el capitalismo mata.
La vulnerabilidad social es falta de recursos económicos y coincide, en muchos casos, con familias monoparentales sometidas a la soledad no siempre deseada y al aislamiento, que hace emerger en ocasiones la adversidad de un desahucio mezclada con la pérdida del puesto de trabajo.
La reacción física y psicológica que nos enfrenta a un sistema de vencedores enfermizos que pasan, o pasamos toda nuestra vida, trabajando para pagar la hipoteca y los créditos de bienes de consumo, incluidas vacaciones en países tropicales, produce, en muchísimos casos, que nos sintamos en situación límite: extraordinariamente vulnerables…
Somos víctimas de la frustración que hace que nos sintamos culpables de nuestras dificultades. Y sufrimos enfermedades depresivas en clave de pensamiento suicida o enfermedades psicosomáticas ante nuestra insoportable levedad humana.
El capitalismo parece que lo tiene todo calculado, incluida la posibilidad de conventirte en consumidor compulsivo sin que le tiemble el pulso. Tiene la batalla ganada, espero que solo de momento, al habernos convertido en consumidores y en frágiles ideólogos.
Ha habido muchísimos desahucios y seguramente múltiples consecuencias. Los hechos son evidentes. La movilización en Puerta del Sol en Madrid, nacida espontáneamente por la bárbara e inhumana acción de la injusticia de echar a la calle a Mari Carmen Abascal impidiendo que acabara su vida en el piso de alquiler de sus padres, a una mujer de 87 años, posee el paisaje realista de una película de terror. El guión parece haber sido expresamente escrito para que el desenlace sea cada vez más trágico.
La muerte de Mari Carmen en Madrid es una tragedia personal para su familia y amigos y es también la tragedia y el fracaso de todos. La de Olga, en el barrio de Santa Eulalia, o la de Javier, en La Florida. Son tres muertes: dos por salud psíquica y una por salud física. El elemento común, la vivienda y el desamparo que produce no tener techo.
Comparto con los lectores de L’Estaca la rabia y la frustación de ver el vínculo de la crisis profunda habitacional con la fragilidad de la atención en salud mental. Nuestros dos vecinos han sufrido el mayor de los desastres: la muerte.
Luchemos por la dignidad de nuestros vecinos sometidos al riesgo de sufrir el desamparo de la vivienda y el desamparo de la soledad.